El día no muere; sí las voces que no se apagan, menos en verano que es cuando entre el declinante atardecer y la perceptible oscuridad los rumores se acrecientan. Menos en este díaa, en el que el pan dulce, el vino, la sidra y el clericò invaden las mesas y se convierten en el comienzo de un movimiento circulatorio como en el lìmite de un existir exultante, envolvente, centrípeto y convergente hacia una profusión de datos, colores y olores; formas ovoides, lunares, esféricas y múltiples. Convergencia y concentración; resaltación de reminiscencias, recuerdos y añoranzas reptando el interior de cada uno, o arañando tan sólo la superficie, costra apenas de sedimientos abonando mescolanzas de ademanes cíclicos -semanas, meses, año- en calendarios sin elipses.
Las fechas -éstas fechas- fueron imaginadas -pensaba el Agustín- para acometer actos de penitencia y autocrítica; propiciar buenos deseos y mejores augurios; arder en mística de humildad y fraternidad; rasgar la púrpura y vestir el sayal; aceptar el martirologio propio; abjurar de maldades y cretinadas y reemprender el peregrinaje a las fuentes en ánimos de purificación; desechar los oropeles y recalar en la armonía celestial; ofrendar en el altar de los sacrosantos misterios y anatemizar el sacrilegio de la razón; percibir la ira divina y arrodillar el espíritu; apaciguar el alma y las furias de la sangre; enterrar las ambiciones, desterrar las rebeldías y ofrecer en holocausto honores no recibidos y glorias que ya no serán sino la memoria de espejismos, distancias entre omisiones, lamentos absolutorios:
Allá vamos, camino al infierno porque hemos alumbrado el espíritu con los
rescoldos de las rebeldías...hemos perdido el paraíso en los laberintos
de la libertad...
Así rezaba un cartel colgado en el cuarto del Juancho, el primo del Agustín, con quien mantenía distancias en edades pero no de afectos.
Esas fechas que en esta cas -la del Agustín y el Juancho- últimamente trascendían con apenas un álito festivo porque, como decía esa otra tía: "si hurgamos en los signos, la Navidad nos reclama el espíritu sumiso para alivianar el orgullo y el egoísmo.."
Sin embargo había quien alteraba en profundidad la formalidad festiva: era esa otra tía, la que reprime en lágrimas una tragedia absurda, tremenda. Esa otra tía -del Agustín- renuente a compartir su dolor, no así su presencia y menos en esta oportunidad, en que las fechas pueden -en una de esas- apaciguar a los bestias entorchados, y entonces sea posible la distensión, la reflexión, el diálogo necesario, porque hay que explicar, decir lo que está pasando, contener las propias furias y redoblar las fortalezas.
Esa tía que silencia en cóleras contenidas, en indignaciones que le abaten el alma, la patética ausencia del Juancho. Un día, el Agustín tuvo la certeza de que las letanías de su tía buscaban resonancias en él, como si fuera el Juancho:
"Hijo de tu padre, al fin, empeñaste el tino en las contiendas deshilvanadas de la Calle Larga y la Media Luna; manotazos al aire y manotazos contra mis ganas, y me ahogaste el silencio para hincarme la sangre y sangrarme las entrañas hasta la exigencia de esas lágrimas volcadas como ríos en las vigilias acerada...Hijo de tu padre, que desenfrenaba su resentimiento en los bares de la Calle y vomitaba su ebriedad contra sus fantasmas, que era él mismo y sus frustraciones: "...hijo de mala madre...guacho natural...malparido..." Pobre bruto, pobre madre..qué fue de mis ilusiones?"
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Planeaba su tenue luz el rojo suave de la aurora y ahondando por detrás de las alambradas, los contornos de las cosas, desalojan -la aurora- las sombras de esa noche insomne, larga, casi desierta de memoria. Cuando en la ciudad amanece, miles y miles de llantos velan a sus hijos, a sus madres, a sus padres, a sus hermanos, a sus esposos y esposas. Por un coraje, por una inconciencia talvez, por una aventura, porque la sangre fluye al corazón, la noche se convierte en una lúgubre complicidad con los bestias.
Acurrucados dentro del auto, los tres muchachos esperaban al cuarto, el que seguramente se acomodaría frente al volante, porque ese era el lugar aún vacío. No había diálogo y sólo el humo de los cigarrillos daba vitalidad a la escena. En las próximas horas, los cuatro serán una sola voluntad para el sacrificio, y en cada espacio de sus almas un animal viscoso repetirá el holocausto de las entrañas roídas. Ya nadie podría rescatarles la inocencia perdida.
-El auto se deslizaba sin ruidos estentóreos, y era visible que se dirigía hacia algún lugar pampa adentro, y a medida que se devoraban las distancias, se ampliaba el paisaje brumoso de esa madrugada. A cada kilómetro se acentuaba el único matiz del paisaje: los cientos de miles de vacunos dispersados: "Esta tierra, este país. La Argentina de las vacas gordas, el granero del mundo. Es como una bendición grosera, indudablemente. O tenebrosa. Es que esa voluntad totalizadora -si fuera Dios?- nos ha metido en este destino de miserias en la abundancia.? Una cabronada, sin dudas...
El del volante dijo poco antes de frenar ante una vivienda al interior de un minúsculo bosque pampeano: "Ya no hay tiempo para volverese atrás...ese general de pacotilla ya no lo seguirá siendo...hay quw terminar enseguida, si hace falta yo bajo el telón.."
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Esa tía, siempre distante y callada, manteniendo una mínima reserva vital que desgasta exclusivamente a una constante traslación a las comandancias, cuarteles y obispados,atemperando orgullos y súplicas con tal de obtener alguna respuesta, la tan ansiada y nunca recibida. Y a cada regreso, en la ronda de los mates con el Agustín, le hablaba como si fuera su Juancho: "Yo te dije alguna vez, hijo mío, que la trascendencia de tus horas lo será si se convierten en una filosa cuerda floja; que de poco o nada sirve la presencial del sol en nuestros rostros si te quedás en al apoltronamiento de tus dulces melancolías. En fin, hijo, que se te atosiga el peligro, es decir si no hay peligro entre tus apaciguamientos, más vale que te despidás de la vida como un potro domado que hace feliz al que lo azota. Más vale que nunca te aceche el fulgor de una mujer, porque serás un menestoroso vasallo, gato relamido de entrecasa para el fuego fugaz. Quedate en el reposo, no sea que tus coyunturas se resientan por las inclinaciones y te sean impedimento para las genuflexiones postreras...¡¡Ay hijo, por ´qué te dije lo que dije!!"
Y el Juancho que está a punto de llegar, varón sin domar, al fin, como si la ausencia fuera apenas ayer, como llegaba en regresos furtivos, resignado a descansos desacostumbrados. Ella le escarbaba el alma y en el rostro los signos de su destino inmediato. Le auscultaba los sonidos,que su boca pocas veces desparramaba. En cada Navidad -pocas después del ocaso- en cada despedida, el Juancho se acortaba en sus ademanes y en las palabras, como queriendo apurar la ausencia. Y ella que empezaba a incrementar sus impaciencias, los augurios, los insomnios, las preguntas. Y la última vez:
-"Cuándo volvés..?", el gesto de la despedida se convirtió en un beso prolongado, como nunca. La última vez.