Dijo Hugo Moyano, el 29 de abril de 2011, frente a medio millón de trabajadores reunidos en la Avenida 9 de julio: “El movimiento Obrero Organizado a través de la CGT ha pedido a nuestra presidenta que se presente en elección para ser reelecta. Yo creo que no tiene que hacer mucho esfuerzo nuestra presidenta, porque lo que vemos al lado se desmorona solo.”
Me pregunto, como muchos por estas horas, ¿qué pasó desde entonces? ¿Qué pasó desde aquel apoyo incondicional de Hugo Moyano a la candidatura de Cristina Kirchner hasta el día de ayer donde, en el marco de una paritaria perezosa donde los camioneros piden el 30% de aumento y la patronal ofrece, por ahora, el 21%, el líder de la CGT haya amenazado con un paro nacional desde los estudios de TN, bajo la atenta supervisión de Marcelo Bonelli? Se habla de chantaje, de extorsión, pero eso por sí solo no explica la decisión, salvo que los funcionarios revelen en qué consiste ese chantaje o la presunta extorsión, como alguna vez Néstor Kirchner lo hizo con la Corte Suprema menemista. Moyano dice que es por el Impuesto a las Ganancias, y eso también se parece a una excusa para quedar bien con ese 10% de los trabajadores en blanco de ingresos medios y altos que se quejan porque el tributo funciona como una poda salarial, lo cual es cierto. Moyano reacciona en cámara porque el ministro Florencio Randazzo lo quiere denunciar penalmente por el desabastecimiento. En realidad, es algo menos visceral. Es más profundo. Viendo sus últimos reportajes y movimientos, Moyano actúa traicionando a Moyano, algo así como Moyano vs. Moyano, que reclamaba que el movimiento obrero organizado pasara a ser cabeza del peronismo y dejara de ser su columna vertebral. En el cónclave futbolero de La Ñata, Moyano se resignó a probar suerte, una vez más, como columna vertebral, pero esta vez de un armado post kirchnerista, donde reluce el ex consultor de Repsol Alberto Fernández, el ex ministro de Economía Roberto Lavagna y, desgraciadamente, el Daniel Scioli versión presidencial 2015, increíblemente ausente ayer en la trifulca, esperanza del establishment que quiere ver clausurado el proceso iniciado en 2003 por derecha. Creo que para Moyano, hoy por hoy, y sin quitarle mérito a su inclaudicable pelea contra el neoliberalismo en los ’90, el tema Ganancias es anecdótico. Lo prioritario sería agrietar la relación del gobierno que nacionalizó YPF y lanzó un plan de créditos para viviendas revolucionario –como pedía la CGT– con sus bases trabajadoras, para llevarlas al redil de un proyecto anti kirchnerista, que le ceda a él los espacios de poder que, en la teoría y en la práctica, el kirchnerismo le negó en su etapa cristinista. Ni siquiera está en juego la titularidad de la CGT. Es más que eso. Es un proyecto político, que no lo tiene como cabeza, sino como ariete para llenar la calle ya no de caceroleros de Recoleta y Barrio Norte que reclaman dólares, sino de trabajadores sindicalizados, porque sin esos trabajadores no existe la liturgia insurreccional que precede a un recambio de ciclo, como el que ansía Alberto Fernández, el nuevo armador de Scioli.
Leé la columna completa de Roberto Caballero en Tiempo Argentino, desde aquí.