Una tormenta con truenos que suenan a filarmónica

Cuando lo pasé a buscar, a las nueve de la noche, el Pelado estaba durmiendo. Cosa rara en él, y máxime considerando que no estaba enfermo. Es que viene laburando duro, porque están ensayando mañana y tarde una ópera que viene medio atrasada, porque las partituras llegaron hace poco, amén de los despelotes que están teniendo con la directora.

Foto: MDZ
Foto: MDZ

Dos veces toqué el timbre. Cosa extraña que el Pelado no saliera de inmediato, porque si hay asado, el tipo es el primer anotado. Pero el timbre había sonado dos veces y nadie se había asomado a responder. Así que decidí irme, suponiendo que él hubiera salido más temprano o que tal vez tuviera un trámite que hacer antes de ir a lo del Emilio, lugar de convocatoria de asados.

Había comenzado la retirada cuando escuché, ya con el pie en el descanso de la escalera (él vive en un primer piso, tampoco es que yo sea tan atlético como para preferir las escaleras), que se abría la puerta del depto del Pelado. Efectivamente, ahí estaba él, asomando su calva y una cara de sueño imposible, en calzoncillos y con las sábanas marcadas en la mejilla derecha.

Sí, el Pelado estaba durmiendo a la nueve de la noche. Cosa que nunca creí que llegaría a ver, pero era así, no estaba, como habitualmente lo hace, esperando que pasara alguien para invitarlo a lo que fuera que lo invitaran a esa hora, sino durmiendo.

¿Estás enfermo?, le pregunté, descontado que la respuesta sería sí. Pero no. No estaba enfermo, ni la más mínima febrícula, ni el menor moco solitario, nada con lo que el estómago le alertara que dejara de morfar y chupar como si el fin del mundo estuviera a la vuelta de la esquina. Nada de eso. Sólo estaba cansado, agotado, destruido, hecho mierda.

Esto me lo explicó mientras me hacía pasar al departamento y me pedía que preparara un café. Y después desapareció por el pasillo hacia su habitación.

A los cinco minutos volvió, vestido y con la cara recién lavada. Cruzamos dos palabras intrascendentes mientras yo terminaba de filtrar el café y él ubicaba tazas, cucharitas, azúcar y cenicero en la mesa, y después nos sentamos, cada uno con un pucho encendido.

Estoy destruido, me dijo. Es que desde hacía varios días que dormía poco, y no era cuestión de insomnios, ruidos molestos u otras exquisiteces de cualquier edificio o derivadas de la edad. No, el Pelado estaba agotado de laburar, porque a la mañana y a la tarde estaba teniendo ensayos con la orquesta (sí, el Pelado, con sus casi dos metros, con su torpeza física y sus dedos que parecen muestrario de chorizo de chancho, es violinista de la filarmónica), además de que le estaba dedicando varias horas del trasnoche a estudiar la partitura de una obra bellísima pero igualmente compleja que se estrena a fin de mes.

Se está poniendo duro el trabajo, dejó caer como al pasar, y es que está difícil la cosa con la directora, dijo ya con aire enigmático y golpeando el cigarrillo en los bordes del cenicero.
Si el Pelado te la deja picando con aire enigmático es porque se viene una buena historia, y, conociéndolo, supuse que le había tirado los galgos a la directora o que andaba en alguna de esas travesuras que trascienden eones. ¿Esa es la imagen que tenés de mí?, me preguntó casi serio cuando le insinué que me estaba ocultando una aventura amorosa, y los dos largamos la carcajada, porque somos pocos y nos conocemos mucho.

Pero no. Esta vez no era por ahí por donde iba la mano, sino por el estricto camino del trabajo. Y es que recién hacía unos días que les habían dado las partituras de la ópera que tienen que poner es escena a fin de mes, y se sabe que eso no es soplar y hacer botellas, así que estaban laburando a mil para poder llegar a tiempo con la cosa afiladita como para presentarla.

El rollo, por supuesto, no terminaba en eso. Las cosas venían medio cruzadas porque parece que desde la Superioridad (así se refiere el Pelado a la gente del ministerio) parece que le estaban haciendo la vida imposible a la directora, con algunas indirectas y otras bastante directas, para que se las tomara, para que dejara su cargo.

Vaya a saber de qué va, pero medio que la están apretando para que se las tome, me explicó el Pelado, y también dijo el apriete venía en distintos envases, como el de negarle un aumento, el de no informarle algunos cambios, el de convocarla a reuniones horas antes de que tomara un vuelo o el de amenazarla con sanciones por no presentarse a conciertos que no estaban bajo su responsabilidad u otros que ni siquiera se hicieron, pero siempre habiendo informado que no estaría presente.

Como me gusta azuzarlo al Pelado, porque es de esos que se suben a la moto enseguida, le pregunté qué opinaban ellos, los músicos, qué onda con la directora, si estaba todo bien, si se la mancaban. En ese momento fue cuando me di cuenta de que el Pelado estaba realmente apesadumbrado, porque no sólo no se calentó, sino que aplastó el pucho en el cenicero, hizo un gesto triste y me dijo: “Nosotros la elegimos, la orquesta puede elegir al director, y nosotros la elegimos de nuevo a ella. La elegimos porque es una grossa, si se la pasa dando conciertos en el mundo, en Israel, Palestina, donde se te ocurra… La otra vez, Roussef la felicitó, después la felicitó Cristina, y mientras tanto, en Mendoza la quieren sancionar… Es un lujo tener a una directora así. Andá a ver si otra provincia tiene al frente de la orquesta a una persona con esa capacidad…”.

Qué querés que te diga…, terminó con un lacónico gesto, y mirando la taza de café cerró el tema con un vamos, que llegamos tarde al asado, porque por más pesadumbre que se cargue, el Pelado no se pierde un asado ni porque vengan degollando.

¿Vas a dejar las tazas así?, le pregunté. Otro día las lavo, dijo mientras se ponía la campera. Ventajas de soltero con un departamento todito para él.

Alejandro Frias