Muertos de hambre

Martín Caparrós en Newsweek, se mete con el "truchado de cifras" del ministro Manzur par abajar los índices de mortalidad infantil.

Todo lo que pueda decir me parece obvio. lo extraño es lo poco que lo dicen: casi todos hablan de otras cosas. Hablan de la pelea de esquina entre el canciller argentino y unos funcionarios americanos por otra valija; hablan del destino de la pobre señora Legrand; hablan de otro policía asesino en Baradero; hablan incluso de cómo la CGT presionó al juez Oyarbide para que soltara a un señor Venegas —y hablan tan poco de un chico Banegas que se murió de hambre. Es cierto que fue en Salta, que el chico era muy pobre —uno de esos pobres dentro de los pobres cuya pobreza se hace especial porque apenas hablan nuestro idioma—, que al fin y al cabo era el octavo en quince días. Sabemos: cuando algo se repite mucho deja de ser noticia. O, por lo menos, eso es lo que enseñan en las escuelas de periodismo –mientras que, en las escuelas de propaganda, enseñan que cuando algo se repite mucho pasa a ser noticia.

Como sea, ocho en quince días, y el grueso —el grueso— de la sociedad argentina mirando hacia otros lados: hace mucho que no veía muertes tan baratas. Los medios oficialmente comprometidos, tipo Página/12, mirando hacia otro lado; los medios oficialmente oficiales, tipo Canal 7, mirando hacia otro lado; los medios serios tradicionales, tipo La Nación, mirando hacia otro lado; la oposición seria tradicional, tipo esos tipos, mirando hacia otro lado. Hay que reconocer que el gran diario enemigo de todos los principios apropiador cuasitorturador feúcho habló de los muertos de hambre más que nadie: se interesó, contó. Y que, de mientras, el gran responsable, el gobierno nacional y popular de la Argentina, se hizo el boludo como el mejor boludo.

Fue extraordinario, artístico: una cumbre del arte inmarcesible de hacerse el boludo. No que no sepan hacerlo: son buenos, bastante buenos, practican y practican, pero a veces, cuando la situación se tensa, no dan más y flaquean. Hace un par de meses, por ejemplo, en un parque porteño, tres personas murieron a tiros de patotas; la doctora presidenta se la bancó tres días hasta hacerse cargo, hablar, nombrar una ministra y un ministerio nuevos. Ahora, en un paraje perdido del noroeste, chicos mueren uno detrás del otro porque no tienen qué comer —porque no tienen qué comer, doctora, ésa sí que es una enfermedad horrible que se cura tan fácil— y la doctora presidenta no dice una palabra, media palabra, una letra, un suspirito. Ni sus ministros y ex ministros, que hablan hasta por los codos para acusarse mutuamente de curros y curritos y lanzarse a peleas electorales y arremeter contra el Imperio. Nadie habla. Ni siquiera un doctor ministro de salud de cuyo nombre nadie puede acordarse.

Seguí leyendo desde aquí.