En Twitter, @FriasAle
El tipo estaba más caliente que los Altos Hornos de Zapla, y no era para menos. ¿Pero estás seguro de que es la misma mujer?, le pregunté, no porque no le creyera, sino para confirmar lo que me contaba.
La misma, si no, no se hubiera podido parar la cosa ahí mismo, me dijo mientras se llevaba a la boca el vaso de soda, porque ya había terminado el café hacía rato.
Por suerte su abogado lo había calmado, por eso, cuando nos encontramos de casualidad en la calle, venía ya sólo con ganas de sacarse el entripado de encima y contárselo a alguien, y ese alguien fui yo, que andaba vuelteando buscando a alguien a quien usar como justificación para sentarnos a tomar un café y hablar de bueyes perdidos. Pero no hablamos de bueyes perdidos, justamente porque él acababa de salir de la oficina de su abogado.
¿Y ahora?, inquirí. Ahora nada, respondió, ahora se frenó todo… Estaría bueno tomarse una ginebra, ¿no?, propuso. Son las diez y media de la mañana, protesté y no tanto. Sí, tenés razón, dejemos la celebración para después, ahora disfrutemos del triunfo, se resignó.
Seguramente le hubiera venido mejor una siesta, pero ahora se tenía que ir a trabajar, porque había pedido permiso para venir al abogado. Le urgía venir al abogado hoy. Porque ayer le llegó una carta documento a su casa… Mejor empezar por donde empieza todo esto, hace más de un año, en una esquina de acá nomás, del centro. Él venía manejando, medio despistado vaya a saber con qué, y no se dio cuenta de que el auto que avanzaba delante del suyo se detuvo en el semáforo en rojo. Claro que tampoco había visto que el semáforo se ponía en rojo, así que terminó chocando de atrás un auto en el que venía una pareja, un hombre y una mujer, el hombre manejando, que se bajó de inmediato a ver si le había pasado algo a su auto, y la mujer sentada al lado, que ni siquiera se bajó, se quedó todo el tiempo sentada en su lugar, incluso cuando llegaron la policía, los agentes municipales y la ambulancia.
Hicieron los trámites del caso (tomaron patentes, números de seguros, intercambiaron teléfonos por las dudas), y por fin los dejaron ir. Casi no habían sufrido daños los autos y los médicos determinaron que la mujer debía ir al hospital a hacerse un examen.
Durante un par de semanas mi amigo llamó a la pareja para saber si todo andaba bien, y como todo andaba bien y el seguro ya se estaba haciendo cargo de reparar la abolladura, no volvieron a comunicarse. Hasta ayer, que llegó una carta documento a la casa de mi amigo diciendo que le iban a iniciar un juicio por daños graves porque la mujer había perdido la visión de un ojo en el accidente.
Imaginate cómo se puso el que te jedi. De inmediato los llamó por teléfono y, tras una breve y cortante conversación, se fue a verlos a su casa, donde lo recibió el hombre y la mujer apareció al rato de una de las habitaciones.
Mi amigo notó ahí nomás que el ojo derecho de la mujer era de vidrio y se quiso morir. ¿Cómo era posible que ese fuera el resultado de un choquecito de nada?
En fin, que le explicaron que la demanda estaba por entrar a un juzgado y que iba a tener que responder por las consecuencias de su despiste en la calle.
La cosa es que hoy a primera hora estaba en la oficina de su abogado, y cuando le mostró la carta documento, el cuervo esbozó una sonrisa que lo puso más nervioso. La conozco, le dijo el abogado, conozco a esta mujer, y sabés qué, no es la primera vez que hace juicio por ese ojo, de hecho, ya ganó dos, pero lo mejor es que lo perdió hace años en un accidente en su casa.
Además, le dijo que conocía a ese abogado, trucho como ninguno, y le pidió que se calmara, que todo se arreglaba ahí mismo. Levantó el tubo del teléfono, marcó un número que leyó de su agenda, y cuando le contestaron del otro lado mantuvo un diálogo del que mi amigo rescató frases como “bueno, dejate de joder, Omar”, “este es cliente mío y no te voy a dejar avanzar en esto”, “Omar…, nos conocemos” y varias más en el mismo tono, casi como vacilando al tal Omar, que, indudablemente, era el representante de la pareja que quería hacerle juicio.
Ni te cuento este, ahí mismo se agarró una motoneta. Que qué hijos de puta, que me los voy a cagar a palos, que ahora van a hacerme juicio esos, y así durante un rato, pero el abogado pudo calmarlo, y cuando bajó a la calle, me encontró a mí y nos vinimos a tomar un café.
Por suerte ya pasó el mal trago, aunque ahora, después de pedirle al mozo la cuenta, dice que va a hacer unos afiches con la cara de la mujer y va a empapelar la ciudad, para que a nadie más le gane un juicio por ese ojo que no tiene y que parece que ya ha perdido varias veces.
Alejandro Frias