El jueves a la tarde iba caminando por el centro cuando, de repente, escucho que alguien me llama. Reconocí la voz de inmediato y me pregunté por qué no me había quedado en mi casa cinco minutos más. Con cinco minutos que hubiera demorado en salir ya podría haber modificado el futuro, el azar hubiera arrojado de otra manera los dados, pero no, salí en el momento justo como para llegar al centro, estacionar en las inmediaciones de la plaza Independencia, caminar por Espejo hacia San Martín y, entre 9 de Julio y España, escuchar la voz de mi hermano llamándome.
En fin, que a la familia no se la elige. Como tampoco se eligen las coincidencias.
Nos saludamos, cruzamos las preguntas de rigor, ya se sabe, cómo andás, cómo va el laburo -"vi que estás escribiendo para Emedezeta", me dijo, pero no di pie para continuar el tema-, cómo anda tu familia, cómo están tus chicos -yo a él, porque no tengo hijos, ni siquiera me he casado o vivo en pareja-, y ahí fue cuando me contó el motivo de su recorrida por el centro: es que andaba mirando precios de una tablet para la más chiquita, Marina, que tiene diez años y ya quiere poseer su propia pantalla.
Como llevábamos como dos minutos conversando en medio de la vereda, me aventajó preguntándome hacia adónde iba. Me aventajó, digo, porque si yo hubiera preguntado primero, cuando él me hubiera indicado su destino yo habría elegido uno opuesto, totalmente opuesto, pero, ya dije, me aventajó, así que no me quedó más opción que decirle que iba hacia la calle San Martín, y él, con una sonrisa casi de satisfacción, dijo que también, así que ofreció que fuéramos yendo nomás.
¡Uf! Una caminata conversando con mi hermano. Encima, frío. Bueno, quedaban todavía varias horas para que terminara el día; el jueves podía mejorar.
Comenzamos a caminar hacia San Martín y retomó el tema del regalo de Marina. Mi hermano, hay que decirlo, no es exactamente un analista de la realidad ni un crítico del sistema. De hecho, en su casa creo que tiene televisores hasta en el baño. Por eso, una de sus características es que en los diálogos suele meter varios clichés, cosas oídas al pasar y que a él le parecen que, de por sí, constituyen una toma de posición. Por eso, no me extrañó cuando me dijo que no era muy partidario de comprarle una tablet a una nena de diez años porque los chicos se pasaban todo el día con la cabeza gacha metidos en la pantalla y eso no sólo era inconveniente porque no aprendían nada (cliché uno) y esa posición les iba a generar una malformación en la columna que los iba a dejar curcunchos a los veinte años (cliché dos).
Me metí las manos en los bolsillos de la campera (volviendo a desear haber salido cinco minutos después de mi casa) y le dije que no era tan así, que, en todo caso, estaban aprendiendo otras cosas, además de que eso de la malformación iba a depender de qué otras actividades hiciera, deporte, por ejemplo. Y para dejárselo en claro, le recordé que nosotros también tuvimos un tiempo en el que pasábamos gran parte del día encorvados, no sobre una pantalla, pero sí sobre algo que se le parecía.
- ¿Encorvados sobre qué, si no teníamos tablets ni celulares? -preguntó mi hermano.
- No teníamos eso, pero sí teníamos Pocketeers -le respondí.
Me miró con algo de sorpresa, como si revolviera en su memoria (como si sus neuronas estuvieran apartando bolsas llenas de residuos acumuladas ante la puerta que da paso al ayer), y de repente una sonrisa se le dibujó en la cara.
- ¡Tenés razón! -gritó- ¡Tenés razón! -repitió, como si no lo hubiera escuchado- Pero no me vas a decir que es lo mismo...
- No te estoy diciendo que sea lo mismo, pero acordate de cuántas veces los viejos nos repetían que nos enderezáramos, que no estuviéramos echados sobre los jueguitos porque nos iban a salir jorobas.
- ¡Eps! Cuando tenés razón, tenés razón -dijo repitiendo lo que ya había dicho dos veces antes.
- Y no me vas a decir que, en todo caso, los pibes de ahora no desarrollan más habilidades con las tablets que nosotros con los Pocketeers… -hice una pausa no tanto para instalar una suerte de suspenso como para mirar la cara de desubicación de mi hermano.
- A ver… -me dijo, desafiándome a que le explicara eso que acababa de decir.
- ¿Qué teníamos que hacer nosotros con los Pocketeers? Acordate del de futbol, meta darle con el índice a una palanquita. ¡Cayos te salían en el dedo! Y la posibilidad de un gol dependía de la suerte de los rebotes.
- ¡Ja! Es cierto, pero cómo nos divertíamos. Y vos te la pasabas haciendo trampa tratando de inclinar el jueguito para que la pelotita se fuera hacia mi arco.
- ¡¿Yo hacía trampa?! Si eras vos el que movía la mesa para que la pelotita fuera para cualquier lado. Y ni hablar de lo que hacías con ese otro que tenía creo que seis pelotitas que había que hacer caer por una serie de toboganes e intentar que entraran en el centro. Me acuerdo todavía de la siesta esa en que te encontré levantando el jueguito por encima de tu cabeza tratando de que las bolitas fueran rodando por el acrílico transparente para meterlas todas en el cubículo de mayor puntaje.
- Mierda, nunca se me hubiera ocurrido describir de manera tan complicada el Pocketeers ese... ¿Cómo era que le decíamos? El "tobogancito", o algo así... Y no es cierto que estuviera haciendo trampa, sólo estaba tratando de destrabar unas pelotitas que se habían atascado...
- Sí, claro...
Nos detuvimos ante el semáforo en rojo. Un trole pasó echando humo.
- Bueno, a lo que iba, ¿qué tipo de motricidad fina desarrollábamos con esos juegos? También estaba ese otro que era un autito que tenía que hacer un recorrido por una ciudad y que se movía con dos rodillos, uno que lo hacía avanzar o retroceder y otro que lo movía a izquierda o derecha. Como ves, todos eran movimientos repetitivos… -dije como concluyendo mi exposición y argumentación, pero mi hermano, después de mucho tiempo, me sorprendió con una observación inteligente mientras cruzábamos la calle.
- Está bien, pero también estaban esos otros en los que tenías que trasladar a puro pulso una pelotita por un recorrido que estaba lleno de obstáculos.
- ¿Cuál? -pregunté con verdadera sorpresa.
- Ese al que vos le decías "caracolito", porque tenía un rulo en el camino por el que debía ir la pelotita, pero también había un túnel y escaleras y otros obstáculos más.
- ¡Tenés razón! -dije repitiendo la expresión que él había usado cuatro veces y que a mí me había parecido tan idiota... En fin, la sangre es la sangre- Y ahora también me acuerdo del Pocketeers de golf, ese que se desplegaba y que traía la figura de un hombre y un palo que se le incrustaba.
- ¡Dejate de joder! -exclamó haciendo un movimiento con la mano derecha- ¡Ese era un embole! Además, el green, si es que eso era un green, estaba malísimamente mal diseñado, porque la pelotita se te iba siempre al carajo... Siempre deseé que al que diseñó ese juego le hubieran pagado y después lo hubieran despedido a la mierda. No podía haber un juego más malo -concluyó mi hermano, y me hizo reír, porque, en definitiva, tenía razón.
- Bueno, está bien, me convenciste: había habilidades motrices que también desarrollábamos con los Pocketeers...
- Y vos también me convenciste -dijo cuando estábamos llegando a la esquina de Espejo y San Martín-. No hay problema en que le compre la tablet a Marina.
- Para nada -concluí, y de inmediato tomé la iniciativa-. ¿Para adónde vas?
- Para allá -dijo señalando hacia el norte.
- Yo para allá -mentí señalando hacia el sur.
- Bueno, che, nos vemos.
- Nos vemos... Mandale saludos a la flía. Y que pases un buen Día del Niño.
- Vos también.
- Y haceme un favor.
- El que me pidas.
- A Marina comprale la tablet, pero también comprale un libro. Y cuando puedas, salí a andar en bicicleta con ella.
- Te lo prometo.
Nos abrazamos, nos dimos un beso, él se encaminó hacia el norte y yo hacia el sur. Cuando crucé la calle Espejo, me di vuelta y durante unos segundos lo miré alejarse. Nuevamente había comenzado a llover. En fin, que a los hermanos no se los elige, pero tampoco se pueden olvidar las siestas que pasamos jugando (y haciendo trampa) con los Pocketeers.
J.M. Vidal
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