"La medida soy yo"

Foto: Mariana Alvarado.
Foto: Mariana Alvarado.

Cuando nos iniciamos en la planificación de este viaje, cuatro meses atrás, lo primero que hicimos fue abrir un mapa y hacer un listado de ciudades, sin mayor detalle. Entre ellas contaban Madrid, Barcelona, Manresa, Solsona, Vic, Girona, Figueres, Cadaques y Portligart en España y continuaba con algunas ciudades francesas como Canet Plage, Narbonne, Béziers, Montpellier, Lyon hasta Cahmonix..

Al armar las rutas con la ayuda de Google maps y un GPS Garmin supimos de distancias, tiempos y velocidades. Luego, los hospedajes. En Barcelona, Manresa y Girona contratamos desde Mendoza y por Internet albergues de la cadena Hosteling Internacional.  En Solsona y Vic nos alojarían Michel y Carme.

Nuestro primer itinerario en bicicleta fue una prueba que nos llevo desde Barcelona hasta Moller, de allí hasta Berberá de Valles y luego de vuelta a Barcelona. El primer día en Europa hicimos 50 km por ruta sin carga y con el inconveniente de pasarnos dos pueblos de aquel al que queríamos llegar y de que el GPS no reconociese el pueblo al que nos destinábamos. De alguna manera ese itinerario ya nos advertía sobre algunas dificultades que podrían repetirse. La salida de Barcelona a Manresa fue por ruta también. Nos llevó 60 km y el Cerro Monserrat coloreó el camino. Manresa “es hacia arriba” como la mayoría de los pueblitos de la zona. La Residencia del Carme está ubicada lo más arriba que podía edificarse y para alcanzarla debí bajar de cleta y empujarla con mucha fuerza para recorrer la milimétrica callecita que en ella desemboca. El Albergue es de una enormidad extraordinaria con instalaciones nuevas pensadas para alumnos y profesores que estudian y enseñan en el lugar.

Entre Manresa y Solsona nos separaban 50 km. También por ruta. Pero esta vez la nacional 150 nos jugó una mala pasada. Hubo un nudo que unía todas las rutas de la zona y las conducía hacia la autopista. De acuerdo al GPS debíamos recorrer 500m hasta la salida más cercana para empalmar en una derivación. Es que cleta no es una bici de carrera. Se trata de una montain bike GT Avalanche que pesa el doble de una de carrera a la que le hemos sumado unos 17 kg. Podríamos hacer montaña pero con el peso que llevamos no podemos más que tomar caminos de tierra alternativos. Podríamos hacer ruta con una de carrera, pero no la tenemos y en tal caso no podríamos llevar peso. Así es que contamos con bicicletas de montaña cargadas y, ahora, por autopista. Intentamos acelerar lo máximo que pudimos. Llevábamos casi 4 horas ininterrumpidas de pedaleada entre subidas interminables en las que la velocidad estimada era de 8km/h y bajadas en las que la velocidad máxima fue de 44km/h. No era mucho lo que podíamos esforzarnos. Apenas unos metros y escuchamos la sirena. La patrulla se detuvo justo tras nuestro. ¿Correr? Imposible. Ignacio se acerca a la patrulla y explica el caso: estamos en bicicleta en un lugar en el que no hay caminos alternativos y la única salida está a 350 m. Pues bien, debimos salir de la autopista, caminar con la bicicleta del otro lado del guardaray. Bueno, fue apenas unos metros porque cuando se vino el abismo debimos elegir entre morir atropellados o ser lanzados al vacío. Y aún así, no morimos. Llegados a Solsona, Miquel nos alojó en su casa dos noches. En nuestro día de descanso decidimos subir el Pedraforca después de la tentación del Monserrat el hecho de no tener equipo ya no era justificación.

Al día siguiente nos dirigimos hacia Vic. Recorrimos 100km en un día. Llegamos a las 23.45 a casa de Carme. En el trayecto estuvimos detenidos durante dos horas en el medio de uno de los caminos alternativos sobre el que estaban construyendo puentes que unirán autopistas. Desde las 18 hasta las 20 debíamos esperar a que a las máquinas dejaran de trabajar para poder recorrer la zona sin peligro de ser atropellados por las maquinarias en un espacio en el que el único peligro eran esas máquinas. Decidimos sortear las barreras humanas y a las 19.20 nos deslizamos por zonas sin caminos. Allí sí que montamos cerros a bicicleta. Allí sí que nos quedamos sin aliento. Esas sí que fueron horas culo. Ya en Vic, a metros de ingresar a la ciudad, la tensión atravesó mi cuerpo; se anudó en el triángulo que va desde los hombros hacia el cuello -esa zona que algunos suelen llamar giba- y no pude desatarlo sino hasta dos días después de colchón con varias horas de posición horizontal.

Llegar a Girona no presentaba mayor dificultad. Unos 60 km desde Vic ya no me inhibían. Esa mañana salimos tarde. Es que la noche anterior junto con Carme le dimos vueltas a Vic y en la plaza mayor mientras ella tomaba una orchata –batido de un fruto seco llamado chufa propia de Valencia-, Ignacio un helado y yo una cerveza –por 10 euros entre los tres- trasnochamos poniéndonos al tanto de cómo las tiendas de frutos y flores cubrían la arena de la plaza dos veces a la semana por 1000 euros al mes. La tardanza en la salida tuvo más que ver con nuestras ganas de conocer el templo romano y el castillo de la familia Montcada. Sacadas algunas fotos salimos cerca del mediodía cargando como punto de destino en el GPS la dirección del Alberg Residencia Cerverí de Girona.

Sin embargo algún error hubo. Doblamos donde no debimos. Sorteamos algún camino. No vimos una señal. Algo anduvo mal pues en cada rotonda a la que nos derivaba la ruta que tomábamos nos alejaba más y más de Girona. Anduvimos caminos de ruta, de tierra, de ripios, anduvimos no-caminos, atravesamos bosques y matorrales, y nada, no había caso. Girona siempre estaba 40km lejos. Eran las 19 hs. cuando decidimos alterar la ruta que creíamos no haber alterado. El GPS ya no tenía batería y sólo quedaba en mano el mapa. Pero claro, el mapa, no es el territorio y cuando el territorio no coincide con el mapa. Algo anda mal. Era tarde, casi a oscuras, sin anteojos y con una matorral de insectos que se nos pegaban en los brazos, las pantorrillas, la cara, los ojos. No podíamos continuar. En Arbucies divisamos un restaurant. En Grions es posible elegir escorpiones vivos para luego de cocidos comerlos, además de otras minutas. Paramos y comimos “entrepans”, es decir, sandwich. Arbucies es una ciudad que se encuentra en entre el eje transversal desde el que se hace Vic-Girona y la Autopista 7 Barcelona-Girona. Ya no eran horas de continuar. Esa noche acampamos al lado de la ruta, entre álamos, en un colchón de sus pelusas y sobre un nido de cucarachas. Claro, lo de las cucarachas lo supimos a la mañana siguiente. Una de ellas, o tal vez unas cuantas nos han acompañado hasta hoy. En cada lugar donde desarmo a cleta, de la mochila o de la alforja cae una.

Dos días tardamos en llegar a Girona y supe de mi poca tolerancia a la frustración. Algo debía cambiar. Algo, definitivamente cambió después de Vic-Girona, además de ser más de dos, digo, por las cucarachas.