En Twitter, @FriasAle
– A mí me rompen bastante los huevos –dice con su siempre sutil retórica el Polo.
– Yo la otra vez recibí un mensaje a la una y pico de la mañana. ¡Imaginate! Me asusté, porque a esa hora para qué te van a mandar un mensaje. No pueden ser más que malas noticias –cuenta Miriam mientras le limpia el tuco que le ha quedado en la boca al más chico.
– O algún amigo que a última hora se acordó de que quería tomarse una cerveza con alguien y está probando suerte –agrega Damián cortando un pedazo de pan.
– Bueno, a mí ya me tienen podrido con los mensajitos a la siesta. No hacés más que tirarte un rato y suena el teléfono. Y vos sabés que es un mensaje para ofrecerte algo, pero tampoco te podés quedar con la duda, así que vas y te levantás y volvés puteando a la cama. Usted se ha ganado la posibilidad de participar por un cero kilómetro... Pero metete el cero kilómetro en el orto y dejame dormir... ¿Me pasás el vino? –vuelve a la carga el Polo.
– Vayan a jugar un rato y los llamamos para el postre –les dice Miriam a sus hijos, y los demás niños no quieren ser menos, así que todos los autorizamos y allá va la manada, rumbo al patio.
– No estén al sol –les grita la Flaca, como si fuera posible evitarlo.
– ¿Querés un poco más? –me pregunta Roxana, que ve mi cara de "estos fideos están buenísimos, quiero más".
– Dale –acepto.
– Bueno, yo un día me calenté y los llamé. Llamé a la empresa y les pedí que no me mandaran más de esos mensajitos con promociones –retoma el tema la Flaca, seguramente lamentando no haber traído un gorro para el pequeño, que ponele la firma que está al rayo del sol.
– ¿Y te dieron bola? –quiere saber Roxana.
– Sí. Increíblemente, me dieron bola. La mina que me atendió me preguntaba: "¿Y las promociones de llamadas gratis también?". También, le decía yo. "¿Y las de premios especiales también?". También. Y así estuvimos, hasta que entendió que no quería recibir más esos mensajitos.
– ¿¡Te vas a servir más!? –increpa Miriam a Polo, que ya va por el tercer plato de fideos.
– ¡Sep! –responde el Polo sin el más mínimo atisbo de culpa.
– Dejalo comer, si mirá, está piel y hueso –dice Damián tocándole el estómago al Polo, que parece que estuviera de nueve meses de embarazo.
– A mí me pasó el otro día una también –comienza a relatar Roxana–. Resulta que suena el celular, miro la pantalla y decía Desconocido. Clavado que era para venderme algo, pero, viste como es, una se tienta, a ver si es otra cosa y... Cuestión que atiendo. La de siempre, buen día, soy Pepe Honguito, ¿usted es la propietaria de la línea? La cosa es que empieza preguntando si en la casa hay niños, le digo que sí, entonces me ofrece, escuchate esta, me ofrece un línea gratuita para que use algunos de los chicos de la casa, con una promoción y un atractivo no sé qué cosa del personaje ese de la tira, el Gato Turro.
– Querrás decir...
– ¡Quiero decir Gato Turro! –interrumpe Roxana a Polo, dejando en claro que había empezado a perder la paciencia y que a partir de ese momento el nombre del personaje había cambiado definitivamente para ella– Imaginate cómo me puse... –y, sí, nos imaginamos, porque Roxana es profe de Comunicación en la secundaria y se la pasa peleando para que los alumnos dejen el celular, si hasta con los padres de los alumnos ha discutido por eso.
– ¿Y qué le dijiste? –pregunté mientras mojaba un pedazo de pan en el tuco.
– Le digo che, ¿no te parece un poco perverso vender líneas de teléfono para niños?
– Ella y sus buenas intenciones. ¿Te imaginás la cara del tipo del otro lado de la línea, pensando en si seguir con su speech o ponerse a guglear "perverso"? –acota Damián sirviendo más vino a todos.
– ¿Y? ¿Qué pasó? –reclama Miriam.
– ¿Podés creer que el flaco ni se inmutó? Al contrario, me dijo pero mire que viene con un diseño completo y contenidos del Gato Turro.
– ¡Qué gato de mierda! –acota el Polo.
– Y el que permite que su dibujito sirva para eso también –agrego.
– Entonces le digo pero no estás entendiendo, cómo le van a vender celulares a los niños, para qué quiere un celular el niño, para qué lo necesita. ¿Y sabés qué me dijo el muy... –ella siempre se cuida de insultar, pero a veces se le escapa algo– pelotudo?
– ¿Qué? –preguntamos al unísono varios.
– Que el niño lo podía tener para jugar, para navegar por Internet.
Todos nos reímos, porque Roxana se ha puesto roja de bronca, como si estuviera escuchando todavía al vendedor telefónico.
– Y ahí lo mandaste a la mierda, me imagino –supone la Flaca.
– Te digo la verdad, lo mandé al recontrarrecarajo –¡uh, se le fueron al recontrarrecarajo los modales a ella!– y le dije que no me molestara más.
– Pero era el mensajero –observa Miriam.
– El mensajero del Gato Turro... Buen eslogan para una campaña de celulares –agrega Damián mientras se pone de pie–. ¿Traigo el helado?
– Dale –dice Roxana.
– Te ayudo –ofrece la Flaca.
– Dejá que trabaje un poco –la detiene Roxana.
– Voy yo –digo.
– Me obligan a dar una mano para no quedar como el tuje –se queja el Polo mientras pone en pie sus ciento y pico de kilos.
– Llamen a los chicos –pide la Flaca.
– Ni en pedo; más helado para nosotros –dice el Polo, pero pareciera que los críos tienen un sexto sentido para esas cosas, y ya están entrando en tropel, todos sudados y rojos, porque mirá que nos van a dar bola con eso de no estar al rayo del sol.
Alejandro Frias