Si tuviera ocho horas para cortar un árbol,
pasaría seis horas afilando mi hacha.
(Abraham Lincoln)
Un pequeño libro llamado “La buena suerte” cambió lo que yo entendía por “tener suerte” y por ende también mi foco de atención para todas esas veces en que busco entender por qué las cosas se dan o no.
Aprendí que es responsabilidad de uno crear las circunstancias adecuadas para que sus pretensiones se den tal cual las quiere. Podemos procurar pasar de ser beneficiarios o no de una suerte azarosa a ser constructores de condiciones que propicien la realización de lo que deseamos.
Podríamos hacer muchas analogías interesantes para asir con mayor facilidad esta idea. La que me parece más ejemplificativa es similar a la que adoptó el autor de aquel libro: imaginar las circunstancias en términos de terreno. Me gusta pensar que un modo de ser y hacer constituye una porción de tierra con determinados atributos, y que estas características facilitarán o impedirán el crecimiento de vegetación que necesite esas condiciones para desarrollarse.
Soy aficionado a la horticultura, y es fácil advertir que existe una tendencia a enriquecer el suelo, reponiendo nutrientes y manteniéndolo en un estado óptimo. Y jugando con las libres asociaciones, esto me hace pensar en que muchas veces cuestionamos formas, procedimientos, y en menor medida los contenidos. A todos nos atraen la elegancia y el buen gusto en las formas, pero eso no debería distraernos del análisis de fondo: crear condiciones es también pensar en el trasfondo.
Días atrás, esperando en la librería, un libro me encontró. Pasé rápidamente las primeras páginas y me detuve ante una palabra: suerte. El texto que la rodeaba decía:
“– Si miras bien, verás que todos tienen tres hojas –me respondió sin dejar de sonreír–. La cuarta hoja de tu trébol de la buena suerte debes construirla tú mismo.” (Agustín corazón abierto, de Roberto Bubas)
Sebastián Arizu, Instructor del Método DeRose Mendoza