El atentado contra la congresista Gabrielle Giffords (foto) en Arizona pegó fuerte en Estados Unidos. No tanto porque murieron seis personas. Eso ya no sorprende en el país norteamericano, como tampoco sorprenden las guerras interminables, los asesinos seriales, los sobres bomba o los ex empleados de oficinas federales que abren fuego a mansalva en edificios públicos. Todas esas formas de violencia ocurren cada tanto en Estados Unidos, mucho más que en cualquier otro país del mundo. Parece mucho, pero ya están acostumbrados.
En cambio el magnicidio es otra cosa. O en este caso, el magnicidio fallido que dejó malherida a la diputada Giffords. Si se me permite, como para que se entienda: para la sensibilidad de los estadounidenses el magnicidio es comparable con lo que sentimos los argentinos ante la de- saparición de una persona. Porque ya lo vivimos, ya lo consentimos como sociedad hasta que un día hicimos una especie de nunca más. Pero el fantasma sigue rondando, porque el proceso de extirpar la raíz del mal y curar la heridas es lento y no termina. Hasta que un día el monstruo reaparece. Entonces el cuerpo social reacciona con rituales cargados de emoción, proclama que los tiempos han cambiado y que no habrá vuelta atrás, pero no puede exorcizar la sensación de que esos tiempos no han cambiado lo suficiente.
Todo eso pasó el martes en el homenaje a Giffords y las víctimas de atentado que encabezó Obama en Tucson. La gente lloraba y aplaudía de pie en vivo por casi todos los canales de televisión. Todos eran Giffords. El país no vivía un momento así desde que Bush juró venganza parado sobre los escombros de las Torres Gemelas, con un bombero como único escolta, aquel trágico 11-S del 2001.