La historia de don Ramón Orozco es de las menores, las discretas, las sencillas; esas que, hasta donde sabemos, no habrán de mover la aguja de la historia, si es que hubiera acaso eventos personales capaces de mover la tendencia de estos tiempos de nadie.
No tiene el susodicho Ramón una familia que lo acompañe, aunque sí una que no lo hace. Bueno, tiene algunos perros y no es poca compañía. No recibirá este hombre palabras eméritas ni galardones institucionales, ni habitará en pasillos de bibliotecas ni trapos de la tropa futbolera ni en páginas de Sociales, donde brillan fatuos paladares VIP, ni será llevado como argumento a los encantos del 3D o al mármol del honoris causa. No; lo de Ramón es otra cosa.
No obstante, permítase sentenciar -con capricho, ciertamente, eso es una sentencia- que historias como las de Ramón son las que sostienen la esperanza (si acaso fuese “esperanza” la palabra) de que esta raza no terminará por fracasar definitivamente, como una campana en el fondo del mar, así.
Aunque todo nos tiende a negarlo, cierto es que mientras algunos pocos sean capaces de conmoverse y comprometerse por el dolor de algún otro, habrá una puta esperanza.
El abandono y el milagro
Digamos al respecto, para quienes lo desconocen, que Ramón Orozco es habitual integrante de nuestros desvelos. Empezamos a hacerles notas hace varios años, al ser echado, luego de una docena de años de habitación, de los galpones donde se levantó la estupenda Nave Cultural (misma suerte corrió doña Francisca, también habitante despojada de los galpones y también protagonista de estas postales mendocinas que intentan mostrar cómo somos, qué somos capaces de hacer y en qué nos hemos convertido).
Ramón se fue a vivir bajo un árbol y, luego de dos o tres años, también de allí fue arrojado a la intemperie, porque los dictados de la época indicaron que era mejor levantar en torno a ese árbol un supermercado Cotto (se dice que ese predio, legalmente, tenía un único destino: construir una catedral, quién sabe si así sea; lo cierto es que allí efectivamente habrá una catedral, pero del consumo).
A nadie le importa ya lo que pasó con Ramón, a casi nadie. El linyera terminó al fondo la casa, en el oeste del oeste de la ciudad -en sitios hostiles para algunos que identifican hostilidad con pobreza-, hablamos una villa por demás inestable, atrás de La Favorita, que queda atrás del Cerro de la Gloria.
Allí fue a parar Ramón, a un asentamiento ilegal llamado “Néstor Kirchner”. Y resulta que, vaya maravilla, un grupo de bellas personas que ni siquiera se conocían entre sí, leyó lo que escribimos sobre la historia de este hombre y se puso a trabajar y le está levantando un modesto hogar, nada más, ni nada menos, una especie de milagro, en estos tiempos tan mercantilistas, despreciativos, indolentes y egoístas.
Y resulta también que ellos necesitan que los ayudemos a terminar el hogar.
¿Qué necesitan estos jóvenes que tomaron para sí esta noble y hasta bella tarea de ayudar a un indigente, con quien se identifican como con un padre o un abuelo, como si de la propia sangre se tratara? Necesitan, amigos, algunas pocas cosas para terminar el hogar de Ramón, el músico linyera.
Nada más que eso.
Plano de situación
Hasta ahora, se ha avanzado bastante en la obra: se realizó la nivelación de terreno, el zanjeado y el relleno de los cimientos de fundación. Además, se procedió al armado y colocación de vigas y columnas de hierro. También se levantaron en su totalidad las cuatro paredes, de tres metros de ancho por seis metros de largo.
Luego se concretó el armado de tableros para encofrar los muros, la colocación y relleno de los encofrados, que ya están en un 50% y que se terminará cuando se disponga de los materiales que a continuación se les mangueará a nuestros lectores.
Lo que falta:
- Materiales o recursos necesarios para la construcción del techo, de 20 m2 de superficie: 20 m2 de machimbre o en su defecto 5 placas de fenólico de dimensiones aproximadas de dos metros por un metro.
- Pintura hidrófuga para techos.
- Tres rollos de membrana.
- Diez palos 10 rollizos de 4 metros de largo.
- Diez bolsas de cemento Portland.
- Media camionada de arena (tres metros cuadrados).
- Una puerta de exteriores con su marco respectivo y una ventana de un metro por un metro con un marco respectivo.
- Dinero para mano de obra del albañil: $1000
- Y finalmente, mano de obra voluntaria para asistir al albañil, si alguien quiere sumarse a la última etapa de este grupo de trabajo.
Digamos algo que, nobleza obliga: algunos de estos materiales en algún momento existieron, pero lamentablemente fueron robados, prestados y hasta en algún caso vendidos por Ramón cuando no tuvo para parar la olla. Así son las cosas, porque esta historia, como todas tal vez, tiene sus claroscuros. Por esto también es importante terminar el hogar de una vez.
“Entre quienes han ayudado hasta ahora, queremos destacar especialmente a Gustavo Ickovic de ALEF Construcciones, Pablo Ocaña y Adriana de ICEO Construcciones, Teresa Nadin, directora de Administración del Ministerio de Infraestructura y Juan Carlos Villegas, director de Abordaje Territorial en Emergencia”, apunta al respecto, Martín Merlo uno de quienes trabaja por este sueño, junto a los laboriosos Eugenia Trefontane, Carla Locatelli, Silvina Arenas, Rubén Sindoni, Gabriel Ferro, Sebastián Melchor, Yolanda Chávez y Herman Deguer. Por cierto, quienes quieran ayudar puede comunicarse a algunos de estos números: 2613181003 (Eugenia), 2615444568 (Martín) y 4202736 (Carla). Desde ya, son enormes las gracias para quienes lo hagan.
¿Qué podés hacer vos, que estás leyendo esta nota y sos bueno de corazón? Pues poner lo tuyo para que esa lista de arriba se complete y la casa se termine, bien pronto, antes del invierno y sus fríos, tan indolentes como la condena social que soportan los más débiles. ¿Qué recibirás a cambio? Nada o, bueno, quizás, una sonrisa serena cuando apoyes la cabeza en tu almohada y te imagines a este buen hombre con sus armónicas y sus perros, bajo un techo seguro.
Eso será todo, no obstante, atención: hay una cierta posibilidad de que acciones como estas –ejercidas con recurrencia– salven este planeta condenado al estropicio. Nuestros hijos nos darán las gracias.
Ulises Naranjo.