Autos de buena calidad para seguir la entrega del dinero, comunicaciones por handy, celulares liberados a disposición, GPS, tablets para conectarse desde cualquier lugar, mucha información previa, y cuotas de riesgo y audacia que van en aumento. En Mendoza está operando una banda de secuestradores virtuales que ya ha dado golpes de hasta medio millón de pesos -en el caso de una familia en Chacras de Coria- aunque concentran su mayor accionar en Quinta y Sexta sección de Capital, y en los barrios privados de Luján de Cuyo. Dieron entre cuarenta y cuarenta y cinco golpes en pocas semanas, en los casos de los que la Justicia ya tiene elementos. Pero hasta ahora la búsqueda ha sido infructuosa. Lo peor: cualquiera de estos secuestradores que sea pescado “in fraganti” sólo podría ser acusado de intento de extorsión. Nunca toman contacto físico con las víctimas. Nunca se dejan ver. Nunca los ven; salvo en un caso en el que superaron los límites y fueron a la casa de la víctima a buscar el dinero. Y en otros casos habrían ingresado antes del secuestro en algunas viviendas para buscar información. Los secuestradores virtuales están entre nosotros, ya han conseguido fortunas con sus atracos y han logrado instalar el miedo.
Esta modalidad de delitos no es nueva. Empezó años atrás con epicentro en la cárcel y los “rescates” se pagaban incluso con tarjetas telefónicas a modo de dinero. En la cárcel, la comunicación vale tanto como el dinero en efectivo. Y la gente aprendió a rechazar las llamadas cuando venían sin identificar o desde algún centro penitenciario. Pero los delincuentes se han sofisticado y mejorado sus métodos de persuasión. En Mendoza ya han sido víctimas profesores universitarios, médicos, profesionales varios y hasta un policía cayó en la trampa. Han mejorado sus argumentos y agregado una impresionante logística de comunicaciones y seguimientos de las víctimas. Después de los atracos, la gente queda indefensa. La sensación de saber que una banda tiene los datos de toda la familia, y hasta los movimientos de dinero y todos los números de teléfonos celulares y la dirección de la vivienda familiar, genera miedo. En las personas afectadas por un secueestro virtual es raro que vuelvan a una vida con tranquilidad.
Últimamente los casos han subido de riesgo. Semanas atrás, un secuestro virtual terminó con los secuestradores retirando el dinero en la casa de la víctima, una mujer que permaneció aterrorizada e inmóvil en un sillón mientras uno de ellos le vigilaba y los otros saqueaban el domicilio. A una familia del barrio Palmares le quitaron la suma de 300.000 dólares en dos veces, el mismo día. No trascendieron datos de este caso, salvo que los delincuentes vieron fácil a la presa. A una familia de Chacras de Coria les “hicieron” cerca de 500.000 pesos. Dicen que hubo cifras mayores de dinero en otros casos, pero no han trascendido las precisiones. La mayoría de las investigaciones están centradas en dos o tres fiscalías, hasta que el cúmulo de casos pasó a Delitos Complejos, a cargo de la fiscal especial Claudia Ríos. Los investigadores creen que se trata de una sola banda, por la forma de proceder y porque a veces repiten los números de teléfono que utilizan.
Hubo días, casi siempre en fin de semana cuando es más difícil para la Justicia hacer rastreos telefónicos y obtener información de empresas de celulares; en los que se registraron dos o más denuncias en 24 horas. El domingo hubo un nuevo caso en Capital, en una de las zonas más transitadas y de buen pasar económico. No fue mucho dinero porque se trató de una familia trabajadora de clase media. Pero fue aterrador, porque contactaron a todos los miembros ddel grupo familiar a la vez, los inmovilizaron durante 45 minutos hasta obtener el dinero del miembro más vulnerable del grupo, y los dejaron con la sensación de haber sido virtualmente violados. Una banda que no necesitó entrar a su casa ni tomar contacto, sabía todo sobre ellos.
Como siempre en estos casos, todo empezó con un nombre en la guía telefónica, y un llamado al teléfono fijo:
-Hola… ¿Está tu mamá?
LA PESADILLA
Ernesto (50) es profesional y vive en una de las zonas de buen pasar de la Ciudad de Mendoza. El domingo, junto su mujer, debió concurrir a un evento vespertino. Su hijo Fabricio (13) quedó solo en casa, como ocurre cada día de la semana durante un par de horas hasta que sus padres llegan del trabajo. Es decir, el niño –ya adolescente- había quedado a cargo. Otro hijo mayor que usualmente reside en Irlanda, estaba en otro lugar y metido en otras actividades. Es decir, todos los miembros de la familia estaban separados circunstancialmente, y todos lo sabían. El teléfono de la casa había sonado cerca de las 18:40, y Fabricio –que tenía la orden de no dejar entrar -nunca- a nadie a casa- atendió la llamada.
-Hola… ¿está tu mamá? Soy el oficial Fúnez de la Policía Antisecuestros de Capital y necesito hablar con ella…-
Fabricio dudó pero ante la voz muy educada (dato que destacó más tarde en sede judicial) comenzó a soltar información hasta que explicó que estaba solo. El “policía” le dijo que estuviese tranquilo, pero que su papá o sus papás habían sido sujetos de un secuestro, y que tenía que seguir al pie de la letra cada una de las instrucciones para evitar riesgos de vida de ambos. Fabricio temblaba pero obedeció. El falso policía antisecuestros le pidió que no cortase la comunicación, pero que desde su celular se comunicase con otro número, donde un oficial a cargo del caso le iba a dar más instrucciones. Fabricio lo hizo, y así los delincuentes bloquearon los dos números de la casa. Es un método usual. Los distraen en una línea para que nadie se pueda comunicar, y les hacen llamar a un número de celular que proporcionan los mismos delincuentes.
Mientras el “policía” obtenía información sobre la disposición interna del hogar, equipamiento, y demás; la esposa de Ernesto -tal vez por esos inexplicables presentimientos de madre- comenzó a llamar a casa para ver si estaba todo en orden, pero era imposible establecer el contacto. La línea daba ocupada al igual que la del celular de su hijo. En medio de esa incomodidad estaban cuando sonó el teléfono de Ernesto, cerca de las siete de la tarde, veinte minutos después.
-Quedate bien tranquilo. No pasa nada. Estamos en tu casa con tu hijo pero si no hacés lo que te decimos, lo vamos a matar…-
Ernesto se dio cuenta de que empezaba una pesadilla sin fin. No supo qué hacer, si salir del lugar en el que estaba con unas doscientas personas, si volver a su casa, o si pedir a su mujer que llamase a su otra hija o a la policía. En cuanto su esposa tomó el teléfono para llamar, la voz del otro lado del aparato le advertía que ante la primera comunicación, matarían al hijo. Tuvieron que apagar el teléfono de ella. Con las pulsaciones a mil y el alma en la boca, intentaron volver a su casa pero el secuestrador adivinaba sus movimientos. Nunca supieron si era a través del GPS o de seguimiento concreto. La presión fue inmanejable hasta que Ernesto dijo dónde estaban los escasos ahorros familiares, que hoy no alcanzarían para comprar la tercera parte de un auto 0 Km.
Con esa información sensible, el falso policía que mantenía entretenido al hijo menor de la familia le indicó al chico dónde debía buscar el dinero, y dónde debía dejarlo:
-Dice tu papá que subas a la habitación de tu hermano. En el placard al lado de la ventana hay una caja forrada de azul. Adentro en un sobre de papel madera hay un dinero. Sacalo y llevalo a la esquina de tal y cual, a unas ocho cuadras de tu casa, y lo dejás en el contenedor...
El chico siguió las instrucciones. En todo momento estuvo comunicado y los secuestradores virtuales le hicieron saber que lo estaban mirando.
Después todo fue muy rápido. Ernesto logró conectarse con su hijo:
-¡Quedate tranquilo que vamos a casa!-
Cuando el chico les dijo que estaba a varias cuadras, donde había entregado el dinero, que nunca hubo delincuentes en su casa y que según creía los secuestrados eran ellos; Ernesto y su esposa supieron que habían sido víctimas de un secuestro virtual. El encuentro familiar fue minutos después en un lugar público y muy iluminado del barrio donde le pidieron a su hijo que se quede. Después, todo fue lágrimas a raudales y abrazos, porque “estábamos todos…”, de acuerdo al testimonio del jefe del hogar. Nunca hubo secuestrados, nunca hubo secuestro, nunca hubo ladrones en su casa. Pero los secuestradores virtuales conocían los movimientos, la integración, las rutinas, las ocupaciones de la familia, y que el domingo habría una oportunidad porque estaban divididos, y dieron el golpe. Durante el operativo de "apriete" a Ernesto le hicieron saber, además, que tenían todos los datos de su otro hijo, “el que vive en Irlanda”.
Así las cosas, la banda sigue operando. Que pase el que sigue. Ernesto está pensando en vender o alquilar su casa, cambiar sus teléfonos, su barrio, su vida. Perdió mucho más que sus ahorros. Ganó, porque su familia no salió lastimada. Pero vivirán horas y días enteros con miedo. La banda que los “secuestró” ya habría recaudado cerca de tres millones de pesos en unos 45 casos.
RECOMENDACIONES
Hay varias recomendaciones que se pueden tomar en cuenta para evitar estos secuestros. El Ministerio de Seguridad de la Provincia de Mendoza no tiene consejos contra este tipo de delitos en su página web, donde sí hay prevenciones por olas de calor, terremotos, aluviones, y hasta “tips” para tratar a los turistas. Seguramente, con esta modalidad en alza, pronto harán algo al respecto. Pero la provincia de Santa Fe ha hecho un compendio que se puede tener en cuenta. Al final, compartimos un video de la Policía Federal que sirve para prevenirse y tomar conciencia.
* No brindar información personal ni familiar, ni de actividades que realicen, ni tampoco de bienes que posean. Extender esta recomendación a toda la familia.
* Cortar inmediatamente el teléfono, más allá de que uno se asuste por las amenazas recibidas. Si el teléfono tiene identificador de llamadas anotar el número de quién llamó.
* Si la llamada se recibe en un teléfono fijo y uno está con el celular en la mano conviene a la vez llamar al familiar a la que el secuestrador virtual hace alusión, para darse cuenta rápido si es un engaño. Ante esta situación, no hacer caso cuando le exijan que apague o rompa el celular.
* Tras cortar ubicar a los familiares y a la Policía, a través del 911.
* Si existe una segunda llamada pedir una prueba de vida del familiar que ellos afirman tener secuestrado o que hagan una descripción física de la misma. Así se podrá chequear los datos recibidos si se tratara de un hecho falso.
* Tener en cuenta que los secuestros reales no exigen pagos inmediatos, sino que plantean negociaciones. Y en los casos en que piden recargar un teléfono con tarjeta es para beneficiar a quien hace la llamada desde un instituto de detención.
* Avisar siempre a la policía (así se haya frustrado el intento de engaño) y si usted aportó los códigos de tarjetas telefónicas, entonces no tirarlas porque así se puede rastrear al autor o cómplices del delito.
* Si la llamada es por cobro revertido verificar antes de aceptar si se trata de algún conocido.
* Luego de esta experiencia, informarse más de esta modalidad delictiva y divulgarla en el entorno familiar, para así alertarlos antes una posible llamada y evitar se víctimas del engaño.
* Prestar atención cuando la llamada es atendida por un menor de edad, quien será una víctima más fácil para el engaño y el susto.
El siguiente video es un informe de la Policía Federal Argentina, en el que explica que esta modalidad -de hace nueve años- viene de la población privada de libertad en unidades carcelarias, quienes utilizan teléfonos fijos de las mismas cárceles a las que tienen libre acceso o celulares propios y engañan al receptor de la llamada, diciendo que tienen a un familiar secuestrado. De las cárceles, la modalidad saltó a las bandas más sofisticadas:
Colaboró: Mario Simonovich