Así, los Kirchner van a chocar el país

La serie de desaciertos coronada con el escándalo del Banco Central, los decretos fallidos por el uso de las reservas y la remoción de Redrado, demuestran que la presidenta y su marido ex presidente no han advertido el cambio de escenario. Todavía no saben cómo comportarse en minoría, ni tienen la capacidad de generar consenso. Si no cambian, o alguien hace que cambien, el país puede ingresar en una peligrosa espiral descendente. Casi, como en 2001. A la vez, la oposición ha mostrado de todo. Desde oportunismo irresponsable, hasta algunas actitudes maduras.

Los pocos que acceden a lo que de verdad ocurre en Olivos, y que pueden contarlo en voz baja sin caer en desgracia o ser acusados de conspiración; afirman que Néstor y Cristina Kirchner redactaron ellos mismos el decreto para echar a Martín Redrado del Banco Central. Y que el Secretario Legal y Técnico Carlos Zanini recibió el apunte, con la instrucción de ejecutarlo al pie de la letra. Así es el grado de desconfianza del matrimonio presidencial. Hoy, son un círculo de dos. Y un poco más atrás están Zanini, Julio De Vido, y Aníbal Fernández, transformado en algo así como el "D'Elia" del gabinete, con más estilo pero igual de paleozoico. Por eso no hubo castigo para nadie por el berenjenal político en que se metieron, aunque muchos miraron para el lado de Amado Boudou, cuando la decisión de usar las reservas volvió bajo la forma de un escándalo inmanejable. Pero, increíblemente, el ministro de Economía salió indemne.

Convengamos en algo: el uso de reservas (dinero real) para el pago de deuda, es una decisión que un gobierno normal podría tomar de manera legítima, dando el debate correspondiente en el Congreso de la Nación. Claro que para ello, antes, la Presidenta debió haber llamado a los principales referentes de la oposición y ponerles en la disyuntiva de qué hacer, con transparencia, y todas las ideas sobre la mesa. Una convocatoria así hubiese sido la posibilidad de llevar adelante un debate maduro sobre cómo enfrentar la coyuntura en un año en que la Argentina debe desembolsar cerca de 13.500 millones de dólares para pagar deuda, en un contexto de inflación alta y apenas empezando a salir de la crisis.

Usar las reservas para honrar los compromisos está dentro de la lógica. No es una idea descabellada. Pero se transformó en un desatino cuando intentaron forzar la decisión incumpliendo la ley, soslayando al Congreso, y llevando al país otra vez a las tensiones extremas del “todo o nada” que proponen siempre los Kirchner cuando huyen hacia delante, cuando redoblan la apuesta si algo les sale mal, o cuando dividen al país entre los que quieren “hacer para todos y todas” y los que buscan “destruir y conspirar”.

A esta altura, ya es evidente que el matrimonio presidencial no sabe construir el mínimo consenso, y han arrastrado a la Argentina a una ridícula situación en la que no hay presidente del Banco Central, o que hay dos, o tres… según quién saque las cuentas, o quién tenga un micrófono a mano. Pocas cosas hay más importantes para la autonomía, independencia y crecimiento de una nación que su Constitución, sus leyes... y su moneda. Tres estandartes bastante manoseados por estos días.

Así, la Argentina brinda al mundo un espectáculo lamentable. El shock de confianza que se pretendía instalar se transformó en boomerang. Y el efecto fue justamente el contrario. Hoy, la Argentina de los Kirchner no es más seria que la Venezuela autoritaria de Hugo Chávez, el presidente “revolucionario” que acaba de meterle un feroz manotazo a los recursos de la gente, con una devaluación fortísima apuntalada por la Guardia Nacional, armada, y puesta en las calles para controlar los precios de los supermercados.

Anemia política

El proceso de los DNU, la movida para expulsar a Redrado, los cruces de denuncias, amparos y apelaciones, el descubrimiento posterior de que las reservas internacionales depositadas en un fondo fiduciario podrían ser embargables; son la muestra cabal de un país dislocado. A ello se suman las declaraciones del kirchnerismo puro y duro, algunas respuestas oportunistas de la oposición, las operaciones de medios que juegan su propio partido en ambos bandos, y los aprietes a los jueces.

De todo esto, el matrimonio presidencial tiene la mayor cuota de responsabilidad, no sólo por ser gobierno, sino porque no han advertido que el escenario cambió, que lo que en 2003 ó 2005 daba resultados hoy ya no sirve, que el marco político es otro. Y que han perdido la mayoría parlamentaria porque los argentinos castigaron un modo de gobernar autoritario, cerrado, e inflexible, el 28 de junio del año pasado.

Sin embargo, ya sea por su propia cerrazón, o porque el mínimo equipo político del que disponen desde la pelea con el campo no logra convencerlos de lo contrario; los Kirchner parecen no haber tomado nota de la realidad, y se han lanzado a una loca carrera sin final, en la que podrían cargarse el país si no frenan -o los frenan- a tiempo. Después podrán victimizarse, como hizo Néstor Kirchner durante todo el fin de semana, pero ya será tarde. El país habrá pagado consecuencias enormes, con una nueva crisis política, institucional y –apuesten lo que quieran- económica. Después de todo, esto es 100 % Argentina.

Si en algo tienen razón los opositores más moderados en estas horas calientes -incluida una variada gama de peronistas disconformes o (los más) disidentes- es en que la solución para esta crisis no es jurídica sino política. Para ello, los Kirchner deberán avenirse a negociar, y elegir cuál batalla ceder, y cuál no, en esta particular visión de que la Argentina es una guerra permanente. La disputa judicial, además, será compleja. La decisión de la jueza Sarmiento de transformar en juicio ordinario los amparos del gobierno tienen un condimento extra. Hoy, existe la presunción de que la Sala III de la Cámara Nacional de Apelaciones en lo Contencioso Administrativo Federal -única habilitada- podría votar 2-1 a favor del gobierno. Pero la semana que viene cambia la composición, en la segunda quincena de enero, y se incorporan dos juezas con fama de independientes: Clara Do Pico y Marta Herrera.

Desde el cambio de composición del Congreso, cuando se reflejó en las bancas el resultado electoral de junio, los Kirchner han recibido cachetadas importantes. Una, el nombramiento de autoridades de la Cámara de Diputados. Otra, la serie de fallos judiciales que frenaron la aplicación de la Ley de Medios. Y ahora, sea cual fuere el resultado, han hecho escorar el barco de manera peligrosa con el empecinamiento por el Fondo del Bicentenario y contra Redrado, cuyo destino personal –francamente- a esta altura sólo le interesa a él y a su familia. Los Kirchner deben gobernar aún dos años. En el camino deben aplicar la Ley de Medios, hacer crecer el país, administrar bien, generar un presupuesto 2011, controlar la inflación, disminuir el desempleo y la pobreza, salir de la crisis, llamar a elecciones generales el año que viene… Y convivir con una oposición que manejará tanto la Cámara de Diputados como la de Senadores, a medida que la diáspora kirchnerista se acentúe con los desaciertos políticos. Y la verdad es que Néstor y Cristina no podrán gobernar si no consensúan, si no convocan a la oposición, a cada sector afectado por sus medidas, si no buscan el camino del diálogo maduro y profundo para cada cosa. Especialmente, cuando les queda una batalla legislativa que será muy dura y que están en condiciones de perder. La elección de autoridades de las comisiones de la Cámara Alta está pendiente, y los contactos entre todo el arco opositor están a la orden del día.

El nuevo escenario
Lo que los Kirchner deben entender es que ayer, 11 de enero de 2010, estuvieron a punto de perder la cuota de poder que les queda. La oposición había reunido un número de senadores suficiente como para autoconvocarse, emplazar a la bicameral de los DNU, y obtener después un plenario para tratar los Decretos de Necesidad y Urgencia que provocaron el escándalo: el que ordenó formar el Fondo del Bicentenario, y el que removió a Martín Redrado. La presencia en la casa de los senadores Graciela Di Perna (Chubut, dasnevista) y Carlos Verna (La Pampa, PJ no kirchnerista), más Luis Juez (Frente Cívico), y la puntana Liliana Teresita Negre de Alonso (PJ disidente), les hubiese permitido dar ese paso, que hubiera acorralado a los Kirchner al máximo. La convocatoria de los diputados nacionales habría sido consecutiva e inmediata. Sin embargo, no lo hicieron. Prefirieron tomarse dos días para intentar una vía de diálogo con el oficialismo, en principio a través de Miguel Pichetto, el jefe de los senadores nacionales del Frente Para la Victoria. Justamente, el senador rionegrino no fue ayer al Senado, pero monitoreó cuanto ocurría llamando cada cinco minutos a sus empleados. Desde allí mantuvo informada a la Casa Rosada.

Un alto jefe de la oposición consultado anoche por MDZ Online explicó que –en este momento- el diálogo con los Kirchner es nulo. Y cualquiera del círculo presidencial, o del gabinete, que se atreva a hablar, resulta inmediatamente castigado con furia y desterrado a las estepas siberianas. Así es el aislamiento K.

Mientras tanto, su enemigo dilecto, el odiado vicepresidente Julio Cobos, salía de sus oficinas ayer en el Senado, con la corbata y el ánimo impecables, para llevarles personalmente un vaso de agua fresca a cada uno de los periodistas y asesores que pululaban en la Cámara Alta con 36 grados de sensación térmica. Un contraste de imágenes que el ex gobernador mendocino logró explotar al máximo mientras recibía a los jefes de bloque de la oposición, incluyendo a peronistas disidentes.

Pareciera que hoy el país necesita gestos responsables. La oposición, más allá del vedetismo circunstancial de muchos, ayer lo tuvo. Instaló al Congreso como un ámbito de debate y de iniciativa mientras el Poder Ejecutivo se empeña en paralizar a la autoridad monetaria, y le cedió la pelota al kirchnerismo. Está en los Kirchner ahora comprender el nuevo escenario y actuar con razonabilidad y responsabilidad. No es esperable que gobiernen dos años más de esta manera, evitando el Congreso aun con ilegalidades, vetando a mansalva, imponiendo, intimidando con las fuerzas de choque o la policía, o disciplinando con la chequera. Argentina no lo aguanta. Los niveles de hartazgo de la población con la “clase política” son similares a los de 2001, aunque la situación económica –hay que decirlo- es mucho mejor. Hasta los más favorecidos se están viniendo abajo con la imagen. Los Kirchner -castigados en su imagen- deberían, entonces, tomarse de sus aciertos, consensuar lo que no pueden hacer por sí solos, y llevar el país al 2011 en un marco de racionalidad. Lo contrario sería terminar de chocar la Argentina contra el paredón. Y están, por lo que parece, “así” de cerca.