Canción de amor a todos tus muertos

Tal vez estas palabras sirvan para que vuelvas sobre tus amados que partieron y te sientas en paz o llores o des las gracias por sus legados. La presencia de la ausencia es eso que llaman experiencia.

A Pocholo Naranjo, in memoriam.

Es joven, alto y bastante obeso. Está vestido de negro, tiene el pelo motoso, abundante. Ha de tener unos treinta años. Todo su ser se alinea con el sino constitutivo de los gomeros: el caucho, la grasa y la tierra pegoteados a su piel con desmedida naturalidad. Fue ayer; el feriado del lunes me hizo yirar un buen rato por Luján, hasta llegar a su gomería, en La Carrodilla, carril Cervantes, casi Baigorria. 

Uno, en esos lugares, en las gomerías, no puede escapar del magnetismo que genera ese preciso proceso mecánico de sacar ruedas y encontrar el clavo de la discordia y arreglar la cubierta con quirúrgica certeza. Y tampoco del otro magnetismo clásico de estos espacios: el de las chicas de almanaques de gomerías, pulposas como ruedas infladas, con gestos de estar dispuestas a todo, con bastante carne, por las dudas, y poca ropa, para sortear sugerencias. Las chicas de almanaques de gomerías son, para sus fieles, un paso posible hacia lo imposible. Y encima te dicen en qué día del año estás parado.

Atardece y el muchacho pone música y, casi al mismo tiempo, hunde la rueda en una bañadera que –al decir de Sartre– perdió su esencia, porque nunca la tuvo. Suena la primera canción de su disco: un tipo con voz melosa, como si cantara y se masturbara al mismo tiempo, dice algo así como "todo se termina en un segundo"... 

Entonces, el muchacho decide detener el mundo; frena la rueda en la bañadera y me mira como si nos conociéramos desde hace veinte años y me estuviera dando una lección.

- ¿Cuánta verdad, no? A mí esta canción me hace acordar mucho a mi mamá…

No atino a responderle nada: me ha herido de muerte. Es tan grave y hondo su tono, tan fenomenales su sentimiento y su verdad, que da de lleno en el centro mismo de mi sentimiento y mi verdad: hace unos meses perdí a mi amado padre y no pude escribir ni siquiera una línea al respecto. Ahora, sin aviso alguno, su sentencia se posa con la mayor de las eficacias en mi llaga.

Integro y risueño en público, el silencio y las lágrimas han sido cosecha habitual de mi soledad. Mi familia, mis trabajos y mis tareas hogareñas han ido curando la herida, pero de escribir, ese puente para atravesar el mundo que me supe conseguir, nada. De hecho, con mis hijos, hemos ido algunas tardes al cementerio a llevar flores a mi viejo y el silencio y las lágrimas de todos han sido una bandera ondeando en imperturbable soledad, como un barco en mares altos. 

Recuerdo ahora un verso que maravilló instantes de mi dulce juventud, es de Antonio Machado: “Escribiré en tu abanico: te quiero para olvidarte, para quererte te olvido”. Y concluyo en que se trata de eso: las cosas más fuertes de nuestras vidas, como la muerte de un ser amado, no tienen discurso.

Tampoco lo tiene el amor ni la ausencia ni la música ni el transcurso del tiempo ni la melancolía ni el orgasmo ni el nacimiento de un hijo ni el deslumbramiento del primer amor.

La vida, este suceso brevísimo y tibio, al fin, cuando late, no tiene explicación. La muerte, esta espalda invicta de las cosas, tampoco la tiene.

Por eso, cuando alguien que amamos muere, hay que desensillar los verbos hasta que aclare y dejar que el olvido nos limpie de nombres el aire que respiramos.

Después, tiempo después, un amanecer vendrá en que resultará claro que fue buena idea escribir en tu abanico (para que a esas palabras se lo llevara el viento, al agitarlo), que te quiero, que te amo, pero porque habré de olvidarte; que te olvido y te amo para olvidarte, pero porque te ha amado demasiado. Esto no es otra cosa que el mentado poder purificador del olvido y lo que los griegos llamaron catarsis. Es, incluso, el fundamento del arte: porque el arte es contracara del olvido.

Ahora mismo, meses después, un muchacho en una gomería, me pone de frente con la ausencia, este hueco, que me dejó mi padre al partir.

Y así, con toda naturalidad, me dejo conmover por todo lo que el Pocholo Naranjo hizo por nosotros, desde su humilde lugar de padre y enfermero. Y también por los pequeños gestos que mi memoria elige en este instante para honrarlo: ese beso que le dio a mi beba, en la planta de su pie, poco antes de morir; esos abrazos eternos a mi hijo, ese dejarse tocar las orejotas por sus nietos, ese salir a despedirnos a la vereda, con el pulgar en alto, dueño de una infinita dulzura en la mirada, ese irse del mundo con tanta valentía y discreción...

No me quedaron deudas pendientes con él: lo amé y se lo demostré todo lo que pude. Me dejé amar por él, a su manera: nunca me dijo “te amo” y jamás necesité que me dijera tal cosa, porque yo sabía leer su mirada. Fue el hombre más generoso y desprendido que he conocido: no le gustaba pensar en él y, por eso, no desarrolló mayores placeres que la familia, el fútbol, los perros, el folclore, el vino y los cerros en invierno. 

Lo acompañé, junto a mis hermanos, hasta que partió, hora a hora, tomándole la mano y escondiendo la cara para que no me viera llorar. Sus últimas palabras se las dijo a mi hermana, la Susi, fueron “Déjenme libre”. Y lo hicimos. Fue doloroso y bello. Y su entierro fue estupendo también, lleno de familiares y amigos y hasta con música en vivo que un par de mis compadres -Marcelino Azaguate y Gustavo Maturano- nos regalaron. La canción, por supuesto que sí, fue “Vallecito de Huaco”, su canción, y el recitado, ese que siempre dijo con tanta emoción el Pocholo, fue dicho por mí, abrazado a mi hijo como a un madero en un vinoso mar homérico. 

A vos, fatigado lector, que llegaste hasta este punto en la lectura, en primer lugar, te agradezco. Y pienso, intentando abrazarte con mis oraciones, que seguramente te paso lo mismo. Y si no te pasó todavía, te va a pasar, sólo dejá que el tiempo haga lo suyo, que es justamente parir y abandonar.

La muerte de los que amamos es una evidencia insoslayable y la presencia de la ausencia es aquello que otros prefieren llamar experiencia.

Así son las cosas con el tiempo y sus discursos: tal vez estas palabras, esta muerte de mi padre o de la madre del muchacho de la gomería, sirvan para que ahora vos vuelvas sobre tus amados muertos y te sientas en paz o llores o des las gracias por sus legados.

Tal vez este dolor que te ofrecemos alcance para que tu dolor se desperece y tirite un poco sus nervios entumecidos ante tus ojos y te mande a no dejar caer la esperanza, a seguir hacia delante, en nombre de los amores que dejaras aquí, cuando te toque partir.

“Todo se termina en un segundo”, dice la canción. Y es cierto. Al fin y al cabo, también vivimos para sufrir por haber amado. Y también morimos para celebrar haber pasado por la vida.

Ulises Naranjo.