Barcelona entre amigos

Foto: Mariana Alvarado.
Foto: Mariana Alvarado.

La llegada a Barcelona estuvo “de madre”. Chicho y Maria Carme nos esperaban en el aeropuerto e hicieron de taxi-flet por menos de una hora. Necesitamos dos autos para mover el equipaje –ya en Mendoza habíamos contado con la camioneta de Mariela que bien temprano levantó a su familia para despedirnos en el aeropuerto El Plumerillo-.

Llegamos al albergue como a las 19 hs. A dos cuadras de la Rambla de Canaletas,  en l´hospital 63. Conseguimos una habitación mixta compartida entre seis cuchetas por 22 euros la cama con desayuno incluido.

Organizamos para “irnos de tapas” por la noche a un bar de copas llamado Rita and Blue en la plaza de San Agustín.  Acostumbran los españoles jóvenes a socializar fuera de casa. Llegar a algún pub, pedir bebidas y comer. Muchos trozos de pan tostado untados con ajo o raspados con tomate y acompañados con sal y oliva acompañan variedad de embutidos. Lo interesante del pedido es que tanto la comida como el pago son comunitarios. Nuestra primera cena en Barcelona con tapas de entrada, plato caliente, cerveza y postre nos llevó 25 euros por cabeza.

Casi acomodados, con las bicicletas armadas  – llegaron a España desarmadas, dentro de un bolso- y aseguradas en un patio interno del albergue con el equipaje dividido -mitad Carme, mitad Chicho, mitad nosotros- nos dispusimos a acicalarnos.

Fue en el baño donde empezaron las sorpresas. En principio la luz cuenta con un interruptor automático que la mantiene encendida por algunos minutos. El inodoro con dos botones. Luego supe respondían a una disposición por la que se propone usar menor cantidad para desechos líquidos y mayor cantidad para los sólidos. ¡Y las duchas! Las duchas también están diseñadas para interrumpirse… ¡antes de terminar de enjabonarse!  ¡antes de finalizar el enjuague!... es que estas duchas acabarán por enseñarnos a bañarnos con la mitad del agua que acostumbramos a usar en Argentina.

En principio sospeché que se trataba de un sistema de ahorro de un albergue que cuenta con cinco pisos de diez habitaciones por piso con cuatro, seis y ocho camas que a la semana aloja poco menos de de 300 jóvenes, pero luego me comentaron que se trataba de normativas implementadas luego de firmar el  tratado de Quioto.

Esa noche el equipo que subiría al Mont Blanc estaba completo. Chicho llegó con Eva, también volvió  Maria Carme y se nos unió Miquel y Trini. Hablamos sobre lo que vendría, a dónde nos alojaríamos, qué llevaríamos y cómo llegaríamos. Por nuestra parte en bicicleta. Cada uno a su tiempo nos esperarían. En principio nos alojaríamos en sus casas. Con Miquel en Solsona y con Maria Carne en Vic. Luego, entre albergues y estadías breves en carpa, volveríamos a reunirnos en Chamonix, Francia.

Para el día siguiente organizamos nuestra primera escapada en bicicleta. Eva nos esperaría para almorzar con Chico en casa de sus padres.  Se trataba de unos 20 km por ruta desde Barcelona hasta Barberá de Valles.  Nos levantamos temprano. Eran las 9 am. Desayunamos capuchino con biscochos bañados en chocolate de la espectacular panadería francesa. Tardamos casi hora y media en colocar las alforjas, ponernos  guantes y cascos, leer los mapas, arreglar y cambiar cubiertas pinchadas, pedir consejos de llegada.

Salimos cerca de las 13 hs. Hicimos parte del camino por la bici-senda. Es que Barcelona está preparada para ser andada a dos ruedas. Cada carril cuenta con una senda especial y semáforos para bicicletas, peatones y autos.

13.40 estábamos en ruta. Eran las 16.40 y habíamos llegado a Moller. Algo andaba mal. Si apenas se trataban de 20 km teníamos que haber llegado al menos en una hora y pico haciendo 17 km por hora sin paradas intermedias. Al ras de la banquina recorrimos la Meridiana desde el inicio hasta el final para tomar la nacional 150. En la puerta de la escuela de policías en Moller decidimos dejar de desquiciarnos con un GPS que no reconocía a Barberá de Valles y que no atinaba a dar coordenadas pues no podíamos distinguir si en el papel  en el que habíamos escrito la noche anterior trazamos el nombre de la calle o el de la ciudad. Consultamos en una estación de servicio. Allí nadie se ponía de acuerdo. O nos habíamos pasado dos pueblos o todavía nos faltaban dos para llegar. Al parecer todos acordaron en que de dos pueblos se trataban, eran, entonces, casi 30 km de más o de menos. Llamamos por teléfono para avisar que no nos esperasen a almorzar. Una sutileza que a media tarde no venía mal. Finalmente, nos buscaron por la puerta de la escuela y en dos autos con bicicleta a cuestas volvimos 30 km a casa de Eva donde compartimos una barbacoa retrasada con sus padres, su abuela y Chicho.