El virus "ideologitis"

La vanguardia revolucionaria encabezada por Horacio González de pronto se transformó en patrulla perdida. Y se acabó la diversión.

Llegó la comandante Cristina y mandó a parar, diría Carlos Puebla. Dos telefonazos bastaron para que la Presidenta obligara a dar marcha atrás al director de la Biblioteca Nacional, quien en pocas líneas le hizo más daño al proyecto K que toda la runfla destituyente. “Con amigos así… ¿quién necesita enemigos?”, pensaron en la mesa chica del poder. Hay que decir a favor de Horacio González que con su franqueza ayudó a sincerar el pensamiento de muchos escritores que uno pensaba que luchaban por la libertad de todos y no sólo la de algunos y que, además, permitió que CFK se luciera por su rápida reacción, por su sentido común y su fino instinto de poder.

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