Acariciarse el higo o ayudar a “Briyito de luz”, that is the question

Es una mañana estupenda y ella está como loca y ni siquiera la conocés. Te ordena que pases por su casa. Te dice que llevés un vehículo grande, que hay muchas cosas que cargar y que seas puntual. Te pide, en definitiva, que te hagás cargo, “porque tenés la culpa”. Te corta y entonces te quedás pensando en qué momento te arruinaron el día.

Es sábado y te disponés a acariciarte el higo hasta que las velas no ardan, pero no. Hay un sol petulante, una inminencia primaveral merecida y ese convencimiento de que te merecés echarte panza arriba, dejar que se desguace el estómago de la época y esperar sin esperanza a que un cometa talibán penetre en el mundo, acabe con prisa y lo tire a un rincón, exhausto, palidecido, seducido y abandonado.

Adriana, en la izquierda, puro amor por el otro. 

Tales sucesos imaginarios te gobiernan, cuando suena el fucking teléfono. Es ella, la desconocida. Ahí está: loca, repentina, acelerada y en agitación creciente:

- Mirá ay mucho gusto encantada siempre te leo me encanta lo que hacés vos no me conocés pero no importa tenés que venir porque hay que cargar las cosas y llevarlas y se rompió la camioneta y viste cómo son estas cosas lo que no sé es si tenés un vehículo grande porque no van a entrar pero los chicos esperan y no sé qué voy a hacer con todo esto después de todo es culpa tuya que juntáramos las cosas así es que tenés que venirte para acá en un par de horas y te las arreglás y yo te lo voy a agradecer mucho pero asegurame que venís ¿me asegurás que venís? más vale que vengás y llevés todo esto al comedor porque allá los niños te están esperando y vos sabés cómo son las cosas si no vas. ¿Entendiste?

Al fin, se calla. Adriana Narváez hace silencio, luego de que le prometa tres veces que me haré cargo de la carga.

Dos horas después, la conozco, en la puerta de su centralísimo departamento: es breve y discreta, pero le sale por los poros que se trata de esa clase de mujeres con una polenta fenomenal.

Luego de leer una nota de este que escribe sobre el comedor infantil “Briyito de Luz”, Adriana se puso a trabajar y armó un grupo de Facebook para ayudar a los niños de esas villas que están detrás de La Favorita. Le puso un nombre: “No más niños con hambre” y consiguió que muchas personas de Mendoza pusieran su granito de arena. Y ahora, estamos cargado ese montón de arena en el auto y abrazándonos con esta hermosa desconocida que no puede ocultar su emoción.

Está claro que las cosas debieran ser de otro modo, pero las cosas no son de otro modo. Allá, al oeste del oeste hostil, están ellos y en casi nada cambiarán sus vidas, porque nosotros, los bienaventurados, les llevemos donaciones. Un día, pronto, las donaciones irremediablemente cesarán. ¿Cuántos autos llenamos desde hace un par de meses que empezamos a ayudarlos? Seis o siete, está bien, pero ya no habrá muchos más.

Es entonces, cuando un entiende la verdad de la milanesa: el que recibe la paz, el gozo, el premio, no es el que recibe, sino el que da. Este grupo de personas (casi todas mujeres, por supuesto) son mejores persona después de ponerse en el lugar de los otros, los distintos, los diversos, los que algunos llaman delincuentes, porque resultan que son pobres.

Decenas de juguetes nuevos, una estupenda torta, aceite, harina, fideos, leche, galletas, libros, revistas, van camino hacia al oeste para lavar un poco el pecho de los donantes. La paradoja del caso reside en el hecho de que si todos fuésemos como ellos, viviríamos en un mundo más decente.

Mari, la hermosa mujer que lleva adelante el comedor “Briyito de luz”, recibe las cosas, dispone los mesones para el festejo y abraza al entregador, con un largo silencio. La obra y la culpa, Mari, nunca son del mensajero. Se le repite por quinta vez que no vamos a quedarnos al festejo y ya en el auto, ella suelta su frase:

- Dios les va a dar a todos mucho más de lo que han entregado…

Y uno que no cree en Dios, aunque sí cree en sus espaldas y conversa sobre sus cuestiones, supone que tal bendición ha de llover en forma de panes y peces sobre Adriana y los suyos, que para eso el rezan al Gran Protector Barbudo.

El sábado aún es fulgurante. Apagamos el teléfono, pensando en que hay dos clases de personas en el mundo: las que nos acariciamos el higo y las que son como Mari y como Adriana (vivir consiste en elegir el bando adecuado).

En fin, cierto es que la ciudad se ve hermosa desde La Favorita. De no mediar nuevas interrupciones, volveremos a casa y nada impedirá nuestro afán de disponernos a acariciarnos el higo hasta que las velas no ardan. Y que así sea.



Ulises Naranjo.

Twitter @ulisesnaranjo.