¿Por qué en las instituciones escolares necesitamos hablar de inclusión y repetir la palabra con frecuencia? ¿Será que es preciso pronunciarla constantemente para convencernos de que somos verdaderamente inclusivos? ¿Somos así cuando educamos?
En la actualidad, las políticas educativas tienen como propósito fundamental incluir a los sectores desfavorecidos y vulnerables. Se habla de escuelas exigentes e inclusivas, objetivos curriculares relevantes y compartidos, equidad, estrategias para prevenir el fracaso, acceso, permanencia y egreso, atención a la diversidad, desarrollo integral, clima escolar propicio y respetuoso, entorno protector de los derechos de la infancia, recursos humanos y materiales y participación de toda la comunidad educativa.
Sin embargo, la realidad escolar nos indica que muchas de estas acciones no se cumplen. En efecto, dicha realidad no puede ser entendida separada de los actores de una determinada comunidad. Por lo tanto, solo se la puede comprender cuando se acepta a las personas situadas en su entorno cultural. En este sentido, es imposible encontrar alternativas de transformación social para sectores de alta vulnerabilidad cuando dichas alternativas se piensan en términos de marginalidad y exclusión, ya que en algunos casos no se acepta que el escenario escolar se ha transformado y, en otros, se percibe a los sectores vulnerables como aislados, abstractos, sueltos y desligados del mundo.
Desde esta perspectiva, es posible afirmar que la sociedad argentina requiere de personas que no solo tienen que asumir el rol de ser transmisores de conocimientos sino también el de acompañar los distintos procesos por los que transitan los estudiantes. Por este motivo, los docentes de nuestro país experimentamos la necesidad de ser capacitados para atender las problemáticas propias de los contextos desfavorecidos así como también las de todos aquellos que debemos educar. Asimismo, debatimos frecuentemente acerca de la función formadora o de contención de nuestras instituciones escolares.
Al respecto Marcelo Albornoz en su nota denominada “la impostergable inclusión educativa” afirma: “debemos superar los planteos y debates filosóficos respecto de si la escuela debe ser "formadora o Contenedora", y no porque no lo amerite, sino porque mientras nos descalificamos retóricamente a través de ricas y sustanciosas disquisiciones, la realidad nos pasa por encima”.
Ya Juana Manso en 1854 estuvo comprometida con el proyecto de educación popular e inclusiva, con la construcción de ciudadanía a través de la educación, con el abandono de las formas opresivas como la esclavitud y el racismo. Esta libre pensadora luchó contra los prejuicios, la intolerancia, por la igualdad de oportunidades y el derecho a la realización personal de las mujeres excluidas del discurso público. Manso apuntaba, además, al fortalecimiento de la individualidad de la mujer con el fin de lograr su participación en el campo intelectual y social. Irónicamente, habiendo sido ella la que difundió los planes de estudio verdaderamente inclusivos recibió críticas terriblemente discriminatorias de escritores de la época que provocaron la enfermedad de Juana. Hasta el propio Sarmiento se refería en forma despectiva hacia la mujer que diseñó su plan educativo: “La manso fue el único hombre que comprendió mi obra y que inspirándose en mi pensamiento se puso al hombro el edificio que veía desplomarse ¿Era una mujer?”.
Es evidente, a la luz de la historia que la inclusión y la lucha contra las prácticas discriminatorias no es solamente un tema central de las políticas educativas actuales. Por cierto, ha sido y sigue siendo el punto débil de la educación argentina a lo largo de todos los tiempos, ya sea porque los planes educacionales no responden totalmente a la diversidad de necesidades de todos los estudiantes, no se vislumbra una mayor participación en los aprendizajes, ni hay cambios o modificaciones en los contenidos de enseñanza.
En síntesis, hablar de inclusión o repetir el término, porque es una moda que supone la aceptación de las diferencias, no nos hará encontrar estrategias adecuadas para cada estudiante en particular, debemos acercarnos a la experiencia del otro en contacto con el otro. Ciertamente, educar para el desarrollo integral de la persona desde su propia cultura e individualidad no solo debe ser una expresión de deseo sino también una convicción de que educar es sinónimo de incluir, porque definitivamente es el sistema educativo en su conjunto el que tiene la obligación de lograr una educación inclusiva y de calidad con el fin de que dejemos de pensar en ellos para pensar en nosotros.
* La autora de la columna es profesora de Letras y directora pedagógica de “Signo Educativo Producciones”. Es, además, autora del libro "¿Lo digo o no lo digo? Método CRC para hablar en público", que presentará mañana martes 20, a las 20, en la Universidad Mendoza, Aula Magna, Emilio Descotes 750, de Ciudad.
Educar es incluir
“Hablar de inclusión o repetir el término, porque es una moda que supone la aceptación de las diferencias, no nos hará encontrar estrategias adecuadas para cada estudiante en particular, debemos acercarnos a la experiencia del otro en contacto con el otro”.