La clase de lengua, por Facundo Mercadante
La profesora tomó de la oreja a la mala palabra y la sacó fuera del aula. Las demás palabras miramos con pena excepto una del grupito de las preferidas, que hizo un gesto como de “¿viste?”.
Afuera es un desastre, todo está mezclado. Las malas palabras juegan y se enchastran con pintura, hacen rondas tomadas de las manos, se ve divertido. Algunas muy subidas de tono se meten dedos por debajo o gritan hasta quedarse roncas. Otras pasean por el patio, frescas. Algunas desaparecen. Cómo será, allá afuera.
Los preceptores no dan abasto para controlar aquello, pero igual entran y toman lista porque no quieren desvíos. Cada tanto aparece una nueva, que suele ser muy tímida o rebelde. En cualquiera de los casos, no le queda otra: si no se acomoda, se va.
La profesora felicita los pulcros delantales de sus buenas palabras. Hace pasar al frente a un adjetivo pretencioso y lo coloca al lado de un verbo en infinitivo. Muy bien, dice la profe orgullosa. Diez felicitado.
Se puede escribir bien sin decir nada.
El pizarrón va llenándose y mientras tanto, me aburro. Me siento más bien atrás y nunca hablo, solo observo. Sueño despierta con el día en que todas estas paredes se caigan y hasta pienso en que podrían aplastar a la profe, a nosotras o al director que ups, justo allá viene, con su andar pesado y elegante.
Entra al aula, saluda con amabilidad y habla con la profe. Me miran, el director me llama con una cara que lo dice todo.
- ¡Pero si no dije nada! - protesto sin ganas.
- Peor aún - me dice, señalándome la puerta.
Le temen hasta al silencio, los guardianes del idioma.