Si de vez en cuando te confundís de frasco y la ensalada tiene un sospechoso matiz picante, el café hierve mientras hablás por teléfono o una solitaria cuchara queda olvidada en el pastel y el microondas empieza a escupir humo, siempre hay una mujer dispuesta a ayudarte en los misterios de las tareas domésticas.
Mucho antes que Doña Petrona, inspirada en la escritora Juana Manuela Gorriti, le enseñara a cuidar de la casa y a cocinar a tu abuela mediante su gigantesca enciclopedia de recetas y consejos para el buen comando del hogar en los años ´40 y ´50; o que tu mamá aprendiera de ella a través de la pantalla chica en programas de los ´60 como Buenas tardes, mucho gusto que al pollo había que sacarle las plumas antes de meterlo al horno; mucho antes de que la televisión creara canales completos dedicados a los supuestos intereses primarios de las mujeres, como Elgourmet.com, Utilísima, Casa Club o Cosmopolitan, entre otros, ya se habían publicado miles de libros que explicaban cómo y cuándo realizar las tareas propias de la casa con eficacia.
Se trataba de verdaderos manuales de urbanidad, reeditados una y otra vez con variantes y adaptaciones. Durante el siglo XIX y XX en la biblioteca de cualquier señorita en edad de merecer no podían faltar el Manual del ama de casa (1821), de Madame Pariset; La perfecta esposa (1826), de Madame Gacon-Dufour; La joven ama de casa (1836) y La joven propietaria (1838), ambos de la experta Alida de Sauvignacel; el Nuevo manual completo del ama de casa (1913) de la eminente Ambroise Cernat o la increíble Guía de la buena esposa publicado en España en1953.
Estos manuales eran las grandes guías que compendiaban los miles de pequeños pero imprescindibles actos cotidianos que debían llevar a cabo las mujeres dentro de sus hogares, impuestos por la tradición de la vida doméstica. Esta pesada y laboriosa herencia de siglos anteriores era transmitida, como hoy, de forma oral y por el siempre expeditivo método de la práctica entre las mujeres de la misma familia de generación en generación.
Al tomar forma de libro, de manual, estas tradiciones se institucionalizaron y con ellas, la idea de la mujer como dueña y señora del hogar, como “ama de casa”, único lugar en el que las mujeres podían encontrar y alcanzar el cielo de las escobas.
La felicidad de una mujer, hasta no hace tanto tiempo, pasaba, debía pasar, exclusivamente por mantener la casa limpia, la comida caliente, los hijos sanos y el marido bien atendido. Puesto que la casa simbolizaba una realidad moral, social y política, el hogar debía ser el puerto adonde el fatigado esposo podía llegar a refugiarse y descansar de la hostilidad del mundo.
Así, el interior implicaba seguridad y familia mientras que el exterior significaba extrañeza y peligro. Un mundo lleno de aventuras, perplejidades y sorpresas que las mujeres sólo podían entrever a través de los entreabiertos visillos, en las rigurosas salidas de visita o la regular concurrencia a la iglesia.
En lo máximo de la idealización doméstica, la esposa debía ser como “un hada que ofreciera siempre encanto y soluciones”, o como “un maquinista de la Opera ha de presidirlo todo sin que se la vea actuar”. O sea, la mujer debía ser alguien eficaz, irreal, invisible, mágico, dispuesto y preferiblemente mudo. Como un fantasma con rodete.
Durante la primera mitad del siglo, cuando las mujeres de la clase media comenzaron a salir de la casa paterna no para ir derechitas y de estricto vestido blanco al altar sino a una escuela o la universidad, a un trabajo de escritorio, a una fábrica o a un hospital, los hombres hicieron gran escándalo pero terminaron aceptándolo. Pero no se resignaron a perder los privilegios de ser el centro de atención de la casa, de la mesa y de la cama y no permitieron que las mujeres descuidaran sus “naturales obligaciones”, sin importar lo cansadas que estuvieran y sin agradecer demasiado el aporte en dinero que el trabajo fuera de la casa significaba para la economía y el bienestar general del hogar.
De hecho, hasta hace muy poco las múltiples tareas que de las mujeres ejecutaban en la casa, desde la limpieza a la cocina pasando por supervisar la salud, las tareas escolares y los juegos de los hijos no se consideraban un trabajo sino una obligación del género.
Y a cualquier díscola esposa que tuviera arrebatos de independencia, que se formulara preguntas físicas o metafísicas entre ollas y bordados, o que despuntara pretensiones artísticas, bajo amenaza de descrédito social, se la obligaba a bajar la cabeza, a enterrarse en la lectura del Manual del ama de casa, a cancelar sus sueños personales y a seguir pasándole el plumero al piano.
Y si no, mirá las increíbles instrucciones de esta Guía de la buena esposa publicado en España en1953, en pleno franquismo.
Patricia Rodón