“Cada hombre es la mitad de sí mismo; la otra mitad es su expresión”.
Emerson.
Escribe lo suyo: mueve su puño. Deja caer su pequeño relato, lo abandona, como quien deja caer un pañuelo o, si preferís, una carta o un mapa desde la popa del barco, para que se monte tres segundos sobre uno de los labios de la estela antes de perderse quizá para siempre, por supuesto para siempre.
Si analizamos con profundidad y limpieza cada segundo de su vida, descubriremos que ha vivido solamente para escribir ese montón de palabras que atestiguarán quién fue, quiénes somos, ante nadie.
Es cierto que se perderán en el olvido, pero es cierto que todos nos perderemos en el olvido; es cierto también que la muerte es ese mar, pero también es cierto que uno escribe para aprender a nadar; es cierto que al final nadar no sirve de nada, pero también es cierto que sólo nadando se sonríe y se descansa.
Todos y cada uno nos hundiremos en el vinoso mar homérico, pero quedarán las historias como tibio ademán contra nuestra completa falta de propósitos. Cuando nos hayamos extinguido sin gloria alguna ni mayor escándalo, durante unos instantes, tiritarán los verbos, como pelos que siguen creciendo en la cabellera de un muerto.
La mitad de lo que somos
El único caldo que conmueve nuestra sangre es la anestesia. Anhelamos quedarnos dormidos de una buena vez y para siempre. Somos portadores positivos del hastío.
No obstante, para apenas un puñado de personas, el sentido de haber pasado por la existencia quedará configurado en el hecho de que hablaron de ella: la escribieron, lanzaron su botella al mar, dijeron algo y luego, como todos, se perdieron en un silencio oscuro, que ni siquiera es eterno. Lo habrán intentado, en un mundo en el que prácticamente nadie intenta nada.
El dato no es menor, pues los grandes hechos de la historia no lo serían, de no haber sido escritos, con las debidas inclinaciones del puño del autor del relato, es verdad, pero escrito al fin. Del mismo modo que el hombre es esclavo de sus actos, la historia es esclava de la palabra.
Lo escrito acerca de lo que somos es, así, la mitad de lo que somos, como bien observó Emerson.
Y, como nos sobra el tiempo, a pesar de que es tan poco, iremos a tres ejemplos para colorear la caída:
1) En verdad, de no haber sido rescatado (escrito) por el cineasta Steven Spielberg, nada sabríamos acerca de un ejemplar hombre llamado Oskar Schindler.
2) Y como la escritura no depende sólo del ademán de la palabra, digamos también que de no haber existido un fotógrafo en una azotea, nada hubiéramos sabido del hombre del tanque de Tiananmen.
Moisés, de Rembrandt.
3) Finalmente, observemos que de no haber sido por las Tablas escritas que Moisés recibió en la cima del Monte Sinaí, hubiéramos debido redactar una lista más adecuada de pecados, un listado más acorde con la psicopatía colectiva que hemos dado en llamar cultura.
Escribimos para agradecer el silencio. Escribimos porque no hay nada mejor, nada peor que hacer. Escribimos para negar lo evidente. Escribimos para colorear el absurdo. Escribimos, a fin de cuentas, porque no sabemos hacia dónde vamos y porque queremos olvidar de dónde venimos y limpiar el bochorno de lo que somos.
La escritura de las hazañas
Cualquiera hace lo que dice, pero no cualquiera dice lo que hace.
En este sentido, veamos otro caso, asimismo, de muy resumida manera y con las disculpas del caso, pues la intención –en este caso– radica en mostrar lo determinante de llevar a discurso los hechos. Eso de que una imagen dice más que mil palabras, es una provocación, una superficialidad sin más, una sentencia de vagonetas del discurso, una máxima de trompeteros de cabotaje.
"300", una película épica.
El ejemplo, entonces: dice la Historia Antigua, y así fue escrito, que una de las hazañas más grandes de la historia se vio en la batalla de las Termópilas, entre fuerzas griegas lideradas por Esparta y el Imperio persa de Jerjes I, heredero de aquel imperio de Darío, que supo morder el polvo ante la bravura helena.
Es que los persas ya habían sido vencidos por los atenienses en Maratón, pero vinieron por más y se encontraron con una de las fuerzas de guerra más formidables de la antigüedad: la de Esparta. Cuenta la historia que 7000 griegos detuvieron el paso persa, formado por 300.000 hombres durante siete días y que tres de las jornadas fueron de franca, limpia, encarnizada batalla, en la que, según Herodoto, murieron 20.000 persas, unos sobre otros, como puñados de sal.
Y más: se asegura que los dos últimos días, apenas “300 espartanos, 700 tespios, 400 tebanos y posiblemente algunos cientos de soldados más”, escribe Wikipedia, frenaron a tan poderosa y numerosa hueste persa. Tras el final avance invasor, todo culminaría un año después, con la victoria griega en Platea, que puso fin a la Segunda Guerra Médica y a la invasión persa y rubricó una de las páginas más formidables de la historia humana.
¿Qué habría sido de semejante y mítica gesta, de no haber sido escrita? ¿Qué habría sido de muchos episodios de la antigüedad de no haber sido por los mensajeros y los escribas? ¿Qué habría sido de la fábula de los dioses, de no haber pronunciado palabras el profeta? ¿Qué habría sido de Gilgamesh sin su ancestral poema? ¿Qué de la brava belleza de Lilith, sin el temor que se le tiene en el Antiguo Testamento) ¿Qué de Maratón sin Filìpides y sus ágiles pies sobre las piedras de Grecia? ¿Qué del Buda, sin su canon escrito en el agua o qué del Alá, si Mahoma hubiese rechazado de manos de Gabriel Inmaculado el Corán que habla el fuego sobre el cuero de animales elegidos?
¿Qué habría sido de nosotros, a fin de cuentas, de no haber sido nombrados?
Cuentos cortos
Cambiemos de tema o no: conozcamos a Federico Moreno. Tiene 24 años y estudió publicidad en la universidad Juan A. Maza, trabajó en agencias de Mendoza y Buenos Aires y hace 2 años que vive en Santiago de Chile. Como en la popa del barco, Federico eligió billetes para escribir su historia, a fin de dejar constancia de haber pasado por este asunto de la vida.
“No tenía dinero para sacar un libro de cuentos cortos, pero sí billete para escribirlos. Entonces, me adherí a esta idea financiada con y sin dinero”, dice Fede, quien es publicista en la empresa trasandina McCann, dedicada al marketing y la publicidad.
El proyecto de Federico puede seguirse tanto en una web de Internet, como en Facebook o bien teniendo la ventura que alguno de sus billetes caiga en tus manos.
“Los billetes circulan, llegan a la gente y logran mi objetivo: que lean mis cuentos cortos, mi idea financiada con y sin dinero. Este es mi porqué a la hora de afrontar este proyecto”, sigue.
“Funciona así: gente me envía billetes de todas partes del mundo (Ecuador, Paraguay, México, Colombia, entre otros países). Yo se los escribo y se los mando de nuevo vía correo para que lo pongan en circulación. Me han traído billetes de Vietnam, Bielorrusia, Camboya, Indonesia, Cuba. La gente, increíblemente, me los regala para aportar al proyecto y yo los pongo en circulación”, cierra él y lo abandonamos, mientras escribe sus últimas palabras antes de morir o nacer:
- “Poco a poco, los niños de todo el mundo se fueron juntando alrededor”.
Siglos después, cuando ya no seamos ni pasto de gusanos y ya ni siquiera cenizas de calcio, en algún sitio, la oración seguirá flotando como un petroglifo de Altamira o una astilla de remo en el óleo de un naufragio.
Será suficiente.
Pues bien, eso es todo, amigos. Y todo es lo mismo que nada.
Ulises Naranjo.