Cuentan una anécdota. Cuando se inauguró el casino del Sheraton, en Mendoza, le pidieron al vicepresidente Julio Cobos que predijese la primera bola de la noche. Y fue, como anticipó el ex gobernador mendocino y compañero de fórmula de Cristina, colorado el 26. Esa misma bola volvió a salir unos minutos más tarde, para alegría de los que creen en cábalas, luces malas y apariciones.
En aquel tiempo y bendecido por su voto No Positivo, aquel que cambió la historia y le puso freno al plan para aplicarle retenciones móviles al campo; Cobos convertía en oro todo lo que tocaba, y su imagen positiva crecía mientras la del resto de los políticos más o menos conocidos iba bajando en picada. De la mano de aquel desempate agónico y futbolero en el Senado de la Nación, y de una forma un tanto extraña de hacer política que los mendocinos conocen muy bien, Julio César Cleto Cobos logró instalarse como el candidato ineludible para el espacio filo-radical. Pero, los buenos viejos tiempos parecen haber pasado.
No bastan la buena presencia, un voto en el Senado por trascendente que haya sido, victimizarse frente a la brutalidad política del kirchnerismo (reconozcamos que Cobos ha sido original en ello), ni las encuestas a favor, para convertirse en un candidato a Presidente de la Nación, no sólo capaz de ganar un comicio –De la Rúa y Chacho también lo hicieron, por caso- sino de construir política, de generar un volumen tal que después se convierta en consenso, en suma, en gestión. Cobos, dicen aun quienes lo sostienen a muerte, no multiplica, no genera, no mueve… maneja la indefinición hasta la exasperación misma y la impaciencia de quienes esperan sus señales. Más bien… parece mantenerse flotando en la realidad hiperdinámica de la Argentina, y acertar cada tanto un golpe que lo acerca otra vez al estrellato.
El vicepresidente confunde mucho aun a los generales de su tropa. Y suele dejarlos, cada tanto, mal parados a causa de sus contradicciones. Podemos citar muchísimos ejemplos, pero vayan dos de este año para entender la dimensión del problema: la conformación de las listas en la Capital mendocina con la virtual disolución del Frente Cívico, y la alianza incomprensible con los sectores más conservadores de la UCR bonaerense, encarnada en dirigentes como Leopoldo Moreau y Federico Storani, poseedores de una “máquina de ganar internas y perder elecciones generales”, como decía un encumbrado dirigente radical anoche a este diario. Justo él, Cobos, que debería representar lo nuevo, la manera novedosa de hacer política, situado en el bando de la naftalina política. Ya le pasó en Corrientes, y ahora en la provincia de Buenos Aires.
Hasta anoche, Cobos era una suerte de candidato impuesto al radicalismo y a los propios cobistas obligados a volver en fila y maltrechos a la UCR, después de la experiencia fallida de la transversalidad K. Ahora, el vicepresidente es uno más, un precandidato que –si quiere llegar- debe construir política. Y políticas. De eso se trata.
La letra entra con sangre, dice el refrán. Y tal vez Cobos pueda obtener algo de todo esto. Es factible que la adversidad lo retemple y cambie. Por lo pronto, el triunfo de Alfonsín (que frase rara para la época) lo devuelve a su condición humana.
Es posible también que Ricardo Alfonsín refleje los valores que expresaba su padre y que muchos argentinos extrañan: honestidad, democracia, transparencia, pluralidad, consenso, justicia, más allá de los errores. Por eso fueron a despedirlo de a miles. Y es probable que no, y que el diputado sea sólo un hombre que aprovecha al máximo el apellido que lleva, y que esté más cerca del espejismo que del estadista.
De una forma u otra, para Cobos se acabó el tiempo de la buena estrella. Ahora deberá trabajar durísimo si quiere ser presidente de la Nación. Y desde un plano de horizontalidad donde es uno más, ni siquiera el más importante entre sus iguales.
Cobos y la letra que entra con sangre
La derrota frente a Ricardo Alfonsín devuelve al vicepresidente Julio Cobos a la dimensión de los mortales. ¿Y ahora?