Así es: por los alrededores de la detención de José Pedraza (y en simultáneo de su número dos, lo cual es un hecho inédito) hay un par de aspectos que, llamativamente, pasan más bien inadvertidos.
Un primer reflejo fue constatar que, al revés por completo de lo sucedido hacía muy poco con el apresamiento de otro jerarca sindical, la caída en desgracia de Pedraza no le movió un pelo corporativo a nadie. Es cierto: el Momo Venegas tiene detrás el apoyo explícito de Duhalde –o a la inversa, en realidad– y sus contactos y amistades en el núcleo duro de la burocracia cegetista son mucho más profundos que los del cabecilla de la Unión Ferroviaria. Además, las andanzas de quien dirige a los trabajadores rurales son investigadas por un juez como Oyarbide, del que siempre rigen sospechas en cuanto a su independencia de accionar, sumado a la propensión que tiene por los impactos mediáticos. Muy por el contrario, Susana López, la jueza de Instrucción que lleva la causa del otro adefesio, es considerada en forma unánime como una magistrada de trayectoria intachable y excelencia profesional. Pero nada de todo eso fue lo esgrimido, centralmente, para interpretar que al Momo salieran a defenderlo ipso pucho, mientras Pedraza ya manya cómo se prueban las pilchas que dejará. No. La centralidad analítica fue que en un caso hay “la mafia de los medicamentos”, y chau. Y que en el segundo rige un asesinado, provocando entonces que los códigos de solidaridad mafiosa tengan, aunque sea, la prevención de convocarse a silencio. De ahí se saltó a revolver –sin necesidades de mayor esfuerzo investigativo, por supuesto– en el descomunal nivel de vida del “sindicalista” Pedraza. Su vivienda en Puerto Madero, su declaración de que gana apenas 25 mil pesos por mes, su reloj o sus mersas apliques de oro. No importa. Es un tema que debería conducir a la pregunta de si acaso es casualidad que estos descubrimientos vean la luz sólo cuando hay un avatar judicial de por medio (verbigracia por el porqué de que nunca se revisa el origen de la fortuna de empresarios varios, definidos formalmente como tales). Y que, por lo tanto, redirecciona a interrogantes complementarios. ¿Se trata de destruirlo a Pedraza porque se lo merece, y claro que se lo merece? ¿O de asentar la construcción de discurso contra cualquier cosa que simbolice actividad gremial, sindicatos, sindicalistas, corrupción anclada únicamente ahí? Como dice Daniel Santoro, el artista, si el negro Hugo Moyano, ya sea por negro o por Moyano, viste alguna vez un Armani (que tampoco, encima), todos se preguntan de dónde sacó la plata para comprárselo. Pero a cualquiera de los que visten 150 trajes de ésos, y a quienes solamente dedican notas sobre sus internas y miradas institucionales, nadie les pregunta nada. En un punto, es lo que se llama derrota cultural. Sindicalista, sospechoso a priori. Empresario, dispensado a priori.