Que el fútbol es negocio no es ninguna novedad. Que en la Argentina el fútbol paraliza el país tampoco, y que a aquél siempre se lo utilizó para determinados intereses políticos en democracia o en dictadura, menos. Está claro entonces, todo ello no es ninguna novedad.
Que la clase dirigente del deporte más millonario del mundo teje y entreteje alianzas con empresarios y barrabravas menos que menos. Que Grondona es ill capo hace 30 años ya lo sabemos. Como también sabemos que el Grondona de ayer es el mismo de hoy, moviéndose como un pez en el agua de acuerdo a las corrientes que fluctúan.
A Grondona lo construyeron y sostuvieron muchos de los que hoy lo critican, pero esto se termina en poco tiempo. Grondona está viejo y el recambio será inevitable, y con él, se espera, emerja una nueva generación dirigencial que piense el deporte como un espacio de inversión social y cultural, sin descuidar el negocio, pero sin excluir a nadie del mismo; con reglas democráticas al interior del campo deportivo que sopesen la inequidad entre clubes ricos y clubes pobres. Volver un poco a los orígenes del fútbol: entretenimiento, recreación saludable y fortalecimiento de identidades barriales y regionales. Al menos eso sería bueno que sucediera. Si sucede o no, se verá con el tiempo. Me entusiasma al menos la proyección.
Hoy el fútbol vive un momento bisagra, cuanto menos referido al negocio televisivo que al fin de cuentas termina afectando a los clubes y a los jugadores, pero también a las audiencias. Democratizar el acceso a las audiencias es el eje de este proceso iniciado con la televisación gratuita, no codificada. Que codifiquen el golf y el polo es una cosa, pero al fútbol, aquí, es como que te exhiban el asado en la carnicería y un tipo te cuente de qué se trata disfrutarlo; y que al final te explique que no te lo puede vender porque está reservado para algunos que pagan una cuota en la carnicería, por mes.
Son los vestigios del neoliberalismo que todavía resisten en focos poderosos, monopólicos. Y muchos de los periodistas que hoy cuestionan la medida, son reales voceros de aquellos, pa` seguir morfando porque sino les va a pasar lo que le sucedió al periodista Enrique Lacolla del diario La Voz del Interior de Córdoba, en pleno conflicto con el campo, cuando lo echaron del matutino por pensar distinto.
Demagógica o no, oportunista o no, al monopolio de la TV en el fútbol al menos alguien se le animó de una vez. Y ya no veremos la perversa imagen de la tribuna televisada. ¿Cuántos putearon por años a Supercanal o a DirecTV por tener que pagar una cuota que, sin consultarte, te la aumentaban cada tanto y, si se te ocurría sacarlo, tenías que esperar un año para que te atiendan el reclamo de suspensión del servicio?
No seamos hipócritas ahora que al fútbol lo pueden ver todos en canales de aire pues. En buena hora que millones que viven una vida complicada puedan por lo menos ver los fines de semana lo que nos gusta a los argentinos. Se les filtra el elitismo por los poros. “Lo grone se colgaban del cable se colgaban”, y los puteaban; y ahora que la medida bajará ese delito que te amenazaba en los spots, los putean indirectamente ¡Sí, a la gente sin un mango! por ser destinatarios de un servicio popular. La verdad que no los entiendo. O mejor, sí, ¡No hay poronga que les venga bien! ¿Porqué no se compran 35 puertas Pentágono?
¡Hipócritas!
¿Cuántos putearon por años a Supercanal o a DirecTV por tener que pagar una cuota que, sin consultarte, te la aumentaban cada tanto y, si se te ocurría sacarlo, tenías que esperar un año para que se ocuparan del reclamo de suspensión del servicio? El fútbol sin codificar es más democrático. Los pobres ya no van al drugstore.