Alguna vez escuché decir al filósofo argentino Santiago Kovadloff algo así como que un hombre es el modo en el que puede relacionarse con sus problemas. No importaría si el problema es de vida o muerte sino que lo relevante sería el cómo puedo/quiero/deseo resolverlo o no.
El primer día en Europa, luego de haber-nos paseado la mitad de Madrid en apenas las cinco horas que gozamos de tránsito hacia Barcelona, nos iniciamos en una secuencia interesante de inconvenientes que por exceder los trastornos de la vida cotidiana requirieron de nosotros algo con lo que yo ampliaría aquella definición antropológica: suerte.
En el aeropuerto de Barcelona debíamos retirar el excedente de equipaje por el lugar donde usualmente se retiran los bolsos y valijas despachados. Además de resultar una continuidad insoportable de alfombras sin un solo cartel de referencia los pasillos parecían conducirnos hacia alguna parte que sospechábamos de antemano era el espacio en donde hallaríamos lo que buscábamos.
Llegamos, y no encontramos lo que esperábamos. La tira dejó de moverse. Las valijas dejaron de aparecer. Nosotros sólo con el equipaje de mano no contábamos con nuestras pertenencias. En Mendoza habíamos despachado el equipo pesado, quiero decir, no estaba “cleta” ni el equipo de montaña –cuerdas, grampones, tornillos, estacas, zapatos de trekking, botas dobles, carpa, bolsa de dormir, etc.-.
Nos acercamos a la zona de equipajes perdidos. Entre tanto la puerta de salida nos mostraba la expectativa en las caras de Karma y Chicho quienes nos acercarían al albergue y guardarían parte del equipo pesado hasta encontrarnos en Chamonix, Francia, para el ascenso al Mont Blanc. Mi compañero de viaje y guía de montaña, Ignacio Lucero, alcanzó a ponerlos al tanto del entre tiempo antes de que se cerraran las puertas. Llegados a la zona de equipajes reparamos en que habíamos perdido los tickets para retirarlos.
Contábamos apenas con el comprobante de pago por el exceso de kilos en el equipaje. De ninguna manera existían posibilidades de reclamar algo. Más que decir cuánto pesaba cada bolso, de qué color, qué contenía… pero eso no alcanzaría para que la última línea aérea por la que habíamos viajado de Madrid a Barcelona hiciese el seguimiento desde el primer vuelo del Plumerillo en Mendoza al Mérito Benítez de Santiago de Chile. Muy amablemente nos sugirieron dirigirnos hacia la zona de “equipaje de riesgo” y de no encontrar nuestras pertenencias allí intentar hacer el reclamo.
No encontrar los equipajes suponía replantear el viaje. Una posibilidad sería la de abortar el viaje. Otra invertir la mitad del presupuesto en comprar el equipo –al menos el de montaña y decididamente hacer el recorrido en tren-, todo lo cual suponía alterar el cronograma de viaje, el itinerario y los alojamientos además de reducirlo al menos a 20 días. Casi corriendo como si alguien pudiese llevarse a la ligera y por azar algunas de nuestras pertenencias de más de 33 kg. nos definíamos como mujer, como varón, en ese entramado que juntos tejíamos para ya no resolver el problema sino más bien inventariarnos. Quiero decir saber lo que tenemos para saber lo que nos falta e inventar lo que esperamos.
Llegados al final del salón. Nos topamos con los equipos. Entonces supimos que teníamos lo que queríamos, que suerte no es lo que nos falta y que improvisamos todo lo que puede un hombre, todo lo que puede una mujer, cuando de esperar se trata.