Como en cada ciclo histórico, los gobiernos tienen las relaciones empresarias que sus intereses y sus necesidades les dictan. Desde la restauración de la democracia en adelante, Raúl Alfonsín, con una cultura desarrollista, se relacionó preferentemente con los "capitanes de la industria". Carlos Menem, entregado a la causa neoliberal, priorizó a la banca, en especial a la internacional.
El kirchnerismo, desde sus comienzos, ha sido acusado de impulsar un "capitalismo de amigos", encarnado en la elección de pocos interlocutores empresarios que concretó Néstor Kirchner.
Pero en todos los tiempos, más allá de la muy ilusoria pretensión de crear por decreto una burguesía nacional, los gobernantes han tratado de modelar más a o menos a su antojo a la clase empresarial, usando premios y castigos no siempre con el objeto económico de conducir la economía o reasignar recursos.
El kirchnerismo se ha caracterizado por intervenir como casi ningún otro gobierno en la escena económica. El argumento de base tiene clave de época: con el fondo de la crisis financiera internacional iniciada en 2008, el Estado ya no es la última instancia para resolver problemas clave sino, muchas veces, la primera.
En esta línea, la debacle mundial le habría terminado de dar la razón a la política neokeynesiana que el ex presidente Kirchner ya había esbozado en su primer mandato.
La intervención de las administraciones Kirchner en la economía sería una vuelta de campana a las políticas ultraliberales de los '90 representadas por la privatización de las empresas públicas. De igual modo, en el marco del nuevo "relato" se dibuja la antinomia con el Grupo Clarín. Se trataría de dar vuelta la página de la historia. La tristemente célebre historia pendular de la Argentina.
Del lado de los empresarios hemos escuchado, menos en apariciones públicas que en contactos privados, que Alfonsín llegaba a refundar la República y, con ello, se acabarían las patológicas relaciones entre Estado y sector privado. Con Menem la cuestión se zanjó más fácilmente: no hubo empresario que tocara otra música que la de la orquesta oficial (Para quien proponga a Carlos Heller como modelo contrario advertimos que no califica como empresario porque nunca arriesgó su propio dinero).
Se afirma que no hay nada más conservador que el capital y tiene lógica. Además, con un Estado como el argentino, que históricamente oficia de socio oculto de las empresas, sean grandes, medianas o pequeñas, tomar una decisión de inversión es más una patriada que una meditada opción comercial. Y quienes mejor y más pueden hablar de esto son las PyMES, que en su mayoría no son sujeto de crédito público o privado y deben enfrentar solas su azaroso desarrollo.
También es racional, en un capitalismo serio, que el Estado oficie de mediador entre los diversos intereses en pugna. La cuestión ha sido, siempre, aquí una cuestión de grados.
Desde el conflicto con el campo, a comienzos de 2008, la relación entre el Gobierno y el empresariado comenzó a enrarecerse. No entraremos de lleno en esa interna, pero basta decir que aunque es cierto que la economía no ha parado de crecer desde 2003 no lo ha hecho de manera igual en todos los sectores. Y esto se aplica tanto hacia adentro del sector empresario como hacia adentro de los sectores de menores recursos. En los últimos ocho años, el poder adquisitivo de los salarios se redujo un 35 por ciento. Y en el caso de los que tienen ingresos en negro, el deterioro ha sido aún mayor. La obvia razón: siempre los aumentos de salarios en blanco han ido detrás de la inflación y por debajo de ella.
¿Esto significa que las empresas han visto aumentar su rentabilidad? Depende del sector y del caso. Lo que sí es cierto es que el crecimiento de la economía, y esto a pesar de la inflación real, permite una mayor y más veloz circulación del capital, lo que a su vez genera mejores condiciones para desarrollar algunos negocios aunque prácticamente no existe el crédito o es extremadamente caro.
Inquina. En este contexto, puede parecer inexplicable que grandes sectores del empresariado local se hayan ubicado tan claramente en la vereda de enfrente del oficialismo y denosten, casi siempre en privado, las políticas de la Presidente. Y que deseen con vehemencia que de la oposición surja algún líder que derrumbe el andamiaje político y económico que se viene construyendo desde 2003, al tiempo que se toman la cabeza pensando cómo serán los próximos cuatro años si Cristina Kirchner logra permanecer en la Casa Rosada. También están los que, una vez que supieron que sería la candidata, se distendieron y, pragmáticos, comenzaron a sacar sus cuentas a futuro haciendo abstracción de sus propios deseos y sus gustos políticos.
En realidad no es inexplicable. Aquí entran a jugar otros factores. En primer lugar, más allá de la oleada general de bonanza económica, como se ha dicho, no todos los sectores se han beneficiado igual pero el malhumor social del campo es un ejemplo claro de contradicción entre interés económico e ideología política: no existen antecedentes de una mejor situación que la de ahora, pero la elección en Santa Fe y, previsiblemente, el resultado en Córdoba, hablan a las claras de este conflicto. Una vez que las necesidades básicas –y no tan básicas– están satisfechas, es natural en el ser humano que comience a fijarse en otras cuestiones. La ideología, construcción subjetiva si las hay, entra a jugar aquí un rol determinante. En Estados Unidos, Francia o Brasil, los "farmers" son ultraconservadores (El propio "Tea Party" se nutre de cientos de esos productores subsidiados, enojados de muerte con la Administración de Barack Obama). El voto a favor de Miguel Del Sel o incluso a Juan Manuel de la Sota significa eso.
Desde la Casa Rosada se recuerda a Luiz Inácio Lula da Silva como ejemplo de distancia subjetiva entre resultado económico y rechazo del empresariado. En efecto, el ex presidente brasileño (que, aún estando vivo, avanza sin obstáculos a la "beatificación" política) fue hostigado antes y durante sus dos gestiones al frente del Ejecutivo por la prensa de su país y por las centrales empresarias. Lula era percibido por la élite brasileña como un "cuco" antes de acceder al poder. Nada bueno podía salir de un obrero metalúrgico de origen trotskista, casi sin instrucción, pero al cabo de ocho años y dos mandatos ese hombre logró ubicar a Brasil entre las principales economías del mundo. De igual modo, los empresarios nunca le reconocieron la performance y eso se reflejó en la manifiesta hostilidad de los grandes medios brasileños, incluso cuando dejó el poder.
En términos políticos, no parece aplicable el caso de Lula a la Argentina. Lo único equivalente es que la tónica populista del metalúrgico brasileño se corresponde con el conservadurismo popular del kirchnerismo. Precisamente, a pesar de la tirria que supo provocar en los sectores empresariales el ex primer mandatario brasileño, compartía con ellos una visión de país y un sentimiento nacionalista que, resulta obvio, brilla por su ausencia en nuestro país. Aunque existan contradicciones internas, esa mirada estratégica es una construcción colectiva.
Ahí, probablemente, se encuentre la clave de la enorme distancia que separa hoy a las clases dirigentes de los dos principales socios del Mercosur.
Hizo falta una enorme masa de voluntad política e importantes concesiones de parte de Lula para que Brasil diera el salto cualitativo y cuantitativo que pegó en la última década. Y una clara mirada estratégica sobre su propio rol como potencia regional en el nuevo mundo incluso preexistente al propio ex presidente, con más o menos coincidencia entre los sectores dominantes.
En la Argentina no existe esa visión estratégica: hace décadas que se escucha decir que hace falta un proyecto de país y ni el oficialismo ni la oposición parecen concentrados en concretarlo. Ese proyecto, además, es una tarea común y lleva mucho tiempo de elaboración.
Nunca como ahora existieron las condiciones objetivas para que el país se encamine hacia su desarrollo. Pero hay que regresar a otras épocas de enfrentamiento sin sentido para encontrar tantas razones subjetivas que dividan a los argentinos, en particular a sus dirigentes.
Desde el oficialismo se utiliza la palabra "destituyente" para calificar, en particular, a la oposición mediática. Desde esa oposición se trabaja día y noche para desbancar al oficialismo a como sea. Ya habrá tiempo, si se consigue ese máximo objetivo, de ver qué se hace con el país.
Con los ciudadanos solo convocados cada dos años para votar, desde la izquierda y la derecha más irracionales se acusa a esta democracia de ser apenas formal. Han pasado casi tres décadas desde aquel regreso primaveral al goce de las libertades públicas y el sistema es una mueca. Y oficialistas y opositores, todos hacen lo suyo para seguir quitándole contenido.
*Director de www.gacetamercantil.com
El capital vs. la política
El salto al desarrollo de Brasil se logró con una "elite" consciente de su rol y una visión estratégica. El sistema institucional argentino padece de muchos defectos, pero el más grave es la incapacidad de articulación política de sus dirigentes.