Necesidad y urgencia

La Presidente no acepta condicionamientos del líder de la CGT. Advirtió que no se muere por ser candidata y desató una tormenta política. ¿Sólo una pelea por cargos? La parte de la herencia de Néstor Kirchner que su viuda no quiere honrar.

Dos cuestiones clave se discuten en la confrontación entre el llamado "cristinismo" y la conducción de la CGT, liderada por Hugo Moyano. La primera, la necesidad del enfrentamiento. La segunda, la oportunidad.

Ya desde la semana pasada, cuando Cristina Kirchner advirtió de manera pública sobre los tironeos que estaba sufriendo, todos de origen sindical, hubo quienes se preguntaron sobre lo primero. Si la Presidente, sin ser candidata aún, lidera todas las encuestas de intención de voto de manera holgada, ¿por qué sostener una batalla contra el moyanismo con el solo fin de recabar algunos votos de la voluble clase media urbana de la Argentina? ¿No es muy grande el riesgo de molestar a Moyano, el principal aliado del kirchnerismo en la lucha por evitar que los reclamos sindicales se desmadren?

Lo extraño es que, quienes ahora plantean esta cuestión, son los mismos que advertían hace un par de semanas nomás sobre la hipoteca que significaba para el Gobierno el enorme poder que había acumulado con el kirchnerismo el líder del sindicato de Camioneros.

CFK se instaló con decisión en el medio de una pelea complicada, no solo con el fin de sumar algo a su previsible caudal electoral. Lo hizo porque Moyano –lo hemos señalado en varias ocasiones en esta columna-, le discute la conducción política del movimiento que representa los intereses de los asalariados.

Los "tweets" de Julio Piumato, el ladero de Moyano y una suerte de lenguaraz del líder de la CGT, dan una pista de la esencia de la discusión. Como en los días siguientes al escándalo desatado por la investigación suiza por "lavado de dinero" contra Moyano, su familia y sus presuntos socios, el sindicalista del gremio de los Judiciales la emprendió contra "los que se dicen peronistas" pero no avalan la presencia del sindicalismo de ese orígen en las listas de candidatos para las próximas elecciones. Piumato aludió, como lo hacía en privado cuando Moyano convocó a un paro general en su defensa –que luego terminó cancelando–, a los laderos de la Presidente que vienen "de la zurda", es decir, Carlos Zannini, Juan Manuel Abal Medina, Nilda Garré y el columnista Horacio Verbitsky, entre los más conocidos.

Entonces la sangre no llegó al río y el ministro de Planificación, Julio De Vido, que comparte con Moyano su abogado particular, el ex juez Daniel Llermanos, convenció al líder de la CGT de la conveniencia de "bajarse" de una postura tan temeraria e irreflexiva.

Ahora, la que tensó la cuerda fue la Presidente al advertir sobre los sindicalistas que dicen que la apoyan pero luego la extorsionan. Aunque varias "espadas" del oficialismo salieron a advertir que no se refería a Moyano sino, incluso, a Alberto Roberti, el gremialista del Gas y el Petróleo ligado al Peronismo Federal, la aclaración hizo que oscureciera.

Verbitsky llamó a la cordura al moyanismo desde su columna del domingo 15, titulada "El discurso del método", donde explica que, cuando Cristina se declaró "cansada de los que dicen ayudar y vivan el nombre de Cristina y al otro día hacen exactamente todo lo contrario", aludía "al hijo mayor del secretario general de la CGT, Pablo Moyano, quien tres días después de que Cristina pidiera racionalidad, bloqueó las plantas de combustibles de YPF, Petrobras, Shell, Dapsa y Esso, en la provincia de Buenos Aires".

No obstante, también lanzó una advertencia al propio Hugo Moyano, al señalar que "cuando Cristina dijo que no se dejaría correr, se refería también a una historia más antigua, por lo menos desde el acto en River de octubre, en el que Moyano dijo que un trabajador podía ser presidente y ella le respondió que eso ya había ocurrido, que ella trabajó desde su adolescencia, hasta el de la Avenida 9 de julio el 30 de abril, cuando Moyano postuló la reelección presidencial y reclamó cargos en las listas".

En efecto, en charlas privadas, cada día más la Presidente le atribuye a Moyano muchos de los males de la Argentina de hoy. Pero, todavía más, el desgaste que sufrió su esposo en los últimos tres años antes de su muerte, el 27 de octubre del año pasado. Para el dirigente de los Camioneros, CFK es una ingrata. Peor es la visión que tiene de la Presidente el hijo mayor de Moyano, Pablo, quien no se caracteriza por su lucidez y capacidad de análisis.

En realidad, Pablo se ha ido convirtiendo, con el tiempo, en el mayor obstáculo en la relación entre la jefe de Estado y el titular de la central obrera. No significa esto que sea el principal dolor de cabeza político, los hay peores, pero Pablo sin control es un problema para su padre, que debe andar levantando los platos rotos que deja su a veces inmanejable descendiente. El último ataque de rabia de la Presidente, como cuenta Verbistky, fue a raíz del conflicto petrolero. Pero hay una lista de desplantes.

La Presidente acusa a Moyano padre de no controlar a su hijo pero con intención. Que Moyano padre le suelta "el perro" cuando quiere conseguir algo de Cristina y lo encierra cuando quiere. A esta altura, no parece que sea tan a voluntad. Incluso, en la familia Moyano son varias las fisuras que obligan al "pater familiae" a realizar esfuerzos enormes para que las rencillas privadas no salgan a la luz.

Sin embargo, se sabe que su última esposa, Liliana Zulet, lo vuelve literalmente loco por el avance de la causa judicial por los medicamentos oncológicos que esta semana concluyó con el procesamiento de tres allegados a Moyano. El próximo e inevitable paso, le advierte su mujer, es esa misma decisión judicial contra ella, que tanto como Hugo considera el proceso una "causa rehén" manejada por el Ejecutivo. Ahí es cuando aparece en las discusiones familiares el nombre de Zannini, siempre adherido a alguna calificación impronunciable.

Pablo Moyano comenzó a ver cómo decaía su poder en los últimos meses de manera proporcional al aumento de la publicación de noticias sobre su íntima relación con la empresa de recolección de basura Covelia, la que ya va camino a un proceso judicial de repercusiones escandalosas. Una investigación moderadamente independiente no tendría grandes problemas para probar tres cosas: que el dueño de Covelia, Ricardo Depresbiteris, tiene dificultades para justificar su crecimiento patrimonial; que Pablo presionó en varios distritos para que contrataran a esa empresa; y que la Cooperativa de Crédito y Vivienda Lanús Limitada ha sido protagonista de decenas de operaciones financieras que cruzan al PAMI con Covelia y con la obra social del gremio de Camioneros, en la mira de la Justicia junto a las de otras 40 entidades sindicales por los reintegros por tratamientos complejos.

Claro, Moyano padre no tiene ni previsto entregar en público a su hijo mayor, pero todos en la conducción del sindicato que más creció en los últimos años –los del kirchnerismo en el poder–, saben que Daniel Tapia espera a un costado para hacerse cargo nuevamente del sindicato que debió dejar en manos de su cuñado Pablo en medio de una violenta pelea familiar y política que ya lleva un lustro. Y que, ahora se ve, no fue bien saldada.

En la Casa Rosada no desean la caída de Moyano, apenas su eclipse. Y aquí volvemos sobre la segunda cuestión del comienzo: la oportunidad. ¿Existe un momento ideal para dar una batalla de esta envergadura? El calendario político advierte que faltan tres meses para las internas abiertas, obligatorias y simultáneas, unos comicios casi vacíos porque no hay contiendas entre candidatos de un mismo partido. Y que restan apenas cinco meses para las elecciones presidenciales del 27 de octubre.

Alianza más, alianza menos, todo indica que Ricardo Alfonsín será el candidato que con alguna mínima posibilidad enfrentará a Cristina Kirchner. Y que Felipe Solá se encamina a liderar los restos del Peronismo Federal y el PRO que se quedaron sin candidato.

La ofensiva del cristinismo contra el moyanismo, la única interna seria que tiene lugar hoy en la Argentina, es una ofensiva autocontenida que busca limitar el poder de fuego del contrincante, no anularlo. Al menos, eso quieren sus impulsores. Para Cristina, el desencuentro era inevitable, pero algunas acciones de Moyano la convencieron de que no había más margen en esta disputa. En síntesis, no hubo un "mejor momento", hubo un "único momento" y es éste.

Últimamente se ha recordado en varios comentarios el caso de "El Lobo" Augusto Timoteo Vandor, el mítico líder de la UOM que fue asesinado el 30 de junio de 1969 después de que imaginara la posibilidad de armar un peronismo sin Perón. Se hablaba entonces de los "supersindicatos", construcción que explicaba la expansión del gremialismo hasta ocupar los espacios de conducción que se reservaba la política.

Aquella experiencia no terminó bien y, aunque Piumato aplane la realidad al servicio de su jefe, la clase política recuerda cómo terminó aquel intento.

La Presidente y varios de sus allegados, que eran jóvenes militantes en los '70, tienen fresca en la memoria la espiral de violencia que se desató en la Argentina cuando todos los sectores pugnaban por quedarse con todo el poder. Cuando los unos y los otros "aparateaban" en aquel brutal enfrentamiento. Esperemos que los actuales protagonistas recuerden que, según advirtió Carlos Marx en "El 18 Brumario de Luis Bonaparte", la historia se repite, una vez como tragedia y otra vez como farsa.


*Director de www.gacetamercantil.com