Escuchá a Ramón Orozco y su canción desesperada

Lo echaron de los galpones de La Nave Cultural. Lo echaron del costado de las vías del tren. Lo mandaron al oeste del oeste. Lo pusieron lejos de la vista de las almas impresionables. Desde allí, este hombre –bello y bueno– sigue poniendo música a la vida. Escuchalo.

Foto: Ulises Naranjo.
Foto: Ulises Naranjo.

“Le voy a contar algo que nunca le he contado: mi madre murió cuando yo nací. Mi mamá murió cuando parió a mi hermanita melliza y a mí. Yo no la conocí, nunca la vi. Pero no he dejado nunca a nadie hablar mal de mi madre. No se lo permito a nadie hablar mal de mi mamita”.
Ramón Orozco, músico, linyera, buen hombre.


De cómo deja uno de frecuentar lugares, podría contener la historia misma de esta especie. Los religiosos comenzarán contando que alguna vez dejamos de frecuentar el paraíso. Los ateos dirán que alguna vez dejamos de frecuentar razones para ampararnos en la fe. Los dioses apostarán a que nos apartamos del ego de los dioses. Los poetas supondrán que nos apartamos de la belleza y los samurais, del honor. 

La de Ramón Orozco, el querido linyera de la Ciudad Maravillosa podría contarse así: de un día para otro, luego de una docena de años, Ramón dejó de vivir en el galpón donde se construyó la estupenda Nave Cultural. Lo tiraron a la calle, al igual que a doña Francisca; los tiraron a la calle como a perros (también los tiraron a la calle con sus perros). 

Francisca recaló con su hija y sus perros en el Las Heras profundo, el olvidado. Ramón construyó un ranchito a la orilla de las vías, en Perú y Videla Correas y pasó ahí sus últimos años, tocando su armónica en el semáforo, sobreviviendo, militando la vida a toda costa, en invierno y en verano, como un pájaro del Ártico.

Hace poco y lo contamos, también lo echaron de allí, junto a un amigo con quien vivía: les tiraron abajo la casa, con la entonces secreta intención de extender el espacio verde del Parque Central (la idea es saludable, por supuesto, siempre y cuando suponga también la solución para el problema de los viejos). Ramón ahora, está lejos de todos los ojos “sensibles” de funcionarios y otra gente que prefiere echarse en el pasto, aunque pueda estar manchado con sangre o con ausencia.

El bueno hombre recala ahora en un asentamiento ilegal atrás de La Favorita, llamado “Néstor Kirchner”, donde la fue cedido un lote para que intente reiniciar su vida, ahora en soledad (bueno, en soledad, no: Ramón ya no está con su amigo, pero hay gente buena de corazón dispuesto a tenderle una mano, algo que debió ser responsabilidad del Estado y, sin embargo, no lo es).

Como vemos, amigos, así se trata a los pobres y a los distintos en esta Mendoza que somos: se los aparta, se los lleva lejos, se los oculta bajo la alfombra.

Oeste de oeste hostil para los amantes de fashion week, 4x4, instituto bilingüe, perfume francés, coca diet, MiaMiParadise y teoría de que todo lo que obtenemos, es fruto del propio esfuerzo. 

Hasta allá llegamos a visitar al amigo y desde un cerro lo divisamos con sus perros: venía del kiosko, afeitadora descartable en una mano, botella de cerveza fría en la otra, remontando la cuesta (¿hará falta aclarar para los imberbes que nunca faltan que la cerveza no es para él, sino para un vecino? ¿y qué si fuera para él? –creo que la próxima vez que vaya a verlo, llevaré un par de latas para brindar por alguna razón).

Nos damos un abrazo. Estamos contentos de vernos. Es una mañana hermosa al pie del piedemonte y a espaldas del Cerro de la Gloria. Le cuento que le he traído unas cajas de comida, gracias a que una lectora del diario y maestra, Griselda Gamarra, festejó su cumpleaños y en lugar de regalos, pidió comida para él: “Dígale que muchas gracias a esa señora, muy muchas gracias”, responde él.

Ahí estamos: piedras y tierra, sin agua, un invierno que se va y el calor que se viene. Desde ese lugar, y apoyado por los buenos vecinos que le han tocado en suerte, Ramón sigue haciendo su música y latiendo a toda costa:

- No sé si tocar o llorar.

- Hacé las dos cosas, Ramón…

Por eso hablábamos, al comienzo de la nota, de que la historia de Ramón puede escribirse a partir de los lugares que ha dejado de frecuentar.

Ramón y sus amigas y vecinas, Iris y Mari.

Hasta hace un tiempo atrás, este hombre era querido y ayudado por la gente de los alrededores de su esquina citadina; ahora allá en el oeste del oeste, atrás de La Favorita, otra vez (y van…) reinicia su vida. Entre otros, Mari e Iris, vecinas del buen hombre, lo ayudan, como mucha otra gente que está juntando materiales para construirle un lugar más o menos digno para vivir.

- Mire el pico que me compré. Me costó 55 pesos, estoy haciendo el pozo del baño al fondo…

- ¿Qué te hace falta, Ramón?

- Nada. Lo único que quiero es que Dios lo cuide a usted y a mí. ¿Quiere le toque algo?

- Dele, nomás...

A él, que todo le falta (especialmente una casa, porque vive a la intemperie), le sobra música. Algo habrá que hacer, amigos, ¿qué será lo que podremos hacer?

Vámonos, por ahora, a otra bonita página de Ramón Orozco, para despedirnos (no sin antes dejar una postdata para una abogada que amenazó con iniciarme una demanda si escribía esta nota sobre Ramón Orozco y el sitio donde ahora vive; de paso también la dedicamos la canción a la letrada muchacha titulada, aunque mal-educada, para endulzar su corazón). 


 

Ulises Naranjo.


* Ahora sí, postdata para la abogada Paola Carrillo Perícoli, quien  amenazó con iniciarme una demanda si escribía sobre Ramón: abogada, aquí está la nota. Puede iniciarme la demanda. El domicilio legal del diario es: Bandera de Los Andes 350, de Guaymallén. Y le anticipo: seguiré escribiendo sobre Ramón Orozco, hágalo constar en sus escritos. Atentamente, y feliz setiembre, abogada (el que suscribe).