"Estés en mí como está la madera en el palito.Que ya no puedo así, con esta sed quemándome."Oración, Juan Gelman.
Toma un sorbo de vino, como quien no halla cosa mejor que hacer en el mundo. Recién termina de contar una anécdota repentina, algo que vivió con Julio Cortázar, durante su exilio, y la sonrisa se le va desdibujando de a poco. Intentemos recuperarla, como a toda esa larga charla, imaginemos a Gelman y Cortázar, largos e intensos los dos, como versos de Olga Orozco, fatigando Paris, en los días del trágico exilio, los días de la ominosa dictadura militar y de las muertes sobre muertes, cuestiones con las que no importunaremos al poeta.
"Resulta que estábamos en la casa de Cortázar y me contó algo y no le creí y bajamos a la calle, en Paris. Me llevó creo que a una casa de Edgar Allan Poe, donde había un cartel que lo presentaba como ‘un anglais citadin', un ciudadano inglés, pero ¡Poe es norteamericano! Entonces, a Julio se le ocurrió que fuésemos a la casa de Voltaire y pusiéramos un cartel bajo su nombre que dijera: ‘Voltaire, ciudadano canadiense'. Nos reímos un buen rato".
Ni bien terminó de contar la anécdota, Gelman observó que me había tomado -seguramente de un trago- el vino de mi copa. Con parsimonia, casi con ceremonia, de la misma manera que habla, Gelman tomó la botella y yo tomé mi copa y él volvió a llenarla, de manera tan lenta como se colma la clepsidra. Fue, porque así lo viví: un instante claramente poético, parabólico, casi metafórico. El maestro, el poeta vivo más importante de la lengua castellana, llenando mi copa, como durante mi vida sus versos han llenado este mismo silencio reinventado, que ahora busca palabras.
- No me vengan con ensaladas. El pasto no va conmigo. Vamos directamente al plato fuerte, mi amigo, le suelta al mozo y todos reímos.
Anotamos, en la memoria: "Habremos de decir que no le vengan a Juan Gelman con platos de ensaladas. El poeta, entre un cigarrillo y otro, siempre ha preferido ir a los bifes, directo a los bifes, como poeta proletario o seducción de verdugo. Le gusta el malbec, diremos, bueno, le gusta el vino en realidad y a veces habla tan, pero tan bajo que su susurro es el aliento de un tigre que reposa (tal vez no un tigre, otro animal es Gelman).
Verán ustedes que así son las cosas: la comuna de Godoy Cruz, que lo trajo a Mendoza, invitó a un grupo de ocho escritores a un almuerzo con Juan Gelman. Nada en particular hicimos para merecerlo, nadie hace nunca nada en particular para merecer algo en general, pero ahí estábamos. Y el hombre se entregó a la charla, como quien se entrega al texto sin corrección. Esas cosas de los almuerzos hizo que -quien esta nota escribe- quedara frente a él, palmo a palmo, durante dos nutricias horas y que todos bebiéramos de sus ojos.
- Usted ha ganado muchos premios, como el Cervantes, el Premio Nacional o el Rulfo... ¿qué le provoca eso?
- Nada. Nada de nada. No voy a especificar dónde, pero imaginate dónde me pegan los premios. Soy agradecido, pero los premios me incomodan, no me sirven. El mayor premio que he recibido en mi vida es que la biblioteca del Club Atlético Atlanta lleva mi nombre. Me regalaron también un pedazo de tablón y no me lo podía. Yo pensaba: debo haber saltado alguna vez sobre este tablón...
- Anteayer jugaron con Racing, perdieron 2 a 1, pero jugaron muy bien...
- Sí, pero dejate de joder, ¡no podés perder con Racing! Habremos de decir, puestos a escribir sobre lo acaecido, que Juan Gelman -esta bandera de la dignidad, la memoria y los derechos humanos en la historia argentina- es un hombre reposado y sencillo. Un enorme poeta que, tal vez por lo mismo, hace sencillas sus grandes conclusiones y cercanos los grandes momentos de un siglo trágico y hermoso -el XX que atravesó y sobrevivió como pudo (uno anhela que, al final, haya justicia y que la historia termine siendo escrita por los Juan Gelman y que la lean nuestros hijos).
- Usted, Juan, es un poeta popular. Hablan bien de usted hasta quienes ni siquiera lo han leído...
- A esos también les agradezco, saben lo que hacen... ¿Hay muchos lectores de poesía en Mendoza?
- No, realmente. Los poetas se leen entre ellos y los leen sus amigos y familiares, si son piadosos...
- En todos lados es igual, en México es así, pero acá, en Argentina, he notado más jóvenes interesados por la poesía...
- Ustedes, cuando fundaron el grupo Pan Duro, en 1955, lo hicieron para poder publicar, ¿además había alguna afinidad estética?
- Era más una afinidad ideológica. Nosotros no teníamos cómo publicar. Vendíamos bonos anticipados para poder sacar los libros y con lo que juntábamos, publicábamos otro y así... Era todo muy a pulmón, como debe ser ahora.
- Juan, ¿le gusta leer sus poemas en público?
- No... Me pasa que, mientras los voy leyendo, voy pensando ‘¿cómo pude escribir esta mierda? Y encima me falta un montón para que termine... Y lo voy corrigiendo mentalmente, mientras la gente escucha. Es raro, pero ahora con Rodolfo Mederos me pasa algo curioso: me gusta cómo quedan estos poemas con la música de él, veo cierta armonía.
De pronto, reparamos en que, desde hace una hora, ahí, a su lado, almuerza también Rodolfo Mederos, nada menos. Uno de los mejores bandoneonistas del mundo, un músico exquisito y suculento, guarda uno de esos silencios que pintan su nobleza. No hace falta que lo diga: él sabe que está junto a una gloria viva y luego, ya en la noche, en el show del teatro Plaza, no dejará de aplaudirlo y disfrutarlo, mudo su bandoneón sobre sus muslos, con la misma admiración de todos los que colmamos la sala. Volvamos a Gelman.
- ¿Corrige mucho, Juan?
- Corrijo, más bien descarto. Cosas que escribí como geniales después las leo y las tiro a la basura...
- ¿No me llenaría un "tupperware" con su descartes?
- Alguna vez alguien dijo que la inspiración comienza en cien y la expresión, en cero. Entonces, la inspiración va decreciendo y la expresión, avanzando, hasta que se encuentran y, entonces, se produce el poema. Ahora, hay algo en claro: siempre es Ella la que manda, la que rige todo...
- Las mujeres siempre mandan...
- Decímelo a mí... Enciende un cigarrillo y soporta nuestras miradas bobas. Hace poco cumplió 70 años de fumador y 81 de vida. Tuvo su infancia feliz, su juventud rebelde y una obra prolífica, pero es ineludible -con la sola pronunciación de su nombre- despegar su cronología de las desapariciones de su hijo y su nuera embarazada; tanto como despegar su dolor de la intimidad que se respira en su poesía.
Son las ocho de la tarde de invierno y es de noche y hace un frío de cagarse. Mientras terminamos la tarea de Matemáticas y termino de corregir esta cagada, hago un trato con mi hijo Eliseo.
- Hacemos una luchita, si me acompañás a un lugar...
- ¡¿Adónde?!
- A escuchar al poeta Juan Gelman leer sus textos...
- Mmm...
- Mirá: yo te aseguro que, cuando seas grande, vas a contar a tus amigos que una vez, cuando tenías siete años, escuchaste a Juan Gelman leer sus poemas...
- Mmm, bueno, vamos; pero primero ¡hagamos la luchita!
Ulises Naranjo.