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El polvo de la explosión nuclear que fue la expropiación de las acciones de Repsol en YPF comenzó a disiparse y permite elaborar con alguna claridad el balance de daños. Lo primero que hay que decir es que la oposición, desde hace ya mucho tiempo recostada casi con exclusividad sobre el poder mediático del Grupo Clarín y sus aliados, dejó ver la extrema endeblez en que desarrolla su tarea política. Pocas veces como en el debate parlamentario del miércoles y el jueves pasado hubo tantos y tan sólidos argumentos para criticar una medida del Gobierno. Y nunca como entonces el margen de los opositores se vio tan reducido, al punto de que mayoritariamente se vieron compelidos a votar a favor del proyecto oficialista destinado a recuperar el control de la petrolera de bandera.
Es cierto que cada Legislatura del Congreso Nacional no debe coherencia a las anteriores, y mucho menos a una que ejerció hace dos décadas, pero gran parte del deterioro de la práctica política deriva de los barquinazos a que nos tiene acostumbrados la dirigencia. Y aunque no plantearemos aquí una nueva tesis sociólogica, intuimos que tal desapego a una línea mucho tiene que ver con una enfermedad que carcome al cuerpo social, aquí y en muchos lados: la falta de vitaminas democráticas, derivada de las malas prácticas individuales pero también de los horrendos ejemplos de los dirigentes de todos los sectores.
El ministro de Trabajo, Carlos Tomada, sostiene en privado que los sectores que se oponen al moyanismo ya cuentan con la cantidad de congresales necesarios para desplazarlo en el Congreso del 12 de julio. No obstante, un sector de la “Armada Brancaleone” que se encolumna destrás del metalúrgico Antonio Caló –“gordos”, “industriales”, barrionuevistas, etc.– trata de impugnar ese cónclave con el fin de ganar tiempo, movida que entienden podría limar todavía más la base de sustentación de Hugo Moyano. Con la lógica destructora del peronismo, observan que con un mes más la derrota del líder de los Camioneros podría ser catastrófica.
Aunque esto es incomprobable –no hay encuestas fiables y los pases de bando son permanentes–, también es real que ante la sola posibilidad de que, en efecto, estemos asistiendo a los últimos días de Moyano en la CGT, se ha disparado una serie de operaciones encadenadas y dirigidas a producir reacomodamientos en la tropa antimoyanista. Algunos dirigentes cercanos a Caló, con tino, se han mostrado preocupados por esta tendencia a comerse el pavo antes de cocinarlo, pero ordenar esta estampida hacia el poder no va a resultar sencillo.
Sintomática resulta una versión sobre Tomada. Un testigo de la discusión relata que en la antesala de un despacho de la Casa de Gobierno, el ministro se cruzó con unos dirigentes de “La Cámpora” que se vanagloriaban de haber conseguido el desplazamiento de Esteban “Bebe” Righi de la Procuración General de la Nación a raíz del “affaire Ciccone”.
Tomada habría interrumpido con sequedad a los “neocamporistas” advirtiéndoles que no podían estar contentos por haber conseguido desbancar “a un compañero”, de cuyos aportes y desvelos por el peronismo –les habría dicho–, ellos no tenían “ni idea”. La discusión subió de tono, según la fuente, pero la sangre no llegó al río. Después de este incidente, Tomada habría llegado a la conclusión de que sus días en el gabinete de Cristina Kirchner ahora sí están contados.
La Presidente prepara un “rediseño” del elenco ministerial. En una incipiente conversación sobre el tema, Tomada habría deslizado que siente que su ciclo ya está cumplido, pero su interlocutor, de trato diario con Cristina, le habría pedido que continúe en el cargo hasta que se defina la situación de Moyano en la CGT.
La remodelación del Gabinete tendría el signo del “kicillofismo”, si tal cosa existe. En realidad, se buscaría con ella darle homogeneidad política a un equipo en el que conviven aún ministros kirchneristas –de Néstor– con la nueva ola que acompaña a la Presidente, cuyo referente público, aunque no su líder, es el viceministro de Economía, Axel Kicillof.
Además de Tomada, que se autoexcluye, se alejarían Julio De Vido y Florencio Randazzo. El desplazamiento de estas piezas abriría estructuras importantes para una llegada masiva de dirigentes jóvenes. La pregunta obvia es si no supondrá también una sangría hacia otras playas, la más temida, la del “sciolismo”.
De manera simultanea se advierten dos movimientos políticos: uno centrífugo, del “neocamporismo”, destinado a dar cohesión ideológica al Gobierno y servir de base de sustentación del movimiento político que busca trascender el rubicón del 2015; y otro del peronismo que no es antikirchnerista pero no está siendo contenido por el Gobierno, que comienza a buscar alternativas de cara a la interna. Este “tercer peronismo” es tironeado por los dirigentes de los restos que quedan del peronismo federal y por el PRO de Mauricio Macri, que no está teniendo mucho éxito.
La revivida reforma constitucional, aunque con la aclaración de sus impuslores de que no está dirigida a promover un tercer mandato de Cristina Kirchner, debe entenderse como un intento de darle sostén legal a la nueva trama política que el “cristinismo” busca instaurar.
“Se trata de dar cuenta de la nueva realidad política, donde las organizaciones sociales y de la juventud han pasado a tener un impulso y una fuerza desconocidas desde el comienzo de la transición democrática”. El párrafo le pertenece a uno de los promotores del recambio de la Constitución que prefiere permanecer en las sombras, pero ya es repetido a lo ancho y a lo largo del país por dirigentes sociales y juveniles que quieren una Carta Magna que responda a esta nueva relación de fuerzas políticas. Naturalmente, buscan darle al “cristinismo” en el poder un carácter refundacional que no tiene, por más que se aceptara reconocer varios de sus aportes a la defensa a los más desprotegidos.
Esta impronta no coincide con la del juez de la Suprema Corte Raúl Eugenio Zaffaroni, el más político de los ministros del máximo Tribunal. Para Zaffaroni, la reforma constitucional debe estar dirigida a dar vuelta como una media el sistema político argentino, cuyo presidencialismo es padre –según él– de gran parte de los males del país. Zaffaroni se inclina por un sistema parlamentario que cierra como anillo al dedo a quienes promueven la reforma desde el Ejecutivo, que aspirarían a que el “modelo” se encarnara en varias políticas de Estado con rango constitucional, aunque a la vez nadie sería mejor que el “neokirchnerismo” para llevarlas a la práctica. Este esquema de “doble faz” permitiría la permanencia ininterrumpida en el poder del partido o movimiento que mejor interpretara los deseos confesados de los votantes, sin la incómoda cláusula que impide la segunda relección de los presidentes.
Sin candidatos que estén a la altura del liderazgo de Cristina, el parlamentarismo es la fuga hacia adelante del proyecto político de la Presidente, que viene pidiendo en los últimos tiempos que la juventud tome la posta, y obtura la posibilidad de candidaturas “indeseables” como la de Daniel Scioli, según la visión de Cristina. Todo, sin embargo, es un magma sin forma. Pero a diferencia de la oposición, el oficialismo tiene un Norte.
*Director de www.gacetamercantil.com