"¡Manfré!"
Así lo llamábamos nosotros. Quizás en nuestra ignorancia pueblerina, y aún desconociendo a quien haría famoso el nombre, Manfred, el de la "Era del Hielo". Cada vez que aparecía en el horizonte bermejino la carreta cubierta con un inmenso cuero de vaca, gritábamos "el viejo Manfré, el viejo Manfré". Los gritos eran suficiente alarma para esconder bicicletas, soldaditos, autitos y todos esos juguetes que solíamos desparramar por las veredas polvorientas.
Manfré llegaba, a paso cansino de un caballo que a duras penas soportaba el peso de la carreta, cubierto su rostro por una barba espesa y con los pelos al viento. ¡¡ Soooo! y el caballo se paraba tranquilamente frente a la casa de mi abuela. Mis amigos y yo observábamos con curiosidad la llegada y los movimientos del viejo, guardando en nuestras manos los juguetes y vichando que las bicicletas no fueran tomadas por el hombre. Una vez que se bajaba de la carreta, por las ruedas, a la antigua usanza, el vozarrón del tipo llamaba "¡¡Doña María !!" y mi abuela presurosa corria a abrir el portón casero.
Una vez dentro de la propiedad, Manfré se dedicaba a mirar todo con ojos de buen observador y cada tanto se agachaba palpando los yuyos que rodeaban la finca y que intencionalmente mi abuela no cortaba. "Aja!, decía, y tomaba un manojo de "tamascán", clavelillo, o cualquier otro yuyito y lo olisqueba con fruicion. Murmuraba unas palabras apenas audibles y de su sacón de lana, sacaba una bolsita de papel cuidadosamente doblada y metía un puñadito de hierbas.
Luego, cortaba hojas de laurel (un laurel hermoso que estaba al frente), recorria la propiedad sin que ningun yuyo se le pasara por alto. Se agachaba,recogía un puñado, lo olía y repetía el rito varias veces. De vez en cuando, decía "no" con la cabeza y tiraba el producto por los aires.
Pasaba unas dos horas en su faena. Los perros de la finca ladraban de vez en cuando, como para decir que estaban presentes, pero la figura del viejo les era conocida, por lo que el hombre se paseaba a sus anchas buscando en forma experta sus "yuyitos".
Nosotros hasta nos olvidábamos de él, y nos dedicábamos a recoger moras para usarlas de misiles mano-cuerpo, lo que nos llevaba a ligar unos buenos retos de nuestras madres, cansadas ya de fregar ropa entintada y azucarada, producto de los impactos impiadosos de las dichosas moras.
Manfré terminaba cuando la tarde se iba, y saludando a mi abuela, recorría el camino inverso hacia su carreta, que hacía las veces de casa y consultorio. Pues de eso se trataba: el viejo no era curandero, pero las mujeres y los hombres de la zona le pedían ayuda cuando el empacho arreciaba, cuando los dolores de cabeza eran asesinos y no existian los análgesicos y en todo tipo de dolencias físicas y espirituales.
La herboristería ambulante de Mafré surtía de todo. Bastaba acercarse a la carreta, despertarlo (porque generalmente dormía en ella) y explicarle qué dolencia tenía uno. Las manos mágicas de Manfré hacían el resto: que el té de burro, que el de matico, que el de hojas de laurel, que el de manzanilla silvestre, que el pétalos de rosa mosqueta. Y así se sucedían las dolencias y las curas. Nunca escuché que los remedios o las tisanas del viejo hicieran daño a alguien, es más, supe que su fama era buena porque a falta de farmacia confiable, el Manfremóvil era la sanación de los dolores.
Ahora, que su figura es una postal en blanco y negro de los recuerdos, me sonrío cuando veo un cartel de "Herboristería" o cuando veo tantos libros de autoayuda que hablan de las virtudes de la madre naturaleza.
Manfré era autodidacta y ni siquiera, creo, sabía leer o escribir. Pero sí supe que vivió largos años con una india huarpe en las Lagunas del Rosario, que le enseñó el arte de curar con hierbas. Cuando murió su compañera, el viejo se vino a Bermejo a vivir de los "yuyitos". No siempre recibía recompensa monetaria por sus servicios, ya que la mishiadura era la moneda corriente. Pero siempre tuvo un caldo calentito de pichón de paloma, o un plato de arroz, servido por las mismas manos que le iban a pedir ayuda con sus dolores.
Ya de Manfré no existe ni la sombra, las carretas son carretelas y las inmensas ruedas de madera fueron reemplazadas por cubiertas de caucho no tan reciclables.
Y la fina línea que separaba a los chantas de los curanderos se rompió definitivamente. El último boticario ambulante fue llevado al fondo por el progreso.