Se podría decir que la primera reacción de propios y ajenos fue la conmoción. La incertidumbre de un hecho que uno no espera y que hace replantearse algunas situaciones o acelerar algunas otras que, por el momento, no era necesario pensar.
Una las cuestiones a suponer, fue el camino que recorren los muertos de la política argentina desde la vida terrenal hacia altar de los héroes. Experiencias cercanas como la muerte de Alfonsín, hacía suponer que, con Néstor, la cosa no iba a ser diferente, y no lo fue. De golpe y porrazo el agua bendita de la partida lava todos los pecados, viste de un aura de santidad al tipo que se va. Esto, cuando son figuras públicas, toma una dimensión superior; de discurso incuestionable repetido hasta el cansancio por los medios oficialistas pero también por los enemigos de siempre que, ante la posibilidad de quedar fuera de sintonía con el publico doliente, no dudan en aportar a la construcción discursiva intocable. Ver la tapa de clarín daba entre una mezcla de risa y de asco.
Y acá aparecen algunas de las cosas no tan esperables. El fenómeno de los políticos opositores que en catarata daban sus declaraciones políticamente correctas. Y sobre el tipo que hasta ayer hipotecaba el país, destruía y entregaba su economía a los peores intereses, hoy tenían para decir frases épicas como: “Fue el hombre que le devolvió la pasión a la política, el que dio su vida por sus ideales, el devolvió la militancia a la gente” y cosas por el estilo…
Porque se esperaba y, era lo más lógico de esperar, que la militancia kirchnerista apuntalara y profundizara el discurso y le diera ese tono épico y heroico tan necesario para estos casos, pero realmente uno se pregunta si lo de los opositores (y acá se abre un paréntesis: lo sorprendente fue los opositores que se paraban en la vereda de en frente pero por izquierda, algunos de los cuales se habían cruzado de vereda después de un largo proceso y una experiencia que uno pensaba, hasta el miércoles, que era sincera y reflexiva). Con esta actitud, cabe preguntarse, si los opositores nos mentían antes o nos mienten ahora por puro oportunismo.
Y acá se vuelve sobre una de las ideas que se escuchó repetida hasta el cansancio.Nestor Kichner le devolvió la militancia a la Argentina, le devolvió la política la gente.
Según este argumento, la política argentina, protagonizada por el pueblo, existe hoy gracias a Néstor, y si se quiere un poquito a Cristina. Según esta teorización después del 2001, la gente no creía en nada ni participaba en nada y con el programa de gobierno de Néstor y la agenda política planteada por su gobierno la gente empieza a politizarse y a participar.
Y da la sensación que acá, como en muchos otros casos de la gestión K, el discurso y el balance maniqueo de la historia termina pesando más que los hechos y la misma realidad. Balance que es central para entender el discurso actual: Qué fue y cuáles fueron las causas y consecuencias de la crisis del 2001. Ese es el nudo del discurso oficial. Según su relato lo central de aquellos días fue una crisis económica fulminante a la que fuimos llevados como corderos por las políticas de los 90 (de las que mágicamente el núcleo gobernante se desprende como si no hubieses existido ni aportado a esa destrucción), y de esa crisis salimos gracias a la política económica de Néstor, también disfrazando la continuidad de lo iniciado por Duhalde y Lavagna, como ruptura.
Y hasta acá es todo muy bonito, pero a este cuento le falta un actor. Y es el pueblo. El pueblo que fue la otra cara de la moneda de esa crisis. Que fue el que durante los ‘90 luchó contra el menemismo y las privatizaciones que Néstor y Cristina no solo avalaron sino que ayudaron a concretar. El mismo pueblo que creo los movimientos piqueteros que obligaron al gobierno de Duhalde, a fuerza de cortes de ruta, crear los planes de trabajo; el mismo que con las movilizaciones y organizaciones populares levantaron los comedores en los barrios para palear el hambre, el que se movilizo para echar a De La Rua y a Cavallo, el que presionó para que no se pagara más la deuda externa, el que acompaño siempre el reclamos de las madres, el que puso el cuerpo y la sangre para enfrentar la represión del 19 y 20 pero también de Kosteky y Santillán. El que creó las asambleas populares como forma de ejercer la democracia directa y los piquetes como forma de hacer efectiva esa participación, el que tomo las fábricas cuando quebraban y las puso a producir, el que creo sus propios medios de comunicación y marchó contra la ley de la dictadura; en resumen: el pueblo que en aquel 2001 se hizo protagonista de sus decisiones y tomó la política en sus manos como pocas veces lo hizo.
Pero en el discurso oficial, este actor no existe. Entonces dan vuelta la historia y las políticas argentinas no son fruto de la lucha histórica de miles y miles de argentinos que, en el “que se vayan todos”, escupían en la cara de las instituciones y demostraban que no estaban dispuestas a retroceder (como demostraron con la gran movilización popular ante el asesinato de Kosteky y Santillán que obligó a Duhalde a llamar a elecciones, o con el corte de ruta de Gualeguaychú, enfrentando las políticas de entrega mas allá de los discursos grandilocuentes), sino que aparecen luego del 2003 con la llegada de un presidente que mágicamente y de la nada implementa políticas progresistas y le devuelve la militancia a la gente.
Un presidente que se presenta como bombero de esa crisis, pero llega centralmente para apagar esos ímpetus y encauzar ese protagonismo. ¿Y como lo hace? Institucionalizando la política. Devolviendo la credibilidad a las instituciones, en los partidos tradicionales, reconstruyendo el PJ, los sindicatos, la corte suprema; absorbiendo o desarmando los movimientos sociales y de derechos humanos. Divorciando la política de la economía, disfrazando de combates épicos las luchas de poder y de negocios, reescribiendo la historia o escribiendo la actualidad con los números más convenientes.
Y sobre todo, restituyendo el tradicional (y bastante más cómodo) espacio que el sistema tiene para el pueblo, el de espectadores que aplauden o critican la política llevada a cabo por los políticos profesionales, en un intento desesperado de sacar la política de las “peligrosas” manos de la gente