“¿Ale?”, me pregunta la voz de la recepcionista desde el otro extremo de la línea telefónica. “Sí”, respondo, y me dice sólo “Te paso un llamado”. Luego el ruido del corte y un silencio que me revela que desde el otro lado alguien espera que otro alguien desde este lado le diga algo. “Buen día”, murmuro. “¿Frias?”, pregunta una voz de hombre. “Sí”, respondo. “Te llamo por el artículo ese que escribiste el otro día, el de la estafa con los autos”, me explica.
Sabía que esto podía pasar. Esperaba desde entonces el día en que alguien me llamara y me dijera algo así como mirá, no te hagás el gil, estabas hablando de mí, y si lo volvés a hacer te cago a piñas.
“¿Qué pasó con ese artículo?”, lo increpo poniendo voz de macho, como para intimidar un poco nomás, no mucho, que si me apuran, de inmediato me como el mazo, y me responde: “Me gustó…” (uf, respiro) “Por eso te llamo, porque tengo una historia para vos, pero no para que la publiqués”.
“Entonces, para qué me llama” (premisa: por más que quien llame te tutee, vos tenés que tratarlo de usted, porque si no de inmediato te echan al hombro y ya son tus amigos, invisibles, pero amigos al fin) “Si no la puedo publicar, no tiene sentido que me la cuente”, aseguro haciéndome el piola. “Y, gilún, si vos mismo andás escribiendo que si te dicen que la historia es buenísima ni la publicás y que si te dicen que no la publiqués lo primero que hacés es publicarla”, explica, refregándome en la trucha eso que es casi como el abecé de la profesión.
“A ver…”, lo invito a que me cuente la historia, comenzando a arrepentirme de haber levantado el tubo del teléfono. “Te la hago corta…”, comienza, y, como suele suceder, lo de te la hago corta es una falacia, porque me va a tener como 20 minutos al teléfono.
En fin, que la cosa era que el tipo había comprado una moto de esas que hacen de a por miles por día los japoneses o los chinos o algunos de esos pueblos de por allá. Una de esas que parecen de lujo, que vienen en plateado, en negro, en rojo, en azul. Y de movida nomás había tenido problemas con el embrague. Pero toda la celeridad que pusieron en juego para venderle la moto, desapareció cuando él volvió al otro día para que le vieran el “asuntito ese”.
Le dijeron que lo iban a arreglar, que dejara la moto y la pasara a buscar al día siguiente. Pero al día siguiente no estaba solucionado el problema, y tampoco lo estuvo al segundo día, y recién el tercero le dijeron que no se podía hacer nada si no llegaba un repuesto que tenía que venir de Japón, China o cualquiera fuera el país oriental de origen de la moto, así que se la tenía que llevar y andar así por una semana, quizás dos. Pero fueron cuatro. Veintiocho días con el embrague malo, y al final se lo arreglaron sin cambiarle nada, porque él estaba ahí (había amenazado con no irse hasta que estuviera solucionado el problema) y vio todo el proceso. Cuando les hizo notar esto, le respondieron con evasivas y chau viejo, volvé cuando la hayas asentado, le hacemos la revisión, y después, si te he visto no me acuerdo.
“¿No hizo la denuncia?”, le pregunto. “¡No! Qué voy a hacer denuncia. Yo laburo, como cualquiera, y no puedo andar llegando tarde todos los días, y también tengo una familia, hijos, perro… Los tipos se agarran de esa, ¿viste? Saben que no podés andar boludeando por ahí con denuncias por esas cosas, entonces se te cagan de risa en la cara”, me explica, y de inmediato me cuenta, como para dar veracidad a su relato, que también sabe de otra gente a la que le han pasado cosas parecidas en la misma agencia (“Es de Gauymallén”, fue todo el dato que me dio). “Un vago que conozco les llevó la moto que había comprado para que le revisaran no sé que cosa y resulta que le perdieron la llave, y cuando se las reclamó, le dijeron que ellos no podían hacerse cargo de esas cosas”, cuenta primero, y sin darse respiro pasa al otro caso que conoce: “Y otro, al que no conozco pero me contaron, les llevó la moto para que la arreglaran, y cuando la fue a buscar… ¿A que no adivinás dónde estaba la moto cuando la fue a buscar? ¡En la policía, viejo! ¡En la policía! Se la habían secuestrado a uno de la agencia por andar sin papeles y sin casco. ¿Y vos te pensás que los tipos movieron un pelo? Ni ahí. Ni se calentaron. El chabón dueño de la moto tuvo que ir a la cana, pagar la multa y seguir con la moto hecha mierda como estaba… ¿Qué te parece?”.
“¿Pero hay alguna evidencia de eso?”, le pregunto sabiendo que me va a decir que no. “No”, me dice, y me sonrío complacido por mi premonición. “Pero te puedo pasar el teléfono del amigo mío al que le perdieron la llave, y la otra historia la podés corroborar vos mismo, porque el tipo estaba tan caliente, que la colgó en Internet”, detalla, y le pregunto asombrado cómo es eso de que la colgó en Internet, y me asegura que es así, que ahí está, para que quien quiera leerla la pueda leer.
Por fin no tiene nada más para contarme, así que comienza la despedida preguntándome qué probabilidades hay de que publique la historia. “50 y 50”, le digo. “Incliná un poquito más la balanza, no seas cagón”, me reclama, y lo de cagón no me gusta nada, así que comienzo la despedida con un “no puedo negar que la historia es interesante, pero… ¿Cómo me dijo que se llamaba?”.
“No te dije, y tampoco te lo voy a decir”, sigue con el mismo tono con el que me dijo cagón, y se despide: “Bueno, hacé lo que quieras. Un gusto. Chau”.
No alcanzo ni a decir chau que ya el tono de la línea me confirma que el tipo cortó. Me dejó caliente con eso de cagón, así que pongo en tubo del teléfono en su lugar y, mirándolo como si allí estuviese el tipo ese, le digo: “¡Andá a que la historia te la publique tu abuela, cagón!”.
“¿Me hablaste?”, me pregunta Icardi, que está en la computadora de al lado. “No, nada, estoy hablando solo”, le digo, y vuelvo a poner los dedos sobre el teclado, a ver si puedo escribir algo interesante.