Peor que mentir, es negar

EL columnista hace un análisis de lo sucedido el fin de semana con el bloqueo a los medios de comunicación. Esta discusión, además, se da en el marco de una guerra no declarada entre el multimedios que conduce Héctor Magnetto y el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner.

La discusión acerca de dónde termina la libertad de prensa y comienza la libertad de empresa es añeja pero muy interesante, en especial porque permite hablar de otras cosas importantes. Y, además, porque en nuestro país existe la tendencia a dejar saldadas cuestiones clave casi sin que nadie se sienta conminado a interponer argumentos serios.

El bloqueo de la salida del diario "Clarín", el pasado domingo, por un pequeño grupo de familiares de trabajadores de ese grupo, volvió a disparar el debate. Atravesada por los intereses en pugna, pero la cuestión se discute. No es poca cosa.

Para quienes rechazan la actitud de los que impusieron el piquete, el bien jurídico afectado fue la libertad de expresión. Es decir, si un medio de comunicación cuya razón de ser es que llegue a los lectores no puede hacerlo porque alguien se lo impide, se vulnera el derecho de los lectores a recibir la información que publica y está en peligro la libre circulación de esa información.

Para los familiares de los asalariados del grupo, el bien jurídico a defender es la libertad de trabajo. O, antes que eso, la libertad para sindicalizarse. Los trabajadores denuncian que "Clarín" ha vulnerado esos derechos.

Esta discusión, además, se da en el marco de una guerra no declarada entre el multimedios que conduce Héctor Magnetto y el Gobierno de Cristina Fernández de Kirchner, lo que desnaturaliza ese debate. Ya no se trata de establecer si es más importante el derecho a informar que la defensa de los derechos como trabajadores. Se trata de analizar esa discusión en el marco de la batalla diaria por desacreditar al otro. Por imponerse sobre el otro.

Algunos ejemplos. Desde el primer trimestre de 2008, cuando se dio la primera batalla por la resolución 125 entre el kirchnerismo y el campo, quedó en claro que a ninguno de los bandos le interesaba llegar a la verdad (si tal cosa existe). Unos y otros, desde entonces, torturaron los hechos y la información hasta hacerles decir lo que a cada uno le convenía.

Una a una, y cada vez con más virulencia, una mentira fue tapando a la otra y hoy es prácticamente imposible separar la paja del trigo. Establecer qué y cuánto de verdad hay en las afirmaciones de los dos bandos, que sólo buscan hacerle pagar al otro algún costo.

Está claro que el Gobierno quiere herir de muerte al Grupo Clarín o neutralizarlo.

Para enlodar al otro, hacen falta publicaciones en la forma de investigaciones exclusivas que lleguen a la tapa de los diarios. El oficialismo y la oposición cuentan con baterías de medios que, todos los días, se enzarzan en discusiones bizantinas para hacerle pagar al otro la osadía de oponerse o de estar a favor.

Es cierto que el multimedios creado por el kirchnerismo tiene mucha menos potencia que el del Grupo Clarín, existente antes que se desatara la guerra.

Pero también es cierto que el periodismo que hoy se hace en la Argentina sigue el curso decadente del que, con más herramientas y poderío económico, se hace en el exterior, donde sigue habiendo algunos pruritos para tratar con noticias.

En nuestro país, la información es una mercancía devaluada por la ideologización y la mercantilización de los medios. La construcción del prestigio de un medio, o de un grupo de medios, está directamente relacionada con su capacidad de informar con el mayor grado de independencia sobre cualquier cosa.

Esa independencia está en jaque hace tiempo, tanto aquí como en el admirado primer mundo. Medios como "The New York Times" o "The Washington Post" acompañaron sin fisuras al Pentágono en las guerras por el petróleo que encaró Estados Unidos en las últimas dos décadas. La íntima relación entre las corporaciones y los medios estadounidenses no es solo pura paranoia de izquierdistas trasnochados.

Salvando las distancias, en nuestros países el cruce de intereses espurios se da sin que existan antídotos institucionales para evitarlo.

La reacción de los grupos "Clarín" y "La Nación" por el bloqueo de la planta impresora hizo saltar los resortes tradicionales, locales e internacionales, que manejan ellos.

Ahora bien, ¿qué cambió del último bloqueo a éste? ¿qué hizo que los aceitados mecanismos de lobby aquí y afuera se dispararan y que "Clarín" forzara la marcha con una cobertura que no tiene antecedentes.

Lo que cambió es que Cristina Fernández de Kirchner parece encaminarse, sin escalas, hacia su reelección. Y la reelección de la presidente anticipa tiempos oscuros para el conglomerado mediático que hace ya un tiempo optó por intervenir en la política doméstica y no a limitarse a informar –y a opinar- sobre ella.

Ya lo hemos dicho: parte del legado de Néstor Kirchner se vincula con el impacto político que produjo aquella foto en la que se lo veía con un cartel en la mano que rezaba "Clarín miente". Ya nada sería igual, desde entonces.

Pero la polarización que se desató en aquel enfrentamiento hizo que hoy sea casi imposible informar sobre los negocios de Hugo Moyano, los públicos y los privados, sin terminar apareciendo en un listado de medios "funcionales a Clarín". O que se registren los avatares de la causa que investiga la filiación de los hijos adoptivos de Ernestina Herrera de Noble, la principal accionista de ese grupo, sin que se lo tilde al autor de filokirchnerista.

Para editorialistas, columnistas y periodistas propios o cercanos al Grupo, en la última semana se produjo un retroceso institucional de una magnitud nunca vista desde que se recuperó la democracia, en 1983. ¿No suena a desmesura?

Los enviados del Sindicato de Camioneros a la puerta de la planta donde se imprime ese diario no fueron por las suyas a solidarizarse con los familiares de los trabajadores. Sin embargo, Moyano negó tener ninguna vinculación con el hecho cuando menos de una semana antes había acusado de todos sus males (con la Justicia suiza) a "Clarín" y a la "Nación".

La ministra de Seguridad, Nilda Garré, se mostró condolida con los lectores que el domingo pasado no recibieron el diario, incluyéndose a ella misma.

Aunque, las desproporciones no son patrimonio del Gobierno o de la oposición mediática. Si en estos días le tocó al lector escuchar a la oposición política, sabrá que practicó un seguidismo con la empresa de Magnetto digno de mejor causa.

"Clarín" se ha construído una tradición de no respetar los derechos de sus trabajadores. He llegado a escuchar a uno de sus más altos directivos vanagloriarse de eso, mostrando un costado empresario de la trágica "viveza criolla". Esa compañía hasta se ha dado el lujo de despedir a una comisión interna completa, entre otras lindezas. Pero su inveterada condición de pésimos patrones no explica por sí sola los recurrentes bloqueos a su planta impresora.
Pero el Gobierno se aferró a la formalidad y advirtió, no sin cinismo, que el piquete frente a las puertas de AGEA, la imprenta del Grupo, no era un ataque a la libertad de prensa sino un mero problema sindical.

Sea cual sea el resultado de las elecciones de octubre próximo, al fin y al cabo una circunstancia más de nuestra vida política, los argentinos deberemos encarar un proceso de fuerte introspección porque no será gratis, en el futuro cercano, tanto y tan reiterado desmanejo.

No será gratuito, como no lo es ya para aquellos dirigentes que, como Moyano, hicieron de la impunidad su método de ascenso hacia la cúpula del poder. O como aquellos que facilitaron o hasta se beneficiaron con este estado de cosas.

Un ex embajador de un Estado europeo de larga y fructífera trayectoria en el servicio diplomático de su país, que hace una década eligió la Argentina para vivir, nos planteó esta semana un angustioso interrogante. "¿Creen ustedes que podrán seguir derrochando todo por mucho tiempo más?"

No pudimos contestarle en persona, por lo cual nos tomamos el atrevimiento de hacerlo en esta columna. No, creemos que no. Y el problema es que una suerte de bipolaridad social impide que avancemos en algún tipo de síntesis.

Si es posible psicoanalizar a una sociedad –hay quienes se animan desde una perspectiva científica-, se vería que la característica constitutiva del "ser nacional" es la negación. La negación de lo que somos pero, en especial, la negación del otro.

Y, ya se sabe, es muy difícil cambiar desde ese estado.

* Director de gacetamercantil.com