Muerte a las ojotas

MDZ Cool y una personal -y nefasta- opinión sobre la irrupción de este tipo de calzado, que es violenta y rapidísima conforme se acercan los días calurosos. ¿Es válido para todo lugar y para toda ocasión? ¿Es unisex? ¿Cuándo es ridículo? ¿Es perjudicial para la salud? En la nota, todo esto, y mucho más.

Chancletas de todos los colores aparecen en el verano menduco.
Chancletas de todos los colores aparecen en el verano menduco.

Detesto a las ojotas.

Son antiestéticas, ordinarias, exageradas, impúdicas e incómodas.

Se afianza la primavera. Aparecen los primeros calores… y súbitamente se multiplica en las calles, como las cucarachas, ese inconcebible calzado que me genera un efecto semejante al que una cruz o una ristra de ajos causaría sobre un vampiro.

A raíz de este estrepitoso brote “chancleteril” que ya comienzo a notar a mi alrededor con una fuerza que año a año se afianza, me doy cuenta de que alguien debe tomar coraje y decir, de una vez, todo lo que se merece este singular accesorio.

¿De dónde viene? ¿Por qué su explosión?

La ojota es un tipo de sandalia hecha de una suela que se sostiene al pie por medio de una tira en forma de V, que separa el dedo gordo de los dedos restantes. Se presume que este tipo de calzado tiene su origen en las sandalias usadas en el Japón. En el antiguo Egipto se utilizó un tipo de calzado similar, elaborado con tiras de papiro trenzado.

A fines de los años noventa hubo un fuerte resurgimiento de las ojotas como calzado de moda, y actualmente, son elaboradas por distintas marcas y con diversos materiales (desde plástico hasta cuero de alta calidad). Forman parte de la indumentaria usual y se ha extendido su uso en universidades, escuelas, oficinas e incluso actos públicos.

El ingreso de las ojotas en el mundo de la moda ha generado algunos debates sobre hasta qué punto estas sandalias resultan apropiadas a la vestimenta formal o semiformal. Desde cierto punto de vista, reflejan una tendencia de rebeldía consistente en "romper" con esquemas o convencionalismos: por su propia naturaleza, las ojotas suelen llamar mucho la atención cuando combinan con ropa de vestir, lo que concuerda con una tendencia en la moda de revelar elementos que no encajen en el conjunto final.

Un espanto

Realmente… ¿Las mujeres no se dan cuenta que esos pseudo calzados atentan contra su belleza? Definitivamente las afean, las obligan a arrastrar los pies, chancletean, se salen en todo momento y hacen que cualquier dama por más linda que sea, pierda su parte femenina y camine como un futbolista.

Continuando con esta catarsis, tengo que decir que hay algo mucho pero mucho peor que las ojotas femeninas… y son las ojotas en los hombres.

Hace casi un mes, promediando septiembre, voy a comer con amigas al sushi de moda y veo un tipo de unos treinta años bajándose de una camioneta impresionante que tranquilamente sobrepasa los 200 mil pesos, vestido con una camisita con la marca del pingüinito, jean copado, iPhone 4, tablet en mano… ¡y de ojotas!

Recuerdo estar sentado en la facultad en los últimos meses del año y no poder concentrarme en la exposición del profe o en lo que decía la filmina porque el vientito caliente del ventilador de techo me traía la mezcla de olor a pata mezclado al aroma a goma sudada proveniente de alguno de mis compañeros. O distraerme por la imagen imposible de esquivar de los que jugueteaban con la ojota usando el dedo gordo como gancho. Horror.

La justificación tanto para los varones como para las chicas es la comodidad, pero sinceramente pienso que con una tira de algo –generalmente plástico duro- metida entre el dedo gordo y el siguiente, uno no está demasiado cómodo. Además, lo he averiguado: los médicos la desaconsejan.

No me parece mal que la gente, en nombre de la idolatrada comodidad o de lo que fuere, use ojotas dentro de su casa o, por supuesto, en la playa o la pileta.

El inconveniente mayor me surge cuando en las calles, micros, lugares de trabajo de la Mendoza calurosa (¡Hello! ¡No hay playa!) soy testigo estupefacto de personas que deciden adoptar outfits como si fueran cariocas, portorriqueños, reñaquenses o marplatenses.

Estoy seguro de que cualquier persona tiene la capacidad de ver la diferencia que hay entre la arena y la mugre. Y si alguien no sabe cómo hacerlo, lo invito a que mire atentamente los talones de aquel o aquella que camina con ojotas a medida que éstos se levantan del suelo y asoman sus visibles superficies, por turnos regulares, para dar el siguiente paso.

Porque esa asquerosa negritud producto del contacto del pie con puchos apagados viejos, caca canina, agua de acequia, etc. debería generar un inmediato pavor y la decisión de proscribir para siempre las ojotas en la calle.

Dos cosas más: la ojota no sólo es terrorífica por su animal sistema de agarre, que produce la ilusión de que el pie es en realidad una especie de mano (los zapatos se llevan puestos, en cambio las ojotas se llevan agarradas), sino, además, por el sonoro ruido a chancleteo que producen sus suelas al repercutir contra los talones.

Sabiendo todo esto… ¿qué ser pensante decidiría continuar con este nefasto hábito de transitar algo tan importante como la vida, en ojotas?

Federico Croce en Twitter: @FedericoCroce