Sus enemigos, como propios

Hace unos meses, desde un sector del radicalismo reconocieron que el mayor mérito de Néstor Kirchner fue haber devuelto el espíritu de pertenencia a los espacios políticos. Fue un militante de la militancia. Y guste o no, potenció el accionar de los partidos tradicionales en detrimento de las nuevas apariciones sin una doctrina determinada.

Ese aspecto de su perfil, su campaña permanente para defender sus ideas, hizo que muchos optaran por pararse a su lado a la hora del juego maniqueo de elegir entre un bando y el otro.

Un tipo que defendió de manera visceral –más allá de las críticas que se hacen al respecto- la lucha por el respeto de los Derechos Humanos; que revolucionó la justicia y le dio forma a la Corte Suprema de mayor prestigio en la historia argentina, y  que impulsó la ruptura de algunos esquemas que parecían inmutables en nuestro país, no puede más que causar simpatías y odios por partes iguales.

En ese balance, y tal como definió Ernesto Tenembaum en el libro “Qué les pasó”, daban ganas de encolumnarse detrás de él a la hora de faltarle el respeto a la falsa objetividad periodística. Sin fundamentalismos, claro, pero mirando a quiénes estaban de un lado y del otro. Sin dudas, los enemigos de Kirchner se sentían como propios.

Hubiese sido algo así como el concepto de “kirchnerismo crítico y opositor”; completamente diferente al cobismo. Reconocer todos los logros de su gestión y la pelea contra los malos de siempre, sin desconocer los altos índices de corrupción vinculados con su imagen y los abusos cometidos en la construcción de poder. En definitiva, kirchnerismo.