Pintan una pared como si inventaran el mundo. Pintan como si se tratara del intestino de una caverna en tiempos inmemoriales, para hablar de sus cacerías y de su adoración por el sol. Pintan también para dejar un registro de quiénes son, para que otros se identifiquen y consideren que, al fin y al cabo, el sueño de la eternidad es posible y que no son otros los elegidos, sino ellos, los marrones.
Mírenlos: pintan como si no hubiera más en el mundo que un muro, una página en blanco, allá, en el oeste hostil, en hocico del piedemonte, en La Estanzuela, ese barrio levantado sobre cadáveres de chañares y jarillas y martinetas y de algún joven gallardo en manos policiales y donde ahora, pasados los años, los pimientos (aguaribays, como les dicen en el Centro) se levantan contra el cielo como una bendición de las siestas.
Hace un par de décadas, les tocó en suerte una época extraña: dar carácter de hogar a un emplazamiento semidesértico, pintando de blanco casitas tímidas de la pequeña ciudad erigida, regando varillas que serían árboles, pimientos, sí, verdes aún en pleno invierno y bajando a la ciudad para buscar sustento.
Salvados los primeros obstáculos, comenzaron, desde las paredes, que resisten el paso de las estaciones, a darse una cultura. Debieron urdir una mística, volver victoriosos de sus cacerías, cocinar las presas, inventar abecedarios.
Debieron aceptar que ese barrio era su barrio, que esa era la vida que les tocó y se quedaron a dormir en sus casas por las noches y los días nómades e menesterosos se transformaron en días sedentarios y menesterosos.
Cumplieron los pasos, se integraron con los cerros y dejaron caer los ojos hasta la altura de sus manos. Miren cómo se miran: pintándose en muros con sus lanzas y sus brazos en alto, con sus animales altamente nutritivos atravesados como un cristo a la vera de la fogata. Fueron por más: decidieron cuidar de sus niños y fundaron la paternidad y dieron origen a la cultura.
Fueron más allá de sí mismos: se vistieron de payasos en agosto, de carpinteros en navidades y de reyes en enero, juntaron libro sobre libro hasta fundar la biblioteca, creando un grupo de teatro y animándose, al fin, a decir a sí mismos que no son tan atorrantes o chotos como quisieron hacerles creer.
Por las dudas, para que no osaran bajar sus dominios a tierras civilizadas, les marcaron la cancha con una cicatriz feroz –dada en llamar el “Corredor del Oeste” – que cumple la función básica de separarlos, como una muralla china o israelí o norteamericana o alemana o aquellos de Adriano o de Teodosio.
¿Separarlos de qué? Pues bien, de los otros: los amos del reino, los bien pensantes, los favorecidos, los mercantiles, los aventajados, los dueños absolutos de los barcos y los camellos, las especias y las harinas, las cartografías y las brújulas, los mármoles y las formas que de ellos brotan y las sedas y los aceros y los Palmares.
Así se crece en La Estanzuela: vivís tu vida, pero resulta que es semejante a la de tu Otro (es sabido que la otredad es el perfume de uno mismo haciendo remolinos). Entonces, o te odiás tanto como para matarte o te aceptás tanto como para compartirte (gana segunda opción, sin balotaje, inmensa mayoría y daremos una prueba de ello, a continuación).
Aquí tenemos a El Hombrito, el centro cultural de La Estanzuela. Nació hace diez años, en pleno desastre del 2001 y siguen de pie, como sus muros diciendo cosas y sus lanzas rojas y enamoradas.
¿Qué fue lo primero que hicieron? Pues pintar murales, cantar canciones y organizar una biblioteca, intrincada como todas, y que, ya en 2004, inauguró León Gieco, de quien toma su nombre. Hubo más: pintura en tela, yoga, tejido, música, manualidades, ropero comunitario, un festival “Síndrome Rock”, para juntar más ropa, más libros y útiles escolares, un elenco teatral “Un martes 13” y un grupo de mujeres para analizar problemáticas de género.
Digamos ya mismo quiénes son los que sostienen la maravilla: Mauricio Gareca, Eliana Ibazeta, Andrea Torres, Javier Ibazeta, Dorita Torres, Javier Paredes y Celeste Rodríguez, entre muchos. Escuchemos a Mauricio: “Ahora nos estamos mudando a dos salones en la Unión Vecinal del barrio, pero provisoriamente. Es que nos han donado un terreno y estamos pensando en construir”, suelta él.
Y aquí viene un propósito en esta nota periodística, si es que las notas periodísticas responden a propósitos: los chicos de “El Hombrito” necesitan de nuestra ayuda para levantar la sede que, desde hace diez años, andan buscando. ¿Qué hace falta? Materiales por supuesto: de todo, ladrillos, baldosas, cemento, cal, hierros, maderas, aberturas, cables, pinturas, en fin, las cosas que se usan para levantar hogares, que de eso se trata. Por eso, si tienen a bien ser parte de esta hermosa historia, llamen a Mauricio al 2615971780¬ y coordinen. Los planos y la mano de obra, los pone Godoy Cruz; faltan los materiales.
Completa Eliana; “El Hombrito estuvo dos años sin lugar, con los libros cerrados guardados en un garaje. Estamos con todo, con muchos proyectos, murales, teatro. Este año, cumplimos diez años de trabajo y de lucha. Tenemos más años encima, pero con el ideal y la dignidad intacta; seguimos adelante con nuestros objetivos de revalorizar la cultura popular”.
Un día, saldrán de la caverna, azorados como el esclavo de Platón, y ya envejecidos, verán a otros armar sus rituales para salir de cacería. Sabrán entonces que la tarea ha concluido y que el descanso, cuando es merecido, se parece a la dulzura.
Mientras tanto, en el oeste hostil de Godoy Cruz, tierra de cal y de tersas piedras, en un pedazo de tierra donde no hay nada, ellos –los chicos de “El Hombrito” – sueñan con ver un centro cultural izado, blanco y erecto como el toro de Poseidón en las praderas de Creta o las agujas del invierno en el cerro Torre o la Capilla de Laguna del Rosario, en el desierto de Lavalle.
Y más: niños entrando y saliendo como abejas, sosteniendo en sus manos tarros de pintura y buscando una pared, siempre la habrá, para decir al viento lo que nadie quiere escuchar, si viene de sus bocas.