Luisito o el otro discurso de los héroes

Marco Polo, Jesucristo, Maradona y Luisito, el vendedor de café de la Feria de Guaymallén. La joda de Nicolino Locche. El papel de los héroes: de los masivos y de los otros. Los fríos y los calientes, los duros y los blandos y un homenaje a un hombre apoyado en su simpleza y querido por todos.

Luisito, el héroe. Foto: Pachy Reynoso/MDZ
Luisito, el héroe. Foto: Pachy Reynoso/MDZ

Marco Polo.

Algunos resultan definidos por las grandes búsquedas que los llevan a sus grandes encuentros, que los convierten en héroes.

Ahí tenemos a Marco Polo, a Jesucristo, a Diego Armando: aún gloriosos, llenas sus alforjas de respuestas para sus pueblos, no importa lo que hagan, porque sus pueblos necesitarán verlos muertos para darles trascendencia.

Es así: en algunos casos, el absoluto colectivo define a los aventureros, porque la historia no pierde tiempo en los acontecimientos cotidianos. Alcanzar el discurso de lo colectivo es la estrategia preferida de la memoria de los pueblos.

Sin embargo, la construcción colectiva es agotadora y sumamente cruel y falaz por naturaleza: los pueblos, de hecho, se construyen a partir de situaciones cotidianas, a partir del trabajo de los pequeños, los breves, los innominados que, a su modo, van dando carnadura al sentido de lo popular.

¿Qué hubiera sido de Marco Polo sin sus pajes, de Jesucristo sin sus amigos y de Diego Armando sin el Negro Enrique o Morete o sus amiguitos de Villa Fiorito?

Están los héroes, está claro, pero también están los otros, aquellos hombres que se definen a partir del ejercicio de la cotidianeidad y que también lograr asumir condición de símbolo, como Luisito.

En el medio, pues bien, en el medio estamos prácticamente todos: ni fríos ni calientes, ni duros ni blandos, ni blancos ni negros, atravesando los días sin destino, viviendo sin propósito, muriendo sin estilo.

Vamos a Luisito: no tenés por qué conocerlo, pero Luisito es una institución en los sitios que frecuenta. Hace cuarenta años que sobrevive con lo que la calle buenamente pueda darle. De hecho, lleva ya 40 años laburando de cafetero en la Feria de Guaymallén, llevando un sorbo caliente hasta incontables manos obreras.

¿Cómo no darle sus quince minutos, si él nos ha dado su vida?

Luisito tiene once hijos y ha sido un poco de todo en la vida. No esperen declaraciones al respecto, porque no es lo suyo. Aún así, contaremos una de sus anécdotas, abusando de la primera persona e intentado condimentar con suspensos:

“Yo era lustrador, durante ocho años fui lustrador y me ponía a lustrar en la puerta del Café Colón. En ese café, había un quiosquito y su dueño se divertía atando una tanza a un billete. Cuando los viejos pasaban y querían levantarlo, el dueño del quiosco lo corría con la tanza. Al final, los tipos seguían la piolita y descubrían que el dueño del quiosquito era el gran Nicolino Locche”.

Cuando, en su momento, se le recordó al Intocable esta anécdota, recuperada por Luisito, Locche pidió expresamente que los hechos relatados y el cafetero formaran parte de su biografía.

Ahora, Luisito tiene en la feria un puesto de café y tres carritos que regentea. No le va mal, crió once hijos, se siente querido, escribe su historia y es un héroe, a su manera, de todas maneras. Brindamos por él.