Manual del perfecto grupo comando

Hay ciertas condiciones que, bien ejercidas, llevan a un grupo comando al éxito. Luego de charlar con expertos en el tema, estamos en condiciones de detallarlas, a los efectos de ilustrar a nuestros lectores sobre un complejo mal que asola las calles de Mendoza.

Los denominados “grupos comando” fuera de la ley son equipos de profesionales que se unen  para concretar un asalto de relevancia. Siempre guiados por un líder, se caracterizan esencialmente porque siguen un plan minucioso, estudiado. Tienen distintos niveles de organización, se capacitan, desarrollan conceptos logísticos y realizan tareas de inteligencia, cuestiones que, naturalmente, los diferencias de otro tipo de asaltantes.

Hay en ellos ciertas claves necesarias para su correcto funcionamiento. Deben, por ejemplo, tener un sentido de la obediencia respecto de las decisiones del “cerebro” de la banda y aprender de las artes de la discreción, la espera, la profesionalización y la efectividad, si es necesario, no exenta de sangre. Así, si los debidos pasos se cumplen, un grupo que se inicia como una modesta pyme puede terminar esculpiendo en letras de oro sus andanzas en el libro de leyendas del hampa urbano.

Algo los alienta: los grupos comando no ratean, no se detienen en chauchitas: el plan siempre supone un botín importante. Tan importante es el botín que, luego de repartido, permite a los integrantes de la banda vivir holgadamente, mientras se planea con tiempo y paciencia, un golpe futuro. Y algo más: los mejores grupos dejan parte del dinero para solventar operativamente la próxima acción.

Algo los sostiene: los más inteligentes, en estos lapsos, saben ser discretos; los menos lúcidos, muchas veces caen porque, con dinero en la mano, se comportan como boxeadores ignorantes que consiguen un título mundial.

Algo los inspira: el éxito. Cuando el grupo da golpes exitosos, se cohesiona. Cuando el grupo fracasa, aunque ningún integrante sea detenido, se abren las puertas de las traiciones. Normalmente, hay un grupo fijo y otros integrantes con roles menores que son puestos a prueba. En estos casos, los más mínimos gestos de traición o buchoneo, son pagados con la vida y luego salen en los diarios como “ajustes de cuentas”.


Decálogo de la banda perfecta


Hay ciertas condiciones que, bien ejercidas, llevan a un grupo comando al éxito. Luego de charlar con expertos en el tema, estamos en condiciones de detallarlas, a los efectos de ilustrar a nuestros lectores sobre un complejo mal que asola las calles de Mendoza: 

1) Tener un líder: el grupo comando, sin líder, es un desmadre. El líder tiene que reunir distintas condiciones. Normalmente, el líder ha estado o está ligado a alguna fuerza pública, como la policía. Asimismo, normalmente, suele ser muy importante el aporte de información por parte de integrantes de bajo rango de la fuerza pública. 

2) Desarrollar las especializaciones: cada integrante de la banda ha de cumplir una función específica y comportarse como profesional en lo suyo, por ejemplo, saber robar y conducir vehículos, conseguir uniformes policiales o poner el armamento en condiciones de uso efectivo. 

3) Poseer un equipo de comunicaciones descartable, que no pueda ser chequeado. 

4) Poseer armar de grueso calibre en perfectas condiciones, tantas como sea posible a los efectos de tener equipos de reemplazo. 

5) Desarrollar redes de contacto y de conocimiento de territorio a los efectos de dar el golpe en el lugar y en el momento indicado. 

6) Dice un policía retirado: “Siempre hay gente conocida en los grupos comando. Conocida por su actividad delictiva anterior y hasta por su influencia social, ya que necesariamente estos grupos agregan a su lista siempre a uno o dos profesionales de las leyes para que los asesoren y, en caso de que todo salga mal, los ayuden a liberarse de la mejor manera de la justicia”. 

7) Otro consejo del policía: “La lealtad es básica, tanto como la idea de autoridad, los roles determinados y el dinero para los gastos operativos previos al golpe”. 

8) Nunca un grupo comando da un asalto sin un minucioso trabajo previo y sin información fidedigna de las rutinas del sitio de asalto y los peligros ineludibles y los posibles, incluso a nivel jurídico. A esto se lo llama desarrollo de la “inteligencia”.  En este punto, el factor “uso del tiempo” es esencial. 

9) Un buen grupo comando, siempre, evitará cualquier tipo de daño “colateral”. Jamás buscará herir o matar civiles, aunque tampoco dudará en usar sus armas ante la menor amenaza de resistencia. 

10)  Es fundamental la vinculación profunda con otros grupos comando de otras provincias, que son quienes prestan apoyo en la logística, cuando se va cometer un gran atraco. En este sentido, son conocidas en el ambiente las alianzas históricas de bandas entre las provincias de Buenos Aires con San Luis y Mendoza con Córdoba.


Ronin


Habitualmente, el escritor de Dublin Oscar Wilde buscaba impresionar a sus seguidores apelando a frases contundentes. Una de ellas, asume el carácter definitivo que exigen las sentencias para ser tales: “La realidad imita al arte”. Esta vez, estamos en condiciones de decir que Wilde estaba equivocado. En el mundo de la acción y la sangre verdaderas, algo debe quedar en claro: el arte de las novelas y las películas policiales nace por imitación de la realidad.

Al respecto del arte, hay una maravillosa película, que, como pocas, muestra las condiciones de un líder. Se llama “Ronin” y fue escrita por el gran David Mamet y protagonizada por Robert de Niro. En ella, nos enteramos de que el ronin (“hombre ola”) era, en el antigüo Japón, un samurai a la deriva, un guerrero sin dueño, errante y vagabundo como una ola de mar.

Al mismo tiempo, se traza un paralelo con un verdadero líder, aquel que, por caso, conduce una banda organizada, un grupo comando. La única manera de liderar es ser un guerrero sin dueño, un ronin. De esto se deduce que el éxito de una banda depende tanto de la fortaleza del grupo como de la sabia soledad de su líder.

Ahora mismo, amigos, un líder de grupo comando camina por las calles de Mendoza con la honda mirada perdida. Parece mirar vidrieras pero no, no nos engañemos: está planeando su próximo golpe, mientras disfruta de una nevizca que, en su provincia, no se consigue.