¿A quién le importa la calidad educativa?

La docente y ex directora general de Escuelas, Emma Cunietti, se enfoca en el concepto de calidad educativa. Lo hace, a raíz de las palabras del ministro de Educación de la Nación, Alberto Sileoni, quien admitió una disminución en sus índices.

Unas semanas antes del inicio del ciclo lectivo 2011, Alberto Sileoni ha admitido una baja en la calidad educativa en la Argentina. El actual ministro, que conoce el sistema con precisión y también las estadísticas, sabe que los informes de las  pruebas de calidad educativa tomadas a nivel mundial o latinoamericano no podrían ser más demoledores. Argentina ha dejado de ser el país con mejor educación de América y hoy es ampliamente superado por vecinos y lejanos. Lo que es más paradójico, Argentina tiene en la actualidad peores resultados que los que arrojaron las pruebas en el 2000 – 2001, años en los que la crisis se hacía sentir en serio. Más insólito resulta saber que también se ha experimentado una baja en algunos indicadores de inclusión.

De lo  primero que nos damos cuenta en este sentido es que los resultados educativos no mejoran  con el progreso de los índices económicos o sociales como puede ocurrir con la salud. Cuba tiene mejores índices educativos que Chile o Uruguay y es más pobre. Argentina tiene un PBI por cápita mayor que Chile o Uruguay aunque sus índices educativos son peores.  Es claro que en Argentina estamos mejor que hace 10 años también en educación, en cuanto a infraestructura, a cantidad de  días de clase, a salarios. Sin embargo eso no parece repercutir en forma inmediata en lo que los alumnos aprenden.

Los últimos 20 años han sido en Argentina pobres en cuanto a resultados de calidad educativa, sin embargo han sido los más ricos desde el punto de vista legislativo. Hemos tenido leyes al por mayor, algunas que demolieron el sistema y que contradijeron los pilares de otras normas  que lo hicieron grande. Un ejemplo es la Ley de transferencia del servicio educativo a las provincias (24.049)  que fue el antónimo de la vieja Ley Láinez. Así como esta proponía que la Nación se hiciera cargo de la creación y construcción de escuelas donde las provincias no pudieran hacerlo, la ley menemista planteaba una continuidad del proceso iniciado por los gobiernos de facto y  proponía traspasar todo el sistema a las provincias aún sabiendo que éstas eran más pobres que la Nación y no contaban con lo mínimo para hacerlo. La Ley Federal (24.195) vino a consolidar ese proceso y tuvo como inspiración una ley española. (Tengamos en cuenta que España, desde hace varias décadas, es  uno de los países con peor calidad educativa de Europa. Ni qué hablar de lo que hubiera dicho Sarmiento si se levantara de la tumba al ver que sus coterráneos imitaban a la madre patria en estos asuntos).

La primera década del milenio vio muchas leyes interesantes: Ley de los 180 días, Ley de Educación Técnica (26.058) , Ley de Financiamiento Educativo (26.075), Ley Nacional de Educación (26.206), Ley de Educación Sexual (26.150), etc...

Pero la calidad educativa tiene que ver con algo que no se construye con una legislación sino con decisiones mucho más íntimas en un aula, la calidad educativa tiene que ver con que los alumnos logren resultados importantes en sus aprendizajes más allá de sus condiciones sociales o económicas.

Y esto puede ser ayudado con una normativa pero no es su consecuencia directa. Algunos países con logros importantes hablan de tres pilares de la calidad educativa: compromiso de los padres, alta exigencia y mezcla social en las aulas. De estas tres cosas no habla ninguna ley y tienen que ver con otro tipo de decisiones.

Con respecto al compromiso de los padres, Echeverry  plantea un aspecto llamativo en La tragedia educativa (1999). Cuando en las encuestas le preguntan a estos qué piensan sobre la educación, opinan sobre la educación en general que está muy mal, pero que la de su hijo está muy bien. Este fenómeno curioso demuestra que los padres no se hacen cargo de que es su hijo el que está en esa situación de mala calidad. Esta situación paradójica  no afecta sólo a los sectores pobres, sino también a los de altos recursos y es una expresión de que existe una real  falta de conciencia sobre esta problemática. Esto puede tener varias causas.

Una de ellas tiene que ver con que  el problema no radica tanto en que Argentina haya perdido calidad en términos absolutos sino en términos relativos. Esto quiere decir que los alumnos argentinos no aprenden mucho menos de lo que se aprendía antes, sino que en el resto del mundo, muchos países han mejorado  sus niveles de calidad mientras que en la Argentina se han estancado o decrecido. Como padres tal vez veamos que nuestros hijos aprenden lo mismo o más que nosotros. Lo que no alcanzamos a ver es que en un mundo tan complejo como el que les toca vivir, nuestros hijos necesitarían aprender más y mejor que nosotros.

Por otro lado, para quienes hemos tenido experiencia de investigar sobre ausentismo escolar, sabemos que muchas veces los alumnos faltan a clase porque ningún adulto los incentiva a ir. En síntesis, ese primer pilar del compromiso paterno aparece quebrado.

Con respecto al segundo pilar de  la exigencia nos puede ir peor, ya que hablar de ella puede resultar una herejía. Sin embargo valdría la pena tener en cuenta un ejemplo mendocino. Durante el actual gobierno provincial se decidió  reemplazar a los globales por trimestrales aduciendo “que era una utopía suponer que los alumnos podían estudiar toda una materia para un global” (cita textual de la entonces directora general de escuelas), sin embargo no se dijo que durante el 2008 aumentaron las cifras de fracaso escolar con respecto a años anteriores. En síntesis, no es la alta exigencia lo que lleva a la exclusión, aunque la falta de exigencia lleva a la falta de calidad.

Hay temas tales como los de las  evaluaciones censales de rendimiento académico o control de ausentismo de alumnos y docentes, que generan escasísimo entusiasmo por parte de sindicatos y padres. De hecho ambas cosas fueron anunciadas y registradas hace un tiempo en la tapa de los diarios  por el actual gobierno educativo de Mendoza sin que llegaran a concretarse. Pero, ¿por qué habría de hacerlo si nadie lo demanda?. Es mucho más grato hablar de nuevas leyes, armar comisiones para acordar temas en torno a esas leyes, organizar otras comisiones para planes estratégicos en torno a la educación, viabilizar otra comisión que organice un congreso de calidad educativa, etc. Y mantener bajo llave y con perfil bajo todos estos datos reales de calidad que al final y al cabo producen incomodidad y críticas.

En algunos de los países que logran mejoras se difunden claramente los resultados de calidad educativa, se discute públicamente cómo mejorarlos, se plantean alternativas, se conoce cuáles son las instituciones y las regiones con mejores y peores logros para realizar propuestas remediales. Algo así se hizo en Mendoza durante del 2005 al 2007. Esto sirvió para que Mendoza fuera la provincia que más mejoró sus resultados en Lengua y Matemáticas en relación a las otras provincias del país. Pero lo real es que esos resultados no tienen rentabilidad para ningún político y sólo sirven para que   los miles de alumnos que están en el sistema puedan tener mejores herramientas para vivir en un mundo cada vez más complejo y competitivo.

En Argentina los temas de calidad  se han ocultado de la agenda oficial aunque cualquiera podría conocerlos vía Internet o por experiencia vital. Por ello el reconocimiento de Sileoni es un avance que espero Mendoza imite.

Tengamos en cuenta que las principales acciones en torno a la calidad educativa no tienen que ver con leyes sino con decisiones políticas. Podemos dar ejemplos: no necesitó una ley Roberto Iglesias para proponer en plena crisis la doble escolaridad o el programa para terminalidad educativa de jefas de hogar; tampoco Cobos para una serie de medidas como la evaluación censal, el derecho al libro o el control de ausentismo. Se necesitan decisiones políticas, funcionarios más ocupados en su responsabilidad que en su futuro y una sociedad dispuesta a vivir dos situaciones incómodas: reconocer realidades que nos duelen y  trabajar para remediarlas.