Diez años le llevó a la filósofa argentina Laura Klein escribir Fornicar y Matar, el problema del aborto (Editorial Planeta, 2005). El texto no busca dar respuestas, abre preguntas que no estaban formuladas. Desmenuza los argumentos aprendidos que se repiten incansablemente en los debates, se aleja de las certezas y se pone a un costado del enfrentamiento sin salida de las posturas a favor o en contra y así nos invita a pensar y a dudar de nuestras ideas.
En este libro, cuya lectura vuelve a ser necesaria en el debate actual, analiza los códigos Civil y Penal, la postura histórica de la Iglesia Católica, el lugar de la ciencia, los fundamentos de las diversas posturas, los derechos humanos, la vida y la muerte.
La tapa del libro Fornicar y Matar. El problema del aborto, de editorial Planeta.
Klein es clara: dice que la prohibición no hace desaparecer el aborto y que la gran pregunta es qué hacemos frente a esta realidad.
Durante una entrevista telefónica con MDZ On Line, la filósofa consideró que el problema del aborto configura un prisma privilegiado para abordar el estado del mundo contemporáneo, atravesado por cuestiones éticas, políticas, religiosas y científicas. Y un problema irresoluble.
Un problema irresoluble
- ¿Qué tipo de problema es el aborto, moral, ético, religioso?
- Creo que es un prisma. La cuestión del aborto atraviesa todo, cuestiones morales, éticas, políticas de población, de control de la reproducción, la sexualidad, la anticoncepción, la diferencia sexual, la división de poder entre los sexos, el embarazo, la locura del misterio de la generación. También atraviesa lo jurídico, lo científico. Dentro de lo que la ciencia investiga podemos tomar argumentos diferentes para interpretar dónde es que comienza la vida a ser vida humana de manera que cada cual puede buscar –y encontrar- el argumento que le conviene a su postura, para condenar o permitir el aborto. La ciencia dice cómo nacemos, cuándo hay o no embarazo y cuándo deja de haberlo, o sea, cuándo se ha producido un aborto. Pero finalmente serán definiciones jurídicas más que médicas las que van a dirimir en una ley cuándo hay vida humana con derechos y cuándo no, y sus matices. ¿Cómo poner el límite entre lo que es un embrión implantado en el útero de una mujer y un embrión en una probeta? Para la ciencia, aislando la vida embrionaria (en cuanto a sus características genéticas, por ejemplo) son lo mismo. Para la ley, no, nunca. El embrión de probeta no es abortable porque no hay embarazo. Entonces se llama desechable. Pero además pensemos que ni siquiera puede morir porque mientras un embrión está en una probeta tampoco puede nacer. Yo creo que de algún modo no es exactamente un problema si pensamos que un problema tiene necesariamente una solución. Por ahí hay que empezar a pensar que es parte de la vida, no agradable, nadie quiere abortar. Habría que pensar que forma parte de la vida, como la muerte, como el nacimiento, como ciertas cuestiones que uno busca evitar y no lo logra y las tiene que atravesar, tiene que tomar decisiones sobre algo que hubiera preferido que no sucediera.
- ¿Cómo se enfrenta como sociedad este prisma tan complejo, es a través de una ley que se marcan los límites?
- La ley también es parte de una relación de fuerzas, es decir la ley no es alguien que tiene la verdad. Hay una cosa que es muy clara, el aborto pasó de ser en los años 60 un problema de moral sexual y familiar, a ser ahora una cuestión de derechos humanos. Antes estaba alineado con la anticoncepción, la libertad sexual y ahora está alineado con la eutanasia. En ese sentido, es muy importante esto, y es muy difícil -no sólo en los medios- que no se caiga en una cuestión de estoy a favor o en contra, porque eso no es pensar. Pensar es quedarse por un momento suspendido, no saber a dónde me va a llevar, es peligroso porque tal vez me corre de las posturas que tuve y me gustaría seguir teniendo.
"Es muy importante que no se caiga en una cuestión de estoy a favor o en contra, porque eso no es pensar. Pensar es quedarse por un momento suspendido, no saber a dónde me va a llevar, es peligroso porque tal vez me corre de las posturas que tuve y me gustaría seguir teniendo".
- ¿No nos animamos a hacer ese ejercicio?
-Creo que no. Sabés qué pasó con el libro, muchas mujeres y hombres que, estando a favor de la legalización del aborto y habiendo tenido la experiencia de abortar, igual se sentían incómodos y no lograban expresarlo porque parecía contradictorio con el apoyo a la legalización del aborto. Entonces la lectura del libro los reconcilió con su experiencia: poder no expulsar su dolor. Porque habían abortado, estaban a favor de la ley de aborto legal y, sin embargo, se sentían incómodos con lo que tenían que defender en el mundo público. Una joven mujer, por ejemplo, me dijo que ella había sentido que había matado algo, y que ese sentimiento lo había dejado en suspenso, que ni podía afirmarlo ni soltarlo. Poder darle un lugar al aborto fue a través de ver que en realidad la vida y la muerte están juntas. Y que había matado "algo", no "alguien". Ahí vuelve el orden argumental: porque para condenarlo se dice que eso es vida humana, claro que es vida humana, también cuando trasplantás un corazón es vida humana. Pero la frontera entre "algo" y "alguien" no es siempre fácil de discernir. Lo que importa es que es distinto lo que pasa con la ley que con la experiencia.
Después del baño, de Edgar Degas.
- ¿Es uno de los planteos que hacés en el libro, la separación que hay entre la ley-debate y la experiencia?
- Lo primero que resulta de una crueldad y de una necedad tremenda y una muestra del mundo en que vivimos, es que tomemos la postura que tomemos, el aborto se sigue realizando y en las peores condiciones; entonces hay algo muy claro y es que las políticas restrictivas y prohibitivas fracasan. Quiero decir, no disminuye ni en un solo caso la cantidad de abortos. Qué sucede con la prohibición del aborto: los que condenan a las mujeres que abortan se contentan y se dan por satisfechos con que el aborto esté prohibido y siga prohibido. Así dan la espalda a la realidad: las mujeres siguen abortando, los hombres siguen acompañándolas o exigiéndoles, el debate sigue anclado en qué es la vida y las mujeres siguen muriendo en la clandestinidad del aborto prohibido.
-¿Fracasa la prohibición?
- Ese sería un modo ingenuo de pensar las cosas. La prohibición no logra disminuir el número de abortos, por lo tanto, el número de embriones muertos. Lo que sucede es que aumenta el número de mujeres muertas. Y además se produce un efecto extra que es marginalizar, culpabilizar, clandestinizar, aplastar, oprimir y dejar la realidad en un sucucho vergonzoso, y lo que queda a la luz son discursos elegantes que se lavan las manos. Esto tiene efectos simbólicos muy importante: nos hace creer que la realidad que vivimos es un discurso y no la de lo que hacemos.
Preguntas que ayudan a pensar
-¿Cuáles son las preguntas que nos podrían ayudar a pensar desde otro lado?
- Una es si los argumentos que yo uso en el debate del aborto siguen siendo verdaderos, reales, importantes fuera del debate. Yo te diría que en ese sentido el debate es una farsa, porque nadie usa esos argumentos fuera del debate, nadie dice, por ejemplo, que el embrión es un ser humano igual a todos los demás. Los abortos espontáneos no juegan ningún lugar en el debate y a mí me parecen fundamentales. Porque si vamos a hablar de embriones y de mujeres que sufren, aquí se cuela el aborto espontáneo, que es el caso de un embrión que no iba a ser abortado, sino de un hijo que una mujer quería tener. Y esos fetos no cuentan en el debate. Vuelvo a los argumentos, por ejemplo, si una amiga acaba de tener un aborto espontáneo no podría decirle: no importa, no es un ser humano, no podría usar ese argumento típico a favor del aborto legal. O si quiere abortar y está angustiada, quién iría a decirle: no importa, vos tenés control sobre tu propio cuerpo, es tu autonomía, andá tranquila. No, es una experiencia dura de pasar. Creo que es necesario ligar los argumentos con la experiencia, es decir hasta dónde podés sostener lo que estás diciendo. Preguntarte cuándo empieza a ser una verdad para vos, no una verdad universal, no una verdad que puedas presentar en los foros del debate.
Mujeres, de Pablo Picasso.
"Creo que es necesario ligar los argumentos con la experiencia, es decir hasta dónde podés sostener lo que estás diciendo. Preguntarte cuándo empieza a ser una verdad para vos, no una verdad universal, no una verdad que puedas presentar en los foros del debate".
- La discusión sobre el aborto legal sobrevuela sobre los mismos argumentos, en el mismo nivel. ¿No nos animamos a dar un debate a un nivel superior, por ejemplo preguntarnos si siempre es bueno vivir y siempre es malo morirse?
-Esto tiene mucho que ver con la moralización de la vida. En el mundo contemporáneo hay un halo maldito que rodea la muerte. Antes los niños venían de París y ahora son los muertos los que se van de viaje. Creo que los adjetivos sobre la vida, las condenas o elogios de lo que es la vida, hablan del estado del que está hablando, porque somos parte y juez. Juzgar que la vida es buena y la muerte es mala, es condenar la vida, porque la muerte forma parte de la vida. La negación de la muerte queriendo sacar lo malo de la vida, la recorta, la mutila, la hunde y la vuelve infantil e infame. Es el mismo esquema que estábamos viendo, el aborto existe, vos lo sacás y qué lográs: reducir la realidad y ponerla en falta. Vos sacás los abortos de la realidad y hablás como si la existencia del aborto dependiera de qué se decide en las leyes, pero es dejar a las miles de mujeres que abortan en falta, descuidadas y desprotegidas. Lo mismo pasa con la muerte, esto que la muerte esté prohibida es como si el dolor no debería formar parte de la vida. De ahí lo mal que vivimos, cada dolor lo convertimos en sufrimiento porque no debería haber pasado, entonces somos culpables porque nos producimos o producimos a otros un dolor que no debería haber existido. Creo que en este lugar se inscribe la necedad del debate, porque cuando uno dice autonomía, mi cuerpo es mío, son cosas que expulsan el dolor.
-En el libro desarmás los argumentos que utilizan los que defienden ambas posturas
- Tenemos la ciencia y el derecho, que son las dos grandes esferas de donde se nutren los argumentos a favor y en contra del aborto legal. En los dos podemos ver que el centro del debate son los derechos humanos, entonces pareciera que allí no hay visiones del mundo contrapuestas, cosa que nos deja un poco alelados y da que pensar. El debate se encalló en una cancha argumental que es la que hay que desarticular y de la que hay que correrse, la cuestión de si es vida o no es vida. De ambos lados uno puede decir es vida: de un lado diciendo es vida desde la concepción porque el ADN es irrepetible, y del otro, diciendo que recién tiene posibilidades de ser humano cuando ya tiene el tubo neural formado o cuando es viable. Vos podés demostrar con argumentos tan irrefutables lógicamente y verdaderos científicamente que es un ser humano y que no es un ser humano, porque en realidad cada uno busca en la ciencia el argumento que le conviene para justificar su postura, es una relación utilitarista con la ciencia, no científica.
"Vos podés demostrar con argumentos tan irrefutables lógicamente y verdaderos científicamente que es un ser humano y que no es un ser humano, porque en realidad cada uno busca en la ciencia el argumento que le conviene para justificar su postura, es una relación utilitarista con la ciencia, no científica".
El análisis de los códigos Civil y Penal
-Otro aspecto que analizás son los Códigos Civil y Penal, un aspecto del que casi no se habla en el debate.
- Sí, es fundamental subrayar que ningún Código Penal, por represivo que sea respecto del aborto, lo tipifica como el homicidio. Y esto porque ningún Código Civil equipara persona nacida con persona por nacer. A mí me llama la atención, por qué se debaten y se oponen distintas concepciones de lo que debería ser una persona y nadie se toma la molestia de ir a ver cómo define persona el Código Civil, por lo menos para decir cambiémoslo, ahora que estamos en una reforma. No se puede equiparar a la persona nacida a la persona por nacer. Primero que nadie lo toma igual, eso es de la experiencia, las mujeres dicen aborté o perdí un embarazo, casi nadie dice perdí un hijo. Si estamos tres amigas y una está con un embarazo reciente y lo quiere tener, por ahí brindamos por cuatro, entonces ahí se caen los dos argumentos, los que están a favor y los que están en contra, porque durante el embarazo parece que es evidente que depende de lo que quiera la mujer embarazada, de lo que decida hacer, para interpretar si hay o no una persona, si hay o no alguien más. Y uno puede rebelarse contra esto y decir: la persona no puede depender de eso. Pero depende de eso. Porque parece que para llegar a ser o no persona depende de que una madre nos quiera tener. En el nivel de individualismo en el que vivimos esto significa una bofetada a la dignidad humana, pero no es que nacemos y después tenemos una madre. Antes de ser seres humanos, somos hijos.
Obra de Pablo Picasso.
-Decís que nadie compara el aborto con un homicidio
- Ninguna persona u organización anti abortista propone equiparar en el Código Penal el aborto con el homicidio. Es llamativo, porque dicen que el aborto es un asesinato pero no tienen el menor interés en llevarlo penalmente a la figura de homicidio y a las penas correspondientes que son muchísimo mayores. Esto es lo que decía de la farsa, nadie se toma en serio lo que dice. Acá está claro que es una farsa, por qué no se equipara, porque una persona por nacer nunca puede ser equiparada a la persona nacida, ni el aborto con un homicidio, para nadie.
-Sin embargo, en el discurso están en el mismo nivel
- Todos los que hablan del aborto como asesinato, conocen, e incluso muchos acompañaron a mujeres que abortaron, pero no las ven como asesinas.
- Pero es un argumento fuerte
- Sí, como argumento es fuerte. Y eso nos tiene que poner en guardia frente a los argumentos. Fijate: unos ahora, los de la Asociación Pro-Vida, dicen que el lugar más peligroso para la vida humana es el vientre de la madre. Decime hasta dónde puede sostener eso alguien, fuera del discurso político, no lo podés sostener frente a una mujer embarazada, ni siquiera la que va a abortar. Ni tampoco en el frente de guerra. Ni donde la desnutrición arrasa. El lugar más peligroso para la vida humana es el mundo. Y es el mejor lugar. Abortos hay, a vos no te gusta, qué hacés frente a esto. Qué quiere decir "estar en contra". El argumento que empuñan los penalizadores frente a esto es que no podés con las leyes justificar lo que hay. Pero pensemos que hay homicidios, robos y los tenés que prohibir. Y hay una diferencia muy importante con un homicidio.
"El lugar más peligroso para la vida humana es el mundo. Y es el mejor lugar. Abortos hay, a vos no te gusta, qué hacés frente a esto".
-¿Cuál es?
- Si las leyes no condenaran el homicidio habría muchísimos más. O sea, la condena por homicidio intimida. Si el robo no estuviera sancionado en los códigos, no habría propiedad privada. Con el aborto no pasa esto. Si el aborto no estuviera prohibido no abortarían más mujeres, porque que se legalice la práctica del aborto no logra quitarle peso al acto, nunca lo convertirá en un trámite. Es una manera de evitar más muertes y daños de todo tipo. Tomemos en cuenta que son las mujeres las que más padecen el aborto que realizan. No son los que dicen "esta mujer es una asesina", sino la mujer que aborta es la que más sufre, por la vida que hace que no nazca. La idea que las mujeres se van a lanzar a abortar es un delirio, pero un delirio que pone de manifiesto la visión que estos argumentadores represivos tienen sobre las mujeres y la maternidad. Es un argumento totalmente puesto al servicio de la discusión del aborto que tiene más que ver con tácticas para ganar un debate que con lo que están debatiendo.
-En el libro también analizás la postura de la Iglesia Católica
- La cuestión del aborto parece haberse convertido para la Iglesia Católica en un asunto de supervivencia institucional. Su condena ocupa el primer lugar en las advertencias morales del Vaticano hacia los gobiernos y la población de Occidente. La Iglesia dice que siempre prohibió el aborto. Tiene razón. Pero no lo prohibió en consideración a la vida embrionaria, sino como pecado sexual. Hasta 1869, la Iglesia Católica no consideró al embrión un ser humano pleno, o sea, con alma, antes de los tres meses de embarazo. Entonces, la mujer que abortaba no atentaba contra la vida de nadie. Hacía algo peor: fornicar. Y fue hasta hace sólo un siglo, más precisamente hasta el año 1917, que la Iglesia Católica mantuvo la equivalencia entre impedir la concepción y asesinar que había sido sancionada en el siglo IV por el cristianismo. Y fijémonos entonces en el pasaje: antes la Iglesia llamaba homicidio anticipado a la anticoncepción, hoy reserva este nombre para el aborto.