En el imaginario colectivo (ese inconciente arrollador de espíritus esclavos de la muerte) se construye la idea de que una mujer montada en bicicleta sugiere un acto erótico. A pesar de que la idea surge de un enjambre tejido y montado desde la perversión, no descarto esa fantasía, tampoco la denuncio, digamos que la comparto. Andar en bicicleta puede que sea, además de un acto erótico para quién lo observa, un ejercicio secreto e íntimo de goce para quién lo ejerce. Después de todo hay monturas y monturas, algunas te hacen tocar el cielo con las manos, electrizar los labios, desorbitar las pupilas y hasta cambiar el sabor de las papilas gustativas, otras monturas te enmudecen los sentidos y te hacen perder el sentido, sin saber cómo llegaron hasta allí sientes que millones de hormigas se apoderan de tu cuerpo y de un momento a otro te hacen estallar en un millón de átomos. Mientras que otras monturas apenas consiguen el simple objetivo de trasladarte de aquí para allá sin llegar jamás a ninguna parte.
En verdad, debo admitirlo, andar en bicicleta me erotiza un poco, pero lo hace en el doble sentido del ejercicio erótico. Sentirme montada y provocar la sensación de estar montada. Debería decir también que cada ciclista tiene su estilo y que sobre gustos no hay nada escrito. A mí las que no me gustan, y jamás montaría, son esas bicicletas estilos “Mamá Segura”, que vienen con canasto, guardabarros, parrilla y con un ridículo casco, en esas bicicletas todo es seguridad y confort, la vida es larga, cómoda, lenta y carente de todo goce. A mí me gustas las bicicletas veloces, peligrosas, sin frenos. Pisteras, dice mi viejo que se llamaban esas bicicletas, de ruedas finitas, manubrios de cachos de cabra y con esos asientos puntiagudos en forma de banana que no dejan nada librado a la imaginación. Reconozcamos que para idear esas bicicletas veloces los/las diseñadores/as industriales no tuvieron piuritos y le encajaron un buen falo de goma dura en cada una de ellas. Tanto es así que muchos varones velocistas deben precaverse de las gastadas consuetudinarias: hay que ser muy macho para depilarse las piernas, encajarse unas lindas calzas negras y subirse con mucho empeño a esos asientos sumamente fálicos.
Me gusta mucho andar en mi bicicleta pistera de manubrios de cabra, ligera y con asiento banana. Disfruto de la velocidad, de andar sin frenos, de tener algo firme entre las piernas. Además de trasladarme de un lugar a otro gozo un poquito, apenas, tampoco digamos que experimento un orgasmo en cada viaje, pero… Digamos simplemente que es un simulacro de placer que hace bien en el ejercicio de cada mañana.
Esta mañana me sentí insegura, por un momento sentí que no iba a poder disfrutar de mi placer íntimo. Al salir del edificio comprobé que la rueda trasera estaba desinflada, no mucho, pero lo suficiente para fastidiarme. No tengo inflador personal, jamás me compré uno. Déjenme que les explique y que les haga una confesión: me erotizan los hombres cuando usan el inflador. Soy autosuficiente y no hay nada que no pueda hacer sola, pero debo admitir que ciertas prácticas son masculinas, como es el caso la portación y el uso del inflador. El inflador es un instrumento fálico en todos sus aspectos, diseño, tamaño y utilidad. Perdí varios novios gracias al inflador, al verlos ahí agachados, meta que dale con la bomba, pude ver cuáles eran los problemas que regularmente se reflejaban en el acto sexual, así los observé muchas veces pifiándole a la válvula, gastando energías inútilmente con bombeadas en falso, por desconocer los secretos del gomín terminaban exhaustos y sudados, mientras que yo me sentía tan insatisfecha y en llanta como la rueda de mi bicicleta. Uno de ellos directamente me recomendaba ir a la bicicletería. A los pocos meses lo dejé por un boxeador. Así fue que, desde que tuve aquel novio, siempre voy a inflar las ruedas al viejito bicicletero de aquí a la vuelta.
La de la vuelta es una de esas bicicleterías tradicionales, cuyos dueños llevan tres generaciones emparchando cámaras y vendiendo repuestos. En la entrada del negocio siempre hay un inflador encadenado a la puerta de rejas, un inflador de uso público en donde niños, abuelos y laburantes inflaban las ruedas o las pelotas de fútbol. Sigo yendo ahí porque el viejito siempre me la ha inflado con mucho cariño. Pero esta mañana el inflador ya no estaba en la puerta, ni en ningún otro lugar visible del local. En el mostrador no había nadie, miré hacia adentro y observé a un joven arreglando los cambios de una montain bike. Con la voz más dulce que pude emular le pregunté si me podía inflar la bici. -No, no tengo inflador, me respondió. Pude observar que al responderme la cara del joven se endureció, quizás tratando de imponer respeto. ¿Así es que no tenés inflador?, insistí. -No, no tengo- volvió a responder con esa cara de zapato. ¿Me estás diciendo que una bicicletería de barrio, con tres generaciones de historia, no tiene un inflador para prestarme?, le apuré y el flaco ya no entendía nada. Entonces me deschabé - ¿Vos me querés decir que todas estas bicicletas que arreglás las inflás con tu poronga? El tipo se puso blanco y se notaba que hacía fuerzas para no putearme mientras que sus ojitos de topo me rogaban que desapareciera, pero me quedé allí, estoica, esperando su respuesta. Ese instante duró demasiado, por un memento pensé en estallar en una carcajada y salir corriendo, hasta que por fin, y por debajo del mostrador, apareció la cabeza del viejito que debía haber estado agachado acomodando algo. –Pase, m’hija –me dijo el viejito con toda ternura- que yo se la inflo. Gracias don Jacinto – respondí- veo que todavía quedan hombres en este barrio que saben usar el inflador.