¿Qué clase de amigo soy?

El columnista invitado, el licenciado Miguel Rodríguez, hace un repaso sobre el significado de la amistad y todo lo que ésta exige de nuestra parte. Rodríguez ha realizado cursos de postgrado en Administración de RRHH en la UNCuyo y de Orientador Familiar en la Fundación Cimientos.

Foto: Gentileza
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Ante el interrogante del título de esta nota, le propongo que repasemos qué es lo que entendemos por amistad.

La amistad (del latín amicus: amigo, que deriva de amore: amar) es una relación afectiva entre dos o más personas. La verdadera y profunda amistad es una de las relaciones interpersonales más maravillosas que la mayoría de las personas pueden tener en la vida. La verdadera amistad nace cuando las personas encuentran inquietudes y valores comunes.

Los sabios y poetas de todos los tiempos han exaltado siempre la amistad. Además del amor, el ser humano necesita la amistad. Para los filósofos griegos, expresa virtud es un regalo de los dioses. Aristóteles menciona tres tipos de amistad: por interés, por placer y por el bien; pero sólo la que surge del bien merece llamarse amistad.

La amistad se demuestra en la preocupación por el amigo, interesándose por su bienestar, por sus problemas y logros. Por esto procura reunirse, comunicarse o convivir con él. La amistad se da en distintas etapas de la vida y en diferentes grados de importancia y trascendencia. Un amigo es el que está en todo momento, el que te levanta cuando estás caído, el que, ante la turbación, está presente y que está dispuesto aún en el dolor.

Cicerón decía: "Sólo en el peligro se conoce al verdadero amigo. Cuando expresamos el dicho de que "a los verdaderos amigos se los cuenta con los dedos de una mano", estamos siendo certeros o puede no ser una limitante y yo estar por encima de esto. ¿ De qué depende?

La vida nos pide a gritos amigos y curiosamente no siempre los cultivamos o cuidamos como es debido. Nos quejamos a veces de nuestra soledad, de la falta de verdaderos y auténticos amigos, pero ¿cuánto hacemos para cultivarlos y cuánto estamos dispuestos a dar con el corazón, siendo honestos con nosotros y con el otro, para que ese encuentro se de y se mantenga en el tiempo?

La AMISTAD (con mayúsculas) no es un café a las perdidas en un bar o un asado impersonal de muchos. La amistad no es la comida de “colegas” que se mienten con grandes risotadas. La amistad no es un “como si” te quiero, te respeto o te valoro. La amistad no es un encuentro social pantagruélico. La amistad es algo que merece mucho más respeto.

La amistad exige un encuentro franco y afectuoso. Es un encuentro émpatico, desde el corazón. Es la alegría de encontrarse, verse y de escucharse. Es la necesidad de saberse querido y necesitado por el otro. Es ese otro que busco y que me busca, para compartir la vida con afecto y respeto.

La amistad es algo profundo y sentido que puede hacer brillar los grandes momentos de alegría y volverlos plenos, dichosos y hasta sublimes, al compartirlos con ese amigo que queremos y nos quiere. Y también es eso que permite sobrevivir y sostener a las grandes hecatombes que la vida nos presenta cuando, a pesar de todo, el amigo está.

A veces está en ese abrazo sentido o en la palabra cálida y justa, que tanto hace por el bien de nuestras almas. A veces es un correo a la distancia o "conectarse" por el ciber espacio. A veces es el silencio, pero con la seguridad de la presencia del otro. A veces es saber deponer actitudes que hacen doler.

Por eso cuando me olvido de todo esto y me descubro reclamando al amigo, me pregunto: ¿Qué clase de amigo soy yo ?, porque si no soy ese que busca el encuentro, que se preocupa e interesa por el otro, no puedo ser tampoco ese que lo reclama o lo recrimina en su interior.

Si sabemos que tener un amigo es como tener una piedra preciosa en nuestras manos, si sabemos que tener un amigo es sentir que el universo me resulta chico para gritar mi alegría, si sabemos que es un alimento invalorable para el alma, si sabemos …..¡ sí lo sabemos! , ¿por qué no actuamos en consecuencia?, ¿qué es lo que nos impide hacerlo?

Por eso les propongo que rompamos con el mito de que "los amigos se cuentan con los dedos de una mano" y  más allá de la falta que tenemos, busquemos en esta época de reencuentros y espíritu renovado, a ese nuestro amigo y mirándolo a los ojos, lo abracemos y le digamos con fuerza, perdón, perdón por mis ausencias… no me abandones, quiero ser tu amigo.