"El amor se murió". ¡¡¡Patrañas!!!

Son tiempos duros para Cupido. Después de una desilusión amorosa, de una pérdida importante… o simplemente presas de un pesimismo o derrotismo crónico, muchos le firman el certificado de defunción al alado flechador. ¿Qué pasa con el amor en el mundo? ¿Ya no hay lugar para él? ¿Vos, lector, qué opinás? Entrá en la nota, dejá tu reflexión: queremos conocerla.

Foto: web
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Sí. Hablamos del amor. De esa emoción que todos tienen decididamente reverenciada, a la que las gentes consideran principio y fin de la existencia, y por la cual se entregan a una búsqueda insaciable de un absoluto terriblemente escurridizo.

Ya es hora de decirlo: el amor, el sentimiento del amor, no existe más. Se murió. Así es.

“¡Pero, cómo!”, dirán los escandalizados. “¡Qué insensatez!”, exclamarán los románticos. 

Desde que somos niños nos meten en la cabeza la idea de que ese manojo de desequilibrios fisiológicos que advertimos sobre quienes nos cautivan -física o intelectualmente- tiene el nombre de “amor”, y…

1- Que es esencial para poder tener una relación de pareja exitosa -¿Y los matrimonios por conveniencia?-;

2- Que si nunca hemos amado, entonces no hemos vivido -¿Y los curas, las monjas, las tías solteras, los que están solos y hacen lo que quieren con su plata: compran, viajan, etc?-;

3- Que los besos sin amor son como de hermanos -¿Y eso deja de ser un beso?-;

4- Que el mejor sexo, es el sexo con amor -¡Mentira!-.

¿Alguien sabe realmente lo que es el amor? ¿Alguien lo vio? ¿O es realmente una religión que tiene adeptos, seguidores, discípulos que lo sienten y creen fervientemente en su existencia (como aquellos dogmas que se aceptan sin discutirlos ni comprobarlos)?

¿No será que el entorno, las letras, la música, el cine y hasta la propia inseguridad nos han convencido (durante años de continuado refuerzo) de que tenemos que enamorarnos?



Seamos sinceros: no parece afectar mucho a las generaciones actuales la una vez revolucionaria afirmación de Nietszche –“Dios ha muerto”-. Pero imaginemos lo que pasaría si este filósofo hubiera predicado el fallecimiento del amor: nadie lo hubiese tomado en serio. Lo tendríamos por “un loquito”.

¿Por qué el amor es intocable e incuestionable? En nombre del amor se atropella, se engaña, se decepciona y hasta se asesina. La inestabilidad emocional, la pérdida de control, un persistente estado de sopor y una inhabilidad portentosa son los síntomas que invaden a todas las víctimas de esta atroz invención humana.

Imaginemos un momento los resultados que tendría para nosotros la opción de vivir sin esa creencia. Quizás muchos nos sentiríamos al principio desamparados, como en su tiempo quedaron los que dejaron de poner el destino en manos de un ser todopoderoso.

Pero pensemos intensamente, sin miedo (¡pensar es gratis!), en qué aspectos podría cambiar nuestra vida si nos arrancáramos esa falsa idolatría que sentimos hacia la entidad magnificada y reverenciada a la cual llamamos “amor”; y consideremos qué pasaría si empezáramos a buscar otras explicaciones más humanas al asombroso fenómeno de nuestros sentimientos.

En nuestras manos está tomar el control de nuestras emociones.

Bla, bla, bla

Con esa onomatopeya se resume todo lo escrito anteriormente. Una sarta de palabras. Un boceto de opiniones de amigos amargos, tristes, derrotados o simplemente “contreras” que se empecinan en que ese sentimiento rector no es tal. 

El amor mueve al mundo

Si, por supuesto. El mundo de las relaciones humanas no es lo que era antes. “Ahora ya no te casás para toda la vida, ni todos los hombres son hombres, ni todas las mujeres, damas”; diría mi abuela. A veces el ruido de la vida -que cambia, que muta-, las dificultades -que se ensanchan si les tenemos miedo- y las dudas con su punzante aguijón, ensombrecen el panorama.

Quien yo creí que me quería se cansó de mí.

Sale siempre con l@s amig@s y yo en casa… ¿Qué hará?

¿Soy mala madre, mal padre, si mis hijos me cansan?

Me levanto, voy al trabajo, al gym, a una reunión, llego, me ducho, ceno, me acuesto. ¡Uy, no vi a nadie!

La complejidad de sentires es manifiesta.

Esto va a sonar como frase de libro de autoayuda de $2,50, pero vivimos tan “al palo” que no nos damos cuenta que hay una evidente fuerza que mueve las cosas, que las sostiene, que las ordena y las pone en perspectiva.

Le pese a quien le pese, el amor es lo que mueve al mundo. Actuamos porque amamos. Si no sabemos cómo hacerlo, cómo expresarlo, o cómo asumirlo… es otra cosa.

Sin amor nada nos importaría y nada haríamos. Un amor mal entendido o mal gestado es el nacimiento de la codicia, de las ansias… un amor imperfecto es el causante de las pasiones –que pueden transformarse en verdadero amor o quedarse en lo pasajero y sucumbir-.

¿Cuál sería el fin de discutir con alguien si nada ni nadie nos importa? ¿Si no se ama la vida, porque se roba o se combate? Ni siquiera los más desorientados dejan de moverse por amor. Quizás desvirtuado y nebuloso, pero al fin amor.

Se trata de asumirlo y vivirlo. De reconocerlo y celebrarlo. De, a pesar de haberlo perdido, animarse a buscarlo nuevamente.

Alain Resnais, el cineasta que alguna vez declaró que la necesidad de creer que tienen los seres humanos le producía estupefacción, hizo -entre muchas- una gran película: L'amour à mort.  Mal traducida al castellano como “El amor ha muerto”, en realidad la traducción correcta sería “el amor a muerte”, o “el amor hasta la muerte”.

Porque justamente, es todo lo contrario a la expiración del sentimiento: además de reflexionar sobre el amor, la vida y la muerte; lo que la excelente película quiere expresar es que el amor no ha muerto, sino que lleva a quienes lo viven a tomar decisiones extremas en pos de esa emoción.

Todos tenemos que poder comer. Todos tenemos que poder gozar de la justicia. Todos tenemos derecho a trabajar. Pero por sobre todo, todos tenemos derecho a amar. Y ningún desatinado puede venir a decirnos que no, porque “pasó de moda”,y menos que menos, porque “el amor no existe más”.