Historias de vida sobre las calles desnudas

Son nuestros vendedores callejeros, los dueños de la intemperie, los superhéroes del carpe-diem, los que supimos conseguir. Cada uno carga con una familia que alimentar y con una historia que contar. Aquí, te dejamos algunas sobre el mundo que se viven sobre la infinita General Paz.

Foto: Ulises Naranjo / MDZ.
Foto: Ulises Naranjo / MDZ.

Juan Calderón se crió en la General Paz. Hace una docena de años, cuando tenía nueve. Ya saben: su madre no tenía dónde dejarlo y empezó a traerlo al salir de la escuela.

Lo repetimos: no tenía dónde dejarlo y, bueno, lo dejó en la calle, con ella, al borde de la acequia, al pie del árbol, donde Juan fue creciendo.

Así es: como el árbol o el centro, el niño fue creciendo y aprendiendo los códigos de la calle, la lentitud de las horas, la amistad de los ambulantes, la frescura de la sombra en el verano, el amor del sol en los inviernos y las estrategias de seducción para la venta.

Juan ahora tiene 22 años y charlamos en la esquina de España y General Paz.

La vida no es fácil a veces y uno piensa que es mejor ni hablar, pero no: él tiene ganas de hablar de lo peor de la vida: 

- Yo me crié acá. Mi mamá se me murió acá, al lado del árbol. Le dio un ataque a los 41 años y se murió. Perdí el puesto. Ahora vendo café. Por lo menos…

El pibe, en efecto, tiene café caliente y unos estupendos ojos verdes o tal vez azules o algo así, pero no son negros ni marrones, porque de esos la General Paz está llena. Como sea, la tristeza es grande y no hay color que la cambie. Se queda callado y, después de cuatro infinitos segundos de parálisis (en los que debe haber recibido una caricia de su madre), Juan Calderón se va en silencio.

Lo mira irse, desde su correspondiente silencio, María Helena, la gran madre de las veredas, experta en esto de escuchar a vendedores callejeros en problemas. Y ya se sabe: quienes mejor escuchan son los que mejor callan.

Mírenla qué guapa: ahí, justo en la esquina de España y General Paz, la doña tiene su tingladito de ilusiones y unas manos tan tibias como la leche de dios.

Algo llama la atención en su puesto y en otros: tienen bombachas y calzoncillo para gente normal, con culos normales, no de Barbie ni de Ken.

María Helena es boliviana, tiene tres hijos y, hace demasiados años ya, se casó con un argentino. Desde hace quince años, se sienta a vender sus cosas en el General Paz. Y ya lo hacía antes, más en el centro de la Ciudad. Por aquellos años, los callejeros fueron corridos hacia las “afueras” del microcentro y desembarcaron en al General Paz, una calle que ahora ha cobrado interés, pero que hace quince años atrás no le interesaba a nadie.

“A mí me agarraron de los pelos y me arrastraron por el piso hace unos años, cuando vinieron a sacarnos. Me sacaron todo lo que tenía y no me lo devolvieron nunca. Ahora nos quieren llevar más lejos todavía”, suelta la boliviana y sorbe un yerbiado que niega todos los inviernos de su vida. La dejamos con la caricia del humo que abandona su vasito blanco.

María Herbozo ha sido siempre presa de la necesidad. Esta guapa y dura madre que es la necesidad, la acercó a la venta callejera y, también por necesidad, debió meterse a integrar el grupito que maneja los hilos de la Agrupación de Vendedores Ambulantes de Capital.

Secretaria, la nombraron a María, como si hubiera lugares donde guardar secretos cuando tu ámbito de desarrollo es la desnudez que propone la calle misma.

Como sea, la mujer hace y muy bien su trabajo. De hecho, es la encargada de dar explicaciones a los medios y se maneja, respecto del rol de la comuna capitalina, con una discreción y una mesura que ya querría más de uno.

“Para nosotros, toda esta lucha es muy importante. Va el pan de la familia de mucha gente en las acciones que llevamos a cabo. Y no nos vamos a ir hasta que haya lugar para todos”, nos explica, solidaria.

María Herbozo tiene un sueño: que sus hijos puedan estudiar y recibirse de algo, porque ella jamás pudo hacerlo. “Ahora mi hija mayor está estudiando para licenciada… Va a ser Licenciada en Enfermería”, nos explica. Y nos explica también que ellos, a diferencia de los negocios de los persas, venden ‘chiquillaje’: “Mire lo que vendemos: medias, guantes, gorritos, bombachas y calzoncillos… Adentro venden cosas más grandes”.

La dejamos con sus asuntos. Doblamos la esquina por España y, acomodando relojes de formas curiosas, nos encontramos con la hermosa sonrisa de Ibrahima Dieng, el senegalés que dejó su continente y ahora mira sus días desde el pie mismo del Aconcagua.

Mientras un mozo recoge algún par de pedidos de almuerzo que se ocupa de traer hasta los puestos –hoy hay estofado de albóndigas a $12– Ibrahima cuenta en buen castellano que tiene esposa e hijo.

Bien ha de saber el muchacho, aunque no lo explicite, que –por esos vericuetos del derecho adquirido y hasta por el color de su piel, seguramente– le está vedado vender en la ahora “centralísima” calle General Paz.

Por eso, él y los otros ‘senegales-mendocinos’ se ubican en España, en Godoy Cruz o en 9 de Julio y no desde ahora, sino desde hace varios años ya. Si en verdad se producen los traslados a los persas que se abrirán, está claro que para muchos (sí, muchos) callejeros que no están sobre la General Paz, habrá problemas.

Un vendedor le hace chistes a Ibrahima y el supuesto tamaño de su virilidad. El calla; no quiere saber nada: “Yo tengo mujer y un hijo”, señala por todo concepto y nos muestra sus papeles, como si fuéramos inspectores o policías.

Intentamos comprar algo, pero está claro que tenemos la cabeza en otra cosa.

Entonces, nos vamos calle arriba con la impresión inequívoca de que cada calle del mundo es infinita, porque en ellas se desenreda la vida, hermosa como los ojos de Juan, tibia como las manos de María Helena, solidaria como María Herbozo y exacta como la sonrisa de Ibrahima.

Son nuestros vendedores callejeros, los dueños de la intemperie, los superhéroes del carpe-diem, los que supimos conseguir.

¿Me vas a venir con la cantinela de que nadie cuenta tu historia, a pesar de que vos pagás todos tus impuestos? Excelente ejemplo social el tuyo, pero pésima manera de empezar a desnudar los escotes de tu pasado. Volvé la semana que viene.