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Vuelvo después de haber hecho la fila durante 7 horas para saludar a Néstor Kirchner y acompañar a CFK, el jueves 28. No fui solo: estuve acompañado por mi hija mayor, Martina, de 12 años y hermosas pecas y grandes ojos siempre curiosos. Conocimos a tanta gente distinta, tantos se emocionaban por tan distintas cosas, que ha sido, creo, uno de los más memorables legados que dejaré para ella. En un par de décadas podrá decir: yo estuve ahí.
 
Paso a paso (literalmente, porque eran algunos metros cada 10 minutos), fue una larga charla entre ambos sobre el país, el peronismo, Menem, la Alianza, las Madres, la JP. Pero no hablábamos solos: nos rodeaban Julieta, una chica de Tapiales, de hogar comunista; el Alto gordito, de San Antonio de Padua, de familia radical; el Rulos con mp3, que trabaja de telemarketer; el Mecánico jubilado de Castelar, que sólo había manifestado una sola vez, para despedir a Perón. Martina escuchaba, comparaba, aprendía.
 
Todos confluíamos solos, sin orga detrás, sin estructura, movidos por nuestros íntimos homenajes. Todos (menos Martina), con nuestras variadas edades y nuestras distintas bibliotecas a cuestas, habíamos sufrido lo anterior a 2003. Todos sabíamos o intuíamos que NK y su avalancha es una ruptura de raíz, inédita, desde 1976 hasta ahora (no solo por NK, acoto, sino porque la economía mundial y la tecnología está sufriendo un viraje de dimensiones inéditas, y allí Brasil y detrás de Brasil la Argentina, tienen mucho para ganar, y NK y compañía han sabido subirse al caballo y, aunque a veces a ciegas, siguen cabalgando). Esa actitud de plantarse, de impulsar como nadie la justicia por el terrorismo de estado (ninguneando mal lo bueno hecho por Alfonsín, es cierto, pero bajando los cuadros de Videla y Bignone, y entregando la Esma a las Madres e impulsando decenas de juicios estancados), de crear una Corte independiente, de reestructurar la deuda y pagar menos (si bien con el costo de deformar el Indec hasta el ridículo), de impulsar la producción local y el empleo (aun cuando hay un altísimo empleo en negro, los desempleados bajaron de 24% a 8%, ¡una verdadera revolución social¡), de no reprimir las protestas, de eliminar las AFJP, de aumentar 500% las jubilaciones mínimas y crear la Asignación Universal (¡otras dos verdaderas revoluciones!), de crear el Ministerio de Ciencia con un vasto presupuesto que conecta a la ciencia con la tecnología y las empresas, de financiar bien a las Universidades Nacionales...
 
También, creo, todos marchamos porque nos imantaban esa actitud rebelde, esas palabras (las palabras también alimentan): "somos hijos de Madres y Abuelas y los 30.000 desparecidos eran nuestros hermanos". Nadie, nunca, se había animado a tanto. Y para no hablar cómo enfrentó a los grandes medios (tarde, es cierto, post pelea con la Mesa de Enlace, pero enfrentamiento al fin, porque advirtió que el poder político, el Estado, era rehén de las coordinaciones empresariales y sus poderosos voceros) en sus nudos gordianos: Papel Prensa y Ley de Medios.
 
Aun así, me niego a definirme K. Porque ser K te condiciona a priori, te da una lente para verlo todo según convenga a la coyuntura, te distorsiona hasta los problemas reales, te impide plantear la forma con frecuencia autoritaria o voluntarista de plantear las soluciones, te obliga a seguir los temas y a elegir los enemigos según convenga, te hace olvidar la importancia de lo institucional para consolidar los cambios, te impide (por no ser tácticamente conveniente) señalar a los corruptos que pululan en diferentes lugares, o a los aliados impresentables que abundan en provincias y municipios.
 
Creo que 2011, ya sin NK, será un año de luchas feroces, pero que la reelección de CFK es un hecho, en especial post muerte de NK. No hay nadie, ni de lejos, que pueda disputar la hegemonía del bloque histórico que lidera el kirchnerismo: tiene cuadros capaces y atractivos, la economía mundial no para de darnos buenas noticias, maneja el Estado nacional y varias provincias y municipios clave, engarza bien con el cambio mundial y con la dirigencia brasileña (una verdadera locomotora), ofrece una gestión bastante exitosa. A todo esto, además, se sumó el mito NK, con sus logros reales a los que suma una muerte súbita y una entrega hasta el fin. Estos días recientes, insisto, equivalen a años. Por eso Joaquín Morales Solá y Rosendo Fraga están tan salvajes: se dan cuenta.