Por Néstor Tkaczek (*)
Nos seduce, es una atracción casi genética y que tiene que ver con una pauta cultural. Por ahí uno lee largas listas de inventos o elementos centrales para la historia de la humanidad y rara vez se lo menciona; sin embargo está en el centro de la cocina de nuestra mente y nos ayuda a percibir el mundo de una manera particular.
¿De qué estoy hablando?, te preguntarás, ya cansado/a de tanto rodeo, hablo pues del sistema decimal.
Tenemos fascinación por el número diez y sus múltiplos; la camiseta con ese número ya nos señala en el fútbol un jugador diferente que tiene un plus ausente en los demás. Nuestras calificaciones en el sistema educativo terminan en esa cifra que condensa la excelencia. Dividimos nuestros años en décadas y estas suelen ser la base para hablar de generaciones en historia o literatura. Los cincuenta años nos parecen un momento bisagra, en algunos casos para mostrar su valor, los llamamos bodas de oro.
Nos da una especie de paroxismo, unido a las visiones apocalípticas, cuando cambiamos de siglo; aunque luego comprobamos —ya que fuimos testigos— que nada cambia haber vivido a horcajadas de dos centurias o de dos milenios.
Los centenarios son de agitación febril, nos pasa ahora, por ejemplo con el poeta español Miguel Hernández. Y uno se pregunta por qué conmemorar con tanto ahínco los cien años y no los noventa y nueve de cualquier institución, país, persona, hecho histórico, etc.; desde el punto de vista lógico no hay respuestas para esta pregunta. Y si sigo con el ejemplo del inicio del párrafo, Miguel Hernández no dejará de ser el gran poeta, o cualquier localidad valletana que celebre el centenario no cambiará de cuajo por más fanfarria de los cien años.
Es decir, la respuesta a aquella pregunta se resuelve desde lo cultural únicamente y tiene que ver con esa seducción inducida (por lo atávica) que ejerce el diez y sus múltiplos en nosotros.
Y si el centenario es doble como nos ha tocado en suerte, las ansias de festejo y recordación se multiplican. Cualquiera que haya visto la innumerable cantidad de espectáculos, ceremonias y reuniones con motivo de los doscientos años de la Revolución de Mayo estará más que satisfecho porque hubo para todos los gustos.
Y uno podría preguntarse por qué no hicimos esto el año pasado, el anterior, etc.; otra vez, la respuesta llega desde el ámbito cultural.
Ahora bien, dado el hecho, conviene preguntarse en qué medida son o no importantes estos centenarios o sus bises. Me parece que sí son significativos en la medida que llaman la atención en nuestra atribulada y vertiginosa vida, ponen un hito, son timbres que suenan para que fijemos en ellos nuestros ojos. Así, la innumerable cantidad de artículos, jornadas, ediciones, congresos y actos dedicados a Miguel Hernández nos permitirá conocer algunos aspectos recónditos de su vida y su obra; permitirá que mucha gente tome contacto por primera vez y gracias a este centenario con la escritura del poeta, si eso ocurre y de hecho está ocurriendo, está más que justificado el sonar de platillos y redoblantes por los cien años de su natalicio.
Lo mismo sucede con este bicentenario patrio. Hay en la gente un fervor que el año pasado no tenía, una complacencia en enarbolar banderas, en llevar esos colores a cada momento, en cantar con más fuerza el himno; claro, me dirás, que esto dura un otoño, es posible, y también que con esto solo no basta; pero es un granito importante para aprender a querer y valorar un poco más lo que nos rodea, nuestra cotidianeidad y así cuidarla, y así cuidarnos entre todos.
Hasta el tricentenario...
(*) El autor de la nota es Licenciado en Letras, docente, periodista del diario de Río Negro y La Mañana de Córdoba y creador del admirable sitio amanuense.blogspot.com.