No viene al caso, nada nunca viene al caso, pero digamos que Débora toma clases de cuestiones del alfabeto y operaciones matemáticas con una maestra domiciliaria que todas las semanas viene hasta El Fachinal. Sentada en la silla, sus pies con zapatillas nuevas no alcanzan el piso, entonces ella los columpia como si nada más hubiera en el mundo que el balanceo de sus pies y las volteretas de su lápiz, que muere en la suya, como mueren los lápices y los escaladores en hielo y las mariposas en la hoguera.
No viene al caso tampoco, pero mira a su maestra. Ha aprendido a quererla, se le nota en los ojos (y a la maestra también). Sin embargo, podría decirse, esto no es lo más importante: a esta altura de sus días, la niña ha de pensar –con toda razón y justicia que es curiosa la existencia y que el vivir, el cotidiano vivir, por alguna extraña razón de pronto se ve atravesado por exigencias impropias con la excusa del sustento.
Es así para todos, también para las niñas que viven en la completa indigencia. Es así. Uno se yergue y se echa al mundo y el mundo resulta hostil: nadie te lo confiesa que todos, Débora, quieren cortarte la yugular si te atravesás en su camino. Vivir es gambetear y el éxito consiste en lograr las mejores fintas, de modo que ningún pobre o viejo o loco o solitario se te cuelgue de los bolsillos para pedirte ayuda. Para evitar el mundo serás educada, como todos.
- Gracias.
“Gracias” dice ella y este que escribe maldice la inaudita pureza de sus ojos. Maldice el fatídico instante en que la vio tirada en un colchón en el piso, llena de mugre y humedad y piojos y moscas. Maldice el momento en que comprobó que una de sus piernitas estaba chueca, chueca mal, de nacimiento.
Por suerte para ella, hubo gente con mejores sentimientos que este escriba y aparecieron samaritanos por todos lados y logró levantarse, bañarse, vestirse y comer como la gente e, incluso (luego de una costosa operación pagada por un santo hombre llamado Ricardo Miceli) enderezar su patita y ponerse dos zapatillas, una en cada pie, por primera vez en su vida.
Ahora, en el labio del imperio de los desechos, que está aprendiendo a escribir y escribe “mamá” y escribe “gracias”. Contra todo consejo, Débora agrega la palabra “gracias” a su repertorio. El ejercicio va de la mano del hecho fehaciente cobijado en sus respuestas: a cada rato mira los paquetes y dice “gracias”, abrazada a un peluche usado, la pequeña, por tantos regalos recibidos.
Ah, es que no hemos hablado de los regalos: resulta que hace unos días hicimos otra nota. Esta vez, era la nota “Débora con dos zapatillas, una en cada pie”, algo así, no viene al caso.
Y muchos lectores de este diario respondieron al pedido de ayuda y llovieron bolsas y cajas de ropas y de calzados y de juguetes, por docenas, para ella, porque, al fin, ya saben ustedes, unos por amor y otros por culpa, la raza humana aún no es un caso definitivamente perdido, según parece. Cuando este planeta se extinga, tal vez no haya nadie que recuerde que nuestro paso por la vida –voraz, veloz, pérfido, banal– no fue solo estupidez, solo completa y límpida falta de propósito.
Por eso estamos con ellas, otra vez, aquí, en El Borbollón lasherino: sólo porque había que traerle las cosas y hacerlo rápido, marcharse rápido, antes de que ella mirara como mira y dijera “gracias”. Y así no fue. Mírenla ahí, pisando el mundo con zapatillas nuevas, en las calles de El Fachinal, en la comisura de la inmundicia. Mírenla rodeada de cajas y de bolsas llenas de ropa, juguetes, libros y calzados, ella no acierta a saber cómo es que funciona el mundo (bueno, nosotros tampoco), pero ahí está su maestra, por allá, en la basura, está su madre. Mírenla sonreír como si la vida hubiera sido bella con ella.
¿Qué son todas estas bolsas que no tienen basura? Ella bien lo sabe: son demasiadas cosas para una niña, demasiadas incluso para una familia y acepta con amoroso y silencioso gesto que todo el barrio se las reparta
(No es así la calle, angelito, no es así lo que te espera: allá en el otro hoyo, el que está lleno de luces, el de la ciudad, van a tirarte piedras cuando vayas a tocarles el timbre, van mirarte mal y a cruzarse de vereda, van a putear en ocho idiomas cada vez que recibas un plan social, van a escupirte la cara si te da por querer lavarles el auto o limpiarles la vereda; allá, en la ciudad, no son todos y ni siquiera son la mayoría, pero son los satisfechos, los bienaventurados; al fin y al cabo, nadie reparte nada; allá, anhelan con cada fibra de sus seres que te conviertas en una pilla, una ratera de poca o mediana monta atestada de hijos y cesáreas y tatuajes, porque así obtendrán la excusa perfecta para cocerte a balazos; esto es así, mariposa de los desechos: te quieren culpable para hacer justicia, ellos van a arrancarte los ojos en nombre de Dios y te van a exhibir en la plaza pública como mal ejemplo, por no haber sido igual de virtuosa que ellos).
No viene al caso pero es una mañana de oro en el otoño en el basural. Presentémosla: se llama Débora, tiene siete y ya varios la conocen por otras notas y, como todos por aquí, creció comiendo de la basura, pero no comida basura, así, del tipo, digamos, comida chatarra de la que comen tus hijos, no. Basura-basura; basura colorida, con extraños procesos químicos y cosas por el estilo.
¿Su historia? Como la de casi todos por aquí, Débora no fue anhelada. Fue concebida a las apuradas, tras una batalla campal de células en gozo. Nació y creció, digamos, íntimamente ligada a la basura. Y allá vive, en El Fachinal, al borde mismo del sitio adonde van a parar todos tus desechos. Está creciendo y, cuando sea lo suficientemente fuerte, vendrá por vos (¡retiro lo dicho!; no viene al caso; empecemos por el comienzo).
Decíamos que algo anduvo mal en el embarazo. Ya en la pancita de Petrona, la niña se fue desarrollando con un piecito, el izquierdo, hacia adentro (esta historia ya la contamos).
Débora escribe. “Mamá”, “gracias”, cosas por el estilo (todo esto ya fue contado). Algunas columnas de humo salen como almas en pena del pecho de la basura. Pasa un camión municipal. Pasan dos carretelas. Pasan niños y perros y el otoño se desdice. Débora sonríe como si fuera feliz. No viene al caso esa sonrisa. Hacemos silencio. Nos vamos como vinimos. Jamás nos volveremos a ver.
Ulises Naranjo.