Cobos y la letra que entra con sangre

La derrota frente a Ricardo Alfonsín devuelve al vicepresidente Julio Cobos a la dimensión de los mortales. ¿Y ahora?

Cuentan una anécdota. Cuando se inauguró el casino del Sheraton, en Mendoza, le pidieron al vicepresidente Julio Cobos que predijese la primera bola de la noche. Y fue, como anticipó el ex gobernador mendocino y compañero de fórmula de Cristina, colorado el 26. Esa misma bola volvió a salir unos minutos más tarde, para alegría de los que creen en cábalas, luces malas y apariciones. 

En aquel tiempo y bendecido por su voto No Positivo, aquel que cambió la historia y le puso freno al plan para aplicarle retenciones móviles al campo; Cobos convertía en oro todo lo que tocaba, y su imagen positiva crecía mientras la del resto de los políticos más o menos conocidos iba bajando en picada. De la mano de aquel desempate agónico y futbolero en el Senado de la Nación, y de una forma un tanto extraña de hacer política que los mendocinos conocen muy bien, Julio César Cleto Cobos logró instalarse como el candidato ineludible para el espacio filo-radical. Pero, los buenos viejos tiempos parecen haber pasado.

No bastan la buena presencia, un voto en el Senado por trascendente que haya sido, victimizarse frente a la brutalidad política del kirchnerismo (reconozcamos que Cobos ha sido original en ello), ni las encuestas a favor, para convertirse en un candidato a Presidente de la Nación, no sólo capaz de ganar un comicio –De la Rúa y Chacho también lo hicieron, por caso- sino de construir política, de generar un volumen tal que después se convierta en consenso, en suma, en gestión. Cobos, dicen aun quienes lo sostienen a muerte, no multiplica, no genera, no mueve… maneja la indefinición hasta la exasperación misma y la impaciencia de quienes esperan sus señales. Más bien… parece mantenerse flotando en la realidad hiperdinámica de la Argentina, y acertar cada tanto un golpe que lo acerca otra vez al estrellato.

El vicepresidente confunde mucho aun a los generales de su tropa. Y suele dejarlos, cada tanto, mal parados a causa de sus contradicciones. Podemos citar muchísimos ejemplos, pero vayan dos de este año para entender la dimensión del problema: la conformación de las listas en la Capital mendocina con la virtual disolución del Frente Cívico, y la alianza incomprensible con los sectores más conservadores de la UCR bonaerense, encarnada en dirigentes como Leopoldo Moreau y Federico Storani, poseedores de una “máquina de ganar internas y perder elecciones generales”, como decía un encumbrado dirigente radical anoche a este diario. Justo él, Cobos, que debería representar lo nuevo, la manera novedosa de hacer política, situado en el bando de la naftalina política. Ya le pasó en Corrientes, y ahora en la provincia de Buenos Aires.

Hasta anoche, Cobos era una suerte de candidato impuesto al radicalismo y a los propios cobistas obligados a volver en fila y maltrechos a la UCR, después de la experiencia fallida de la transversalidad K. Ahora, el vicepresidente es uno más, un precandidato que –si quiere llegar- debe construir política. Y políticas. De eso se trata.

La letra entra con sangre, dice el refrán. Y tal vez Cobos pueda obtener algo de todo esto. Es factible que la adversidad lo retemple y cambie. Por lo pronto, el triunfo de Alfonsín (que frase rara para la época) lo devuelve a su condición humana.

Es posible también que Ricardo Alfonsín refleje los valores que expresaba su padre y que muchos argentinos extrañan: honestidad, democracia, transparencia, pluralidad, consenso, justicia, más allá de los errores. Por eso fueron a despedirlo de a miles. Y es probable que no, y que el diputado sea sólo un hombre que aprovecha al máximo el apellido que lleva, y que esté más cerca del espejismo que del estadista.

De una forma u otra, para Cobos se acabó el tiempo de la buena estrella. Ahora deberá trabajar durísimo si quiere ser presidente de la Nación. Y desde un plano de horizontalidad donde es uno más, ni siquiera el más importante entre sus iguales.