El Acto Central, un show limitado y olvidable

Fue una fiesta simple y acotada. En una apuesta completamente coreográfica, el director Alejandro Conte eligió correr todos los riesgos con la ejecución de la música en vivo, pero desechó  los dramáticos, escénicos y literarios.

Con una historia lineal, fácilmente comprensible, el espectáculo del Acto Central se concentró en desarrollar las grandes, y al parecer, insoslayables líneas temáticas que se abordan todos los años. Es cierto que no hay que esperar originalidad argumental en una Fiesta de la Vendimia porque escasamente es posible encontrar algunos ingredientes que pueden ser calificados como innovadores. Pero sí es lícito anhelar una puesta que deje algún tipo de placer estético. Esto sólo se cumplió en el caso de la estupenda interpretación de la música en vivo.

Aunque la propuesta de Alejandro Conte se basó en el despliegue coreográfico, como lo han hecho siempre los directores del Acto Central, la suya fue muy contundente en este aspecto. Los casi 700 bailarines no sólo bailaron con discreción sino que lograron ocupar los cinco niveles del escenario central –desechando los cerros- con acierto gracias al trabajo de las responsables de la dirección coreográfica.

En este punto hay que destacar la original idea de bailar un tango sobre el agua de la pileta central y la bellísima ejecución de los intérpretes. Otra innovación, tanto estética como política fue incorporar a la colectividad sirio libanesa en la escena de los inmigrantes para que ofrecieran una de sus danzas folclóricas.

La ejecución de la música en vivo fue el gran riesgo que tomó Conte para su primera Fiesta de la Vendimia como director. Y salió airoso. La labor de los músicos y cantantes fue simplemente impecable. Los temas compuestos para este espectáculo por Claudio Brachetta y Roberto Tristán se lucieron con la ejecución del talentoso grupo de músicos convocados para la ocasión y la destreza del equipo técnico hizo posible que cada nota se escuchara perfectamente en todo el teatro griego. La música en vivo logró que el espectáculo ganara en “humanidad” frente a la tradicional “torta” grabada en un estudio.

Sin embargo, la sobreactuación de Rafael Rodríguez en la lectura del magro texto que sirvió de guión de la fiesta, alcanzó cotas rayanas en lo ridículo. ¿Por qué los actores no pueden simplemente leer un texto sin pretender ponerle más sentidos del que tiene?

Uno de los pocos puntos altos de la fiesta fue la sorpresiva aparición de Mercedes Sosa, quien, desde el centro del escenario brindó un homenaje  a Tito Francia, al interpretar la “Zamba de los adioses” compuesta por el celebrado músico y el poeta Armando Tejada Gómez.

“Nacida del río y de la tierra” fue morosa, previsible y en muchos momentos, simplemente aburrida. Conte hizo su elección y se jugó por la danza, con la que logró un puñado de buenos momentos. Conte se jugó por la música en vivo y por el efecto que produjo la sorpresa y el breve placer de tener a Mercedes Sosa protagonizando una de las escenas. No es poco, pero no hubo mucho más. Es otra de las fiestas que se olvidará rápidamente, como casi todas.

Patricia Rodón