“Ávida dollars” es un anagrama. Con las mismas letras puede escribirse “Salvador Dalí” y así rebautizó Tomás Breton, el líder del movimiento surrealista, al genio andaluz en 1939 por su notable obsesión por hacer dinero. La broma no ofendió para nada a Dalí, quien una vez que se instaló en Nueva York, un año más tarde, se dedicó a eso –a hacer dinero– sin ningún pudor ni culpa.
El dólar tiene un encanto particular para los argentinos. Se comprende que así sea para aquellos que se dedican a acumularlos, no importa la forma, lo notable es que esa fascinación se derrama también sobre los que, como alguna vez dijera el general Perón, nunca vieron uno.
La dolarización de la economía local tiene en su origen muchos factores, pero la incertidumbre está en el centro del dispositivo psicológico.
Sin embargo, parece más interesante sondear en el perfil cultural de los argentinos, que por razones históricas se hunde en la colonia rioplatense y en el complejo nacimiento de la Argentina como nación. La inestabilidad ha sido siempre la norma.
El mecanismo por el cual al atesorar algunos dólares su tenedor adquiere cierta seguridad, aunque se sostenga sobre bases técnicas poco firmes, tiene efectos en la economía real que impactan sobre las expectativas, un factor que los economistas no siempre tienen en cuenta o que, cuando lo miran, tienden a sobreestimarlo.
En la última semana, la presión sobre las reservas obligó al Gobierno a tomar una serie de medidas que, una vez más, fueron tan mal comunicadas que le dieron la iniciativa a aquellos que esperan cualquier tropiezo oficial para saltar a la yugular, con razones o sin ellas. Para otros el problema no es de comunicación sino de concepto: nunca los controles sirvieron para el fin propuesto.
El punto es que en la Argentina, cuando se habla de controles o –peor–, cuando se los aplica, existe una hipersensibilidad que se dispara y hace de cada ciudadano un defensor a ultranza de la libertad de comercio. Cuando, en realidad, lo que verdaderamente está en juego es otra cosa.
Por lo pronto, los mayores controles en la compra y venta de divisa extranjera están dirigidos a dos sectores: a aquellos que venían adquiriendo dólares al precio oficial, con bandas de empleados, jubilados o desempleados a su servicio, y luego los vendían a 4,68 pesos a quienes buscaban “lavar” dinero (Era habitual ver en el centro porteño colas de personas conducidas por algún “arbolito” a la espera de ser atendidas en una casa de cambios). El otro objetivo son las PYMES que operan fuera del circuito formal pero que, en los últimos años, han acumulado “reservas” que hoy quieren poner a resguardo. Ilegalidad y desconfianza, dos factores clave para entender de qué está hecha la masa social de los sectores medios.
La cuestión no es a cuánto cotizará el dólar a futuro sino a qué velocidad va a llegar a ese precio, sea 4,50, 4,68 o 5, según las estimaciones figuren en el Presupuesto 2012, en la cabeza de los especuladores de corto plazo o en aquellos que quieren reactivar el circuito perverso de un salto violento de la cotización del dólar con su consecuente traslado a la inflación.
El atraso del dólar en nuestro país se volvió patente desde que Brasil devaluó casi el 20% en los últimos dos meses. El gobierno buscó “secar” las principales fuentes de especulación, que a pesar de ser casi marginales lo han estado obligando a gastar reservas a un promedio de 150 millones de dólares diarios desde comienzos de septiembre.
Para provocar una ola especulativa no hacen falta muchas condiciones. Un rumor distribuido entre los economistas y los periodistas precisos, de inmediato puede “mover” una plaza pequeña pero proactiva. Si a favor del rumor se moviliza a sabiendas más “artillería”, el escenario está armado. Luchar contra estas “movidas” le significa al Estado una pérdida de recursos desproporcionada.
El 23 de marzo de este año, el Banco Central contabilizaba 52.550 millones de dólares en reservas. Más allá de las explicaciones técnicas acerca de cuánto de ese monto en efecto se cuenta como reservas, o sobre el verdadero “poder de fuego” de la entidad monetaria, lo cierto es que lo que era mostrado como una “fortaleza” del “modelo” económico del kirchnerismo, hoy –y 4.000 millones de dólares más tarde–, en pocos meses, es su “talón de Aquiles”.
¿Qué ocurrió en el medio? Básicamente, el triunfo electoral de Cristina Kirchner. Y no esperaron mucho, apenas una semana.
La torpeza de algunos funcionarios del gobierno está haciendo el resto. Por ejemplo, un “off the record” de Amado Boudou advirtiendo que no está de acuerdo con las medidas tomadas le permitió a Alberto Fernández salir de su madriguera política para advertir que no la da ninguna seguridad enterarse de esa “fisura” en el equipo económico. Se comprende la pregunta que se hacían cerca de la Presidente el martes a la tarde “¿Cómo es posible que Alberto llegue a tanto?”
Su sucesor en el cargo, el senador electo Aníbal Fernández, si quiso colaborar, lo disimuló. Alertó sobre la existencia de un ataque especutalivo sobre el peso, lo que faltaba para instalar un escenario de incertidumbre. El funcionario saliente buscó poner blanco sobre negro lo que pasa, y volvió a atribuirle a los medios opositores una responsabilidad mayor en el enrarecimiento del clima económico.
No faltó el analista que advirtió, con impostada sorpresa, lo extraño que parecía que “los mismos” argentinos que habían confiado políticamente en Cristina, desconfiaran sobre la situación económica y financiera del país apenas 72 horas más tarde.
La operación es evidente, aunque no sabemos si efectiva: los 11,6 millones de votos
que obtuvo CFK el 23 de octubre pasado, son “los mismos” que salieron a comprar dólares porque…porque hay que salir a comprar dólares.
Mientras los portavoces de la Administración Kirchner no se mueven ni un centímetro de un discurso negador de los problemas que enfrenta –y enfrentará el país–, los de la oposición hacen esfuerzos denodados para hacer pie en algún lugar que les permita demostrar que la economía está a un paso de la catástrofe.
Está claro que las advertencias sobre hecatombes económicas vienen de lejos y que no fueron muy tenidas en cuenta por el electorado, pero eso ya es historia antigua y si no hubo forma de voltear el segundo, ahora se trata de demoler el naciente tercer período kirchnerista. Y debe ser, además, a como dé lugar.
Algunos analistas políticos mantienen que con Néstor Kirchner la Argentina recuperó su autoestima. Lamentamos no estar de acuerdo. Desde la superestructura, en los últimos años se hicieron algunos gestos notables de independencia en materia de política exterior. El más importante, la adhesión sin fisuras a un continentalismo suramericano que derrumbó la pretensión de Washington de imponer un tratado de libre comercio.
Y el afianzamiento de la alianza entre Buenos Aires y Brasilia más allá de las diferencias comerciales que, naturalmente, se dan periódicamente entre los dos principales socios del Mercosur. Podrían incluirse en un listado otras medidas, según el gusto de cada uno. La cancelación de la deuda con el Fondo Monetario Internacional (FMI), en paralelo al forzado desendeudamiento del país después del “default” y de la quita, es una declaración de principios, sin duda. Pero como en tantos otros terrenos, el kirchnerismo en el poder alternó decisiones de este tipo con otras menos rupturistas. Sus exégetas dirán que nada alcanza, y puede que estén en lo cierto.
Pero no se puede recuperar lo que casi nunca existió. La autoestima argentina puede encontrarse en contados momentos de su historia bicentenaria. Las razones de esta afirmación podrán analizarse en otra columna, pero a los efectos de esta argumentación sobra con señalar que los momentos en el que un nacionalismo, primitivo, se impuso a la tendencia natural al entreguismo han sido como chispazos en medio de las tinieblas.
La defensa de los intereses nacionales está condenada en la Argentina al lugar de las patologías políticas. Ha contribuido a esto el hecho de que, quienes levantaron esas banderas en el pasado, lo hicieron desde una visión ultramontana. Ya que los empresarios argentinos miran con envidia a sus pares brasileños, no estaría de más que bucearan en las razones que los hicieron poderosos y mayoritariamente respetados en su país, más allá de algunos notorias excepciones. Se ha dicho ya muchas veces pero los brasileños, los de a pie y los que mucho tienen, jamás piensan en términos de dólares cada paso económico que dan. Tal actitud, tal cultura le evita muchos problemas a los administradores públicos. El principal, no serán los brasileños los que apuesten en contra de su país. Los ataques, siempre, vendrán de afuera.
Varias de las columnas de opinión que hoy se leen en los principales diarios argentinos parecen escritas desde otro lugar, como si sus autores no se jugaran nada aquí, en suelo nacional. La apuesta principal es al fracaso de un gobierno que acaba de ser plebiscitado con el 54 por ciento de los votos. Algo impensado en cualquiera de los países serios en los que se miran.
*Director de gacetamercantil.com
Twitter: @villalongaj